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Hacer Acopio del Legado de los Estudios Culturales: Stuart Hall y Néstor García Canclini. Parte Primera.

Hacer Acopio del Legado de los Estudios Culturales: Stuart Hall y Néstor García Canclini. Parte Primera. Por Fernando Gómez Herrero (fgh2173@gmail.com).

 

Cultural Studies 1983: A Theoretical History, By Stuart Hall. Edited and with an Introduction by Jennifer Daryl Slack and Lawrence Grossberg (Durham and London: Duke UP, 2016).

Imagined Globalization by Néstor García Canclini. Translated and with an Introduction by George Yúdice (Durham and London: Duke UP, 2014).

 

Hagamos acopio, siquiera de manera apresurada, del quehacer intelectual de dos figuras sobresalientes, Stuart Hall (1932-2014) y Néstor García Canclini (1939-), como si miráramos por el espejo retrovisor el camino del que venimos, sin saber a ciencia cierta qué va a pasar con todo esto en los próximas años. Llamemos estos espacios británicos y latinoamericanos al menos al inicio, si queremos prestar atención a la procedencia de ambos pensadores, si nos interesa ver el enfoque primario, o el radio inmediato de preocupación y acción directa, si bien los encontramos, los escritores y sus escritos, dispersos cual hojas volanderas entre flores y maleza por una geografía más amplia, desordenada y plural a ambos lados del Atlántico. Sinteticemos algunos de estos logros, montamos algunas tramoyas comparativas de semejanza y diferencia, y hagámoslo sin añoranza alguna por ningún tiempo pasado en relación a las sociedades que van a ser nombradas en estas páginas, que serán más de una. Empecemos por Stuart Hall. Este ciclo de conferencias llamadas “estudios culturales (1983)” las dio en la Universidad pública de Illinois, Chicago, EEUU, la “tripa del ogro,” que diría Octavio Paz, con unos cincuenta años. Las publica la Universidad de Duke, sita en Carolina del Norte, en idéntico contexto nacional, en donde nos formamos en los años 90, con una demora de treinta y tres años. Muchas cosas han pasado ciertamente en estas tres o cuatro décadas que constituyen el nacimiento y tal vez debilitamiento, sino función de ciertos impulsos intelectuales y académicos llamados estudios culturales, oferta académica standard y mayoritaria con cierta incidencia más allá de circuitos universitarios. ¿O me equivoco?

El segundo texto, titulado Globalización imaginada, salió originalmente en español en Buenos Aires y México D.F. en 1999. Se publica traducido al inglés, quince años después, también por Duke, en el 2014. Uso exclusivamente de la versión en inglés, sin tener acceso al original en español en mis actuales estadías británicas. Vierto estas reflexiones a la lengua primera de Canclini, con una sensación extraña, tal vez saludable, con respecto al inglés de George Yúdice[i]. El Canclini más conocido en los EEUU, creo yo, es el de las culturas híbridas, libro también publicado por Duke: el de las mezclas de todo tipo, de entrecruzamientos infinitos, préstamos promiscuos, de modalidades significativas desiguales y prácticas sociales, sobre todo consumistas, combinatorias. Es el encomio de la hibridez y la transculturación, ahora interculturalidad, o atadura de formas dispares, como si éstas ofrecieran escapatorias, creíbles o increíbles, de todos las represiones, apresamientos, silenciamientos o ninguneos. La invocación a la “imaginación” de García Canclini la ponemos al lado de la tan manoseada moneda de la “cultura,” que Stuart Hall considera concepto ineludible, resbaladizo, vago, amorfo, polivalente, evanescente, de espacio desplazado (“misplaced field”), desplazante, interdisciplinar (p. 4). Nos la jugamos todos, parece ser, en estas aguas revueltas.

 

Leemos tarde, y vertido al inglés, el primer libro de Canclini, así viene y va la cosa intelectual, desordenada, volandera, y migrante como cualidad fundamental también de la biografía dual de un pensador caribeño asentado en la Inglaterra thatcheriana conferenciando en Illinois sobre el mundo intelectual marxista europeo de los 1960, y un argentino emigrado a México, paseante observador de los desórdenes propios de la globalización capitalista actuando no sólo por el espacio hegemónico del Atlántico Norte. Hay leve contacto de referencia derridiana entre ambos que mencionaremos en breve. Parece que no tenemos opción: nos tenemos que apelotonar todos en la “cultura,” palabra lábil, resbaladiza, poco confiable, con escasas maniobras a la contra[ii], al menos desde la época de Thatcher y Reagan, como si todas las demás (política, religión, historia, literatura, “humanidades,” etc.), se nos hayan hecho impresentables o inservibles.

 

Cultural Studies (1983) son ocho conferencias de densa intensidad. El registro y transcripción ha tenido que ser laborioso. Se interrumpió por la reticencia del propio Hall que Jennifer Daryl Slack y Lawrence Grossberg no aclaran del todo (p. xiii-xiv). Salen ahora a la luz dos años de la muerte de Hall con una cierta sensación de envaine y desenarbolamiento de los estudios culturales. Hay cierta retirada y tal vez huida estratégica de éstos. Hay también “americanización,” digámoslo con el grueso y grosero anglicismo estadounidense naturalizado incluso al español transatlántico, de pensamiento crítico de procedencia británica, sito en la segunda ciudad del país, Birmingham, con memorias caribeñas no amainadas en el caso de Hall. La visibilidad institucional: Hall hereda la dirección del Centro de Estudios Contemporáneos Británicos de la Universidad de Birmingham de manos de Richard Hoggart del 1969 al 1980. Es el comienzo del thatcherismo, el “sapo en el jardín,” según el título de su artículo incluido en el volumen famoso que recopila dicho encuentro en Ilinois[iii]. Estos vaivenes son importantes y tenemos la gestión de Lawrence Grossberg en aquel entonces y en la preparación del volumen de Duke. Cierta periferia institutional estadounidense da cabida a este pensamiento crítico por partida doble, Hall y García Canclini, extranjero y extranjerizante, más correoso el primero, y podemos decir que de impacto desigual, futbolísticamente hablando lo podemos llamar de niveles de English premier league y championship por este orden, en mi estimación, al menos dentro del espacio anglo-parlante del Atlántico norte. Los estudios culturales de Stuart Hall son explícitamente anti-thatcherianos en un sentido político amplio (Thatcher en el poder, 1979-1990). Encuentran conexiones con un anti-reaganismo de izquierdas estadounidenses que van a soplar nuevos vientos con los “estudios culturales” durante todos los post-esctructuralismos a la contra de ciertas normas académicas del momento (Reagan en el poder, 1981-1989). Veo a Canclini más accesible, digerible, y menos explícito, más cauteloso con respecto a montarse en el carro de una ideología política explícita de fuerte cuestionamiento de la globalización en un contexto internacional de mayor radio o cobertura. El español nativo lo coloca en el nivel subordinado de Premiership antes aludido.

 

Althusser y Gramsci, los ahogados más hermosos del mundo, al menos para Stuart Hall, por decirlo con el lenguaje de realismo mágico de García Márquez, hay que verlo como afán intelectual extranjero y extranjerizante, anhelo y deseo de oxígeno e inspiración disidente aliados momentáneamente en Illinois. No se esconde la palabra “marxismo,” palabra inaceptable en los EEUU, tampoco se descubre a propios ni a extraños a bombo y platillo. García Canclini puede ser compañero de viaje de estos proyectos, yendo menos de “contracultural,” en lo que a mí se me alcanza, con o sin las apreciaciones de un Umberto Eco. El argentino se suma al tema cantante de los “estudios culturales” de los años 90 en adelante, la globalización. Aquí seguimos, con el Brexit Britain de Theresa May y la presidencia, imposible de imaginar de Donald Trump, con un mundo académico de generalizado vocabulario cultural, más cariacontecido y “tocado” al menos en el espacio angloparlante transatlánticos ¿Causan los subordinados espacios hispanohablantes menos desasosiego?

 

Mucho tiene que ver lo que uno estudia en su celda amorosa con la política con mayúsculas, o con las situaciones académico-burocráticas de limitada incidencia, aun cuando no se vean las conexiones directas todos los días luminosos. Hall pone en tela de juicio cierto empirismo británico “eterno,” por no disparar siempre a un racismo institucional cotidiano. Y se agarra de la mano de Althusser, tal vez la inspiración intelectual más perseguida en sus conferencias. Estas devuelven a los Estados Unidos una serie de preocupaciones intelectuales de la mano europea de la “americanización” del Reino Unido desde el final de la Segunda Guerra Mundial: la desigualdad racial, clasista, los desplazamientos migratorios, el consumo generalizado o masivo de productos culturales saltadores de la página impresa, etc. Curiosamente, no hay hermanamiento explícito con grupos intelectuales negros o “diversos” o “minoritarios” en los EEUU. Stuart Hall no deja constancia de que América Latina pueda ser espacio disidente. García Canclini es consciente de Hall, pero no se quiere meter en sus mismos rediles. ¿Para qué? Hay importación de producto cultural europeo de izquierda (Althusser, Gramsci) dentro de un caldo de cultivo británico que se vierte a la fórmula estereotipada de los EEUU como experimento de mezcla social de disolución de diferencias apreciables, sostenibles (“melting pot”). La sociedad de masas, el consumismo, el mundo juvenil, todo lo que se abrevia como “popular” cabe en teoría aquí desde una abstracción filosófica a la expresividad contracultural de grupos juveniles. Y este doble enfoque reconfigura los enfoques, las perspectivas, los intereses de una cierta sociología que, al menos en el caso de Hall, se quiere pensar filosóficamente.

 

Filosofía aquí quiere decir recreación del legado marxista dentro del pensamiento europeo occidental, actualizado con el entrecruzamiento del pensamiento del francés Althusser y el italiano Gramsci. Y esta doble perspectiva “latina” franco-italiana tiende a la fuerza gravitacional de una cierta sensibilidad “minoritaria,” digámoslo así, que es curiosamente no lo que piensa la mayoría de la gente en tanto que pensamiento laborioso y abstracto sino lo que hace la mayoría de la gente en los momentos de creatividad, esparcimiento, etc. Esto es lo que se da en llamar “cultura popular” en los EEUU y que los estudios culturales van a priorizar. Se trata de bajar en la medida de lo posible las prácticas a pie de calle, de buscar las mayorías sociales, de desatender y descabalgar los gustos de todos los elitismos, de ponerle el sambenito a los grupos privilegiados, o mejor en la picota. Se trata de contextualizar social y políticamente unas maneras de significar, inicialmente de leer y escribir, pero también de escuchar música, bailar, comer, vestir, ir al cine, practica deporte, darse al esparcimiento y ocio sobre el negocio, al gusto sobre el disgusto, vamos, desde los años 1950 en adelante, y es aquí que nos encontramos la hegemonía mundial de la cultura angloparlante a ambos lados del Atlántico. ¿Representó el momento Blair un punto álgido de cierta Britania chic? ¿Fueron los juegos olímpicos en contexto londinense toque de queda de ciertas aprehensiones actuales en momentos de Brexit?

 

Mi generación en las periferias europeas aprende ya el inglés desoyendo el francés obligatorio de los padres. Insistamos en el gesto de Hall, deliberado y encomiable, de ir a buscar el producto intelectual deseable y disidente a otras sociedades, las “latinas” (el francés Althusser y el italiano Gramsci), relativizando lo que se encuentra más cerca, Richard Hoggart, E. P. Thompson, el grupo de “Past and Present” con el reconocido Eric Hobsbawn a la cabeza[iv]. García Canclini va más “desordenado,” más “descentrado,” a salto de mata sin quedarse en su nacionalidad ni quedarse prendado per se de ninguna nacionalidad influyente. No veo escuelas dominantes. Hay en ambos escasa presencia de mujeres. Hall analiza su contexto británico inmediato inserto en el contexto europeo sumido en unas transformaciones propias de una sociedad capitalista del período de posguerra, desde los años 50 en adelante. Esta sociología se va desligando paulatinamente de la prioridad del “texto” y privilegia la contemporaneidad audiovisual si bien sigue aupado a un pensamiento abstracto de origen continental europeo. A ésta se ata García Canclini y la desliga también de todo deseo de antiguo humanista de centralidad letrada. No salta ni con gusto ni con disgusto a lo último en el mundo digital, virtual, de aceleraciones y violaciones al estilo de un Paul Virilio, de hackers, gamers, etc. No veo figuras intelectuales centrales ni decisivas en García Canclini, ni una necesidad de defender una fé ciega en su formación francesa inicial. No veo su prosa a la altura filosófica, por mucho que se diga que ésta es su formación inicial. Las figuras de referencia local son, en Hall, Raymond Williams, y el ya mencionado Hoggart[v]. Este acercamiento “cultural” mira unas desigualdades sociales y sus correspondientes prácticas cognoscitivas dentro de marcos de práctica social posible. No hay utopías que valgan la pena y sí cierto pragmatismo que, sin humos, se encaran con una fehaciente posibilidad de supervivencia, aun en su condición vital subordinada. No es difícil ver cómo ciertos recipientes de nacionalismo y humanismo son propios de un privilegio social. Estos lo rompe Hall una y otra vez.

 

Stuart Hall empuja este quehacer hoggartiano en contra de un cierto liberalismo de corte social conservador leavisiano, aupado en los hombres decimonónicos de un Mathew Arnold dentro de los estudios literarios ingleses. No es difícil encontrar paralelos con otros nombres en otras lenguas en otros contextos nacionales. Per se trata (¿siempre?) de saltar los predios disciplinarios, ¿y qué mayor “naturalidad” que hacerlo desde espacios precarios (social, disciplinar, institucional, étnica, condición migrante, etc.)? Nuestro estudiante de origen jamaicano ya en Oxford participa de las críticas a un Leavis (“el puritano cejijunto”) ubicado en Cambridge, pero esto no se queda sólo en pasatiempo de competición de regata festiva en círculos de privilegio académico británico.

 

Hall trasciende todo esto y se sale de las letras y salta a la disciplina de la antropología, sobre todo la de procedencia estadounidense, y sobre todo a lo que podemos llamar una sociología de abstracción política. La condición inmigrante de Hall le hace cuestionar casi instintiva y automáticamente cualquier llamado al “nativismo,” sea político, cultural, gastronómico, arquitectónico o musical, mayor o menormente tergiversado de racismo implícito o no, cuatro décadas antes de Brexit. Es esta apertura de miras la que trae los contrastes entre lo nativo o lo propio y lo extranjero o ajeno, y también la posibilidad de tendencias de tensión y repudio o todo lo contrario, la xenofilia o admiración e incluso seducción extranjerizante. Hall no acepta un funcionalismo rígido de la antropología de Malinowski con respecto a la contemplación de las limitaciones existentes entre las relaciones sociales, sean las que sean. Se la juega, entonces, con estas aperturas, aun cuando éstas no suavicen desigualdades ni despejen incertidumbres e imprevistos (la atracción de la intervención en la coyuntura gramsciana puede ir por este deseo de apertura de toda cerrazón sistemática). Las “culturas” se pueden acercar, intercambiar bienes, acariciar, embelesarse, pero ciertamente las borrascas siguen a los rayos de sol, y también malviven, chocan, se pelean, se humillan, se intentan destruir e incluso celebran la destrucción ajena. Los estudios culturales que Hall fomenta buscan bien a las claras todas las desaveniencias “culturales” en la inminencia o contemporaneidad y no la transcendencia de estas tensiones en un más allá de las benditas bienaventuranzas. No hay grandes deseos de indagación en las teleologías distantes ni en los orígenes remotos o esencias, sean caribeñas o brummies. Se cortan las alas a los historicismos anteriores al siglo XIX y se cuelgan las raíces atávicas del aire frío de la mañana sin certeza del calor del sol. Entre las cuerdas antropológicas y las sociológicas, camina Hall con cierto tiento por los años de la Guerra Fría intentando vislumbrar un claro en el bosque thatcheriano que no verá. ¿Lo vemos nosotros tres o cuatro décadas después? Suyas son las bocanadas de la llamada Nueva Izquierda que provienen del estructuralismo althusseriano y el subalternismo gramsciano.

 

Es Althusser quien goza del centro de su atención, con dos capítulos, el cinco y el seis, para él. Para la fecha del 1983 ya poco o nada le queda de producción intelectual al francés, catorce años mayor que Hall e ignoro si hubo contacto directo entre ambos, y si fue consciente de su influencia en el mundo angloparlante fuera de su discípulo directo Etienne Balibar que se pasea por espacios como el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Hay dos capítulos dedicados al estructuralismo, con recuento de antropólogos y sociólogos. Un capítulo versa sobre el problema marxista de la relación entre la base y la superestructura. El capítulo séptimo es carta de presentación del intelectual italiano apresado por Mussolini en la sociedad intelectual angloparlante (hay reverberaciones gramscianas en el postcolonialismo subalternista de la India y el latinoamericano que llegan hasta el día de hoy). El capítulo octavo y último puede verse como efectos gramscianas a pie de calle británica con introducción de elementos personales jamaicanos y subculturas marginales (Rastafarianos, mods y rockers, skinheads, música “ska,” etc.). Hall no se arredra y ofrece su propia interpretación de éstos, acusa recibo de críticas a esta primera generación de estudios culturales afincados institucionalmente en Birmingham, recientemente imputada de “capital jihadi de Gran Bretaña,” por la prensa amarilla británica.

 

 

Althusser es para Stuart Hall la mejor ocasión para el ejercicio de la inteligencia más abstracta. Con estas galas extranjerizantes visita Illinois para no quedarse allí. Hay como mínimo dos o tres capas de extranjería en estas desapacibles tierras estadounidenses. El pensador francés le posibilita el endurecimiento de posicionamientos estructuralistas que no quieren someterse al yugo de humanismos ni historicismos. Se trata también de entablar diálogos con la teoría cultural marxista desviándola de Raymond Williams y de E.P. Thompson, y sacándola de atascos y puntos muertos, por ejemplo automatismos del modo de producción y predecibles atribuciones de falsa conciencia a todo lo que no quepa bien en la categoría de clase obrera militante en un comunismo revolucionario. Lo que le interesa es ver las relaciones, los procesos, las instituciones, el nudo de lo conocido y lo desconocido, lo cuantitativo pierde terreno ante un análisis ideológico. Digámoslo así, el anti-idealismo positivista durkheimiano, el proceso del mundo “objetivo” de los “hechos,” el entramado del orden social, la cuestión de la reproducción social, la gestación y el cultivo de las formas simbólicas, sean longevas y religiosas o no: todo esto se vierte en la prosa de Hall siempre cuestionadora, apretada, tensa. El estudio de sistema clasificatorio, el tomemismo de Lévi-Strauss, es punto de partida, la promesa de “cientificismo (scientificity)” y la “apariencia” del “rigor” (p. 61). La inspiración inicial le viene a Lévi-Strauss de la linguística histórica de Saussure, si bien no todo será regla internalizada, autosuficiente y enteramente consciente. Hay algo más que razón: mito, narrativa, inconsciente, aspectos que no cuadran, que no caben, fallas, vacíos, incongruencias, disonancias, silencios. Podemos añadir el mundo connotativo, la tonalidad emotiva con todas sus evocaciones disparando mensajes en mil y una direcciones dentro y fuera del pecho del observador en cuestión.

 

El quid de la cuestión no es la proveniencia, sino cómo se monta todo esto hacia un porvenir que no sea el thatcheriano o el reaganiano, o que se subordinen a la visión leavisiana/arnoldiana de modalidades culturales que merezcan la pena que sobrevivan en el panteón del logro artístico nacionalmente enmarcado en culminante marcha triunfante. Hay sin embargo cierta querencia de formalismo. La hermosa frase lo dice todo, “el placer de una gran porción de la cultura es retrotraerse a donde viene uno” (p. 69). Pero Hall no se queda aquí colgado, embelesado. Esto lo quiere reactivar, agilizar, pluralizar, colectivizar. Este “placer” se combina con la repetición, la insistencia, la posibilidad de innovación, o incluso la imposibilidad de escaparse de la ortodoxia política de los años 80 (vemos desde hoy el tremendo desgaste del PSOE en España desde los años de Felipe González, y del laborismo en el Reino Unido desde la época de Tony Blair a la actual de Jeremy Corbyn). Hall pone en cuestión el entramado de categorías de Lévi-Strauss: intuitivo y arbitrario es el aderezo de esta brillantez en solapado elogio a la contra (p. 69). Hall se distancia del doble humanismo británico representado por Thompson y Williams. Y siente predilección por la sincronía estructuralista (p. 71).

 

Hall quiere empujar la inversión del hegelianismo propia de Marx: quebrar la persecución de la imposibilidad de una historia universal o eterna. Toda época histórica es coyuntura, contingencia, especificidad no translaticia, serie de determinaciones. La cosa difícil es cómo aunar “el sujeto de la historia” con la estructura particular de la formación social y empujar, al mismo tiempo, una historia (radical) de cambio histórico a otra cosa radicalmente diferente (p. 76). Se desliga, por lo tanto, la base de la superestructura: la economía no es fundamento en última instancia, sino una dimensión más entre otras, ciertamente importante. Tenemos juegos combinatorios (p. 79), o niveles de intersección o articulación no reducibles a singularidades dialécticas. Culturalismo sería esta apertura a una pluralidad de posibilidad combinatoria y todos estos sustantivos hay que pensarlos en el plural radical (p. 81). Hay sospecha de todo sustantivo en esencia singular: “Su Majestad la Economía,” en la mofa althusseriana, no es asiento permanente, ni fuerza determinante, sino instancia, fuerte si se quiere, entre otras, diseminada por toda la formación social que se despliega ante nuestros ojos con obviedad o no. El concepto de determinación, o fuerza mayor, surge por lo tanto como deseable, si bien, contradictorio, controvertido (p. 81) como si fuera cuchillo de doble filo. No hay reduccionismo económico o clasista que valga. Hay fuerzas sociales mayores, por ejemplo, el Estado, con todos sus antagonismos, a los que no hay que descuidar. Hall pone en duda la idea marxista de la “falsa conciencia” (p. 83), o desviación de la “objetividad” de los intereses considerados como propios perseguidos de manera siempre consecuente[vi].

 

Marx empuja la filosofía idealista occidental con su inversión de Hegel. El estructuralismo althusseriano “tuerce la rama” (p. 85) marxista-hegeliana de manera clara, “pero no la rompe.” La idea es forzar el idealismo hacia el materialismo (p. 85), lo cual es más fácil decirlo que hacerlo en la vida del pensamiento. El hecho histórico que Marx intenta pensar es el 18 de Brumario (9 de Noviembre de 1799), el golpe de estado del Bonapartismo (p. 87), el corte de la libertad desencadenada por la revolución francesa, el avance del capitalismo, ralentizando las revoluciones del 1848 (¿qué se esconde detrás de esa fuerza militar alegorizada como Francia, capitalismo universal, por ejemplo en la hermosísima película de cine mudo celebratoria de Abel Gance, Napoléon (1927)?). El Thatcherismo /Reaganismo es el momento bonapartista de Stuart Hall (no hay pronunciamiento con respecto a la tensión entre Althusser y Thompson en relación al legado estalinista, a un siglo de la Revolución Soviética con varias conmemoraciones en el contexto londinense en las fechas en las que escribo esto). El nuestro será el de Theresa May y Donald Trump y la invitación es que cada lector lleve sus mejores deseos políticos a sus territorios favoritos. El Bonapartismo es también el momento de la retirada intelectual de Marx en la Biblioteca del Museo Británico. Hall concluye que las relaciones entre el mundo material e ideológico fue insuficientemente pensado por Marx. No hay unidad homogénea de construcción marxista, Althusser dixit.

 

Hall expresa su predilección por el poder explicativo de la diferencia sobre la identidad en Marx (p. 88). Se trata de buscar “lo concreto en el pensamiento” (pp. 89, 113): es decir, la aprehensión de las relaciones reales en la instancia histórica concreta según la mediación de la “teoría,” o el inevitable proceso de abstracción intelectual. Es decir, la clarificación conceptual añade, con suerte, determinaciones al material empírico, que se intentará alterar radical y colectivamente. Abstracción y concreción se incluyen, se corresponden, se suba o se baje de nivel de abstracción del pensamiento que no hay que abandonar nunca para pasar a otra cosa sola, llámese acción, praxis, etc. El endurecimiento althusseriano de presupuestos estructuralistas lo mueve a él también (ec tu, brutus!) a posiciones idealistas (p. 113, 115), según Hall. La intervención althusseriana es, sin embargo, ineludible. Su huella es permanente, aun con todos sus “errores.” Hall describe con cierta frialdad la diferencia humanista Thompsoniana en el contexto de la guerra fría y la fidelidad estalinista del francés, por la que parece apostar de manera velada. Hall se queda con las prendas intelectuales althusserianas: el anti-humanismo, la ruptura con el monismo marxista, la predilección por la “diferencia,” conceptos como contradicción, sobre-determinación [“over-determination,” p. 122], el sujeto ausente, la articulación de dos elementos disímiles, la ideología del aparato del estado, que no sólo actúa como fuerza represiva, diferencia de clase “en sí y para sí” (“in itself and for itself,” p. 126) etc. Hall reconoce su enorme deuda intelectual con el pensador francés. Lo califica de “inmensa revolución teórica” (p. 126).

 

Es ideología el toque de queda. Y se ata con clase social y adscripción étnica o “racial.” Hall recrea el famoso artículo de Althusser que pone al estado como uno de las instancias productoras inevitables, tal vez la definitoria, de unas subjectividades jerarquizadas y desiguales. El funcionalismo de Malinowski (p. 60) no aprehende nunca del todo la ductilidad ideológica de la función social de reproducción de relaciones de producción. Althusser pone la ideología “fuera,” dice Hall, del mundo de producción o el mundo del trabajo en un mundo capitalista. Hall subraya una y otra vez este estructuralismo funcionalista atribuido a Marx por Althusser (p. 130): lo abre, lo pluraliza, lo suelta de un binarismo rígido de base y superestructura, separa al francés en cierto sentido de Marx sin glorificar a este último. El énfasis será en las prácticas que no se entienden sin las ideas que las acompañan: no hay praxis sin pensamiento y éste no se entiende sólo en sí mismo sin unas relaciones, orgánicas o no, con prácticas sociales a favor o a la contra. La ideología se cuela, así, también en las instituciones de la sociedad civil, de intereses privados, con todos sus entramados de consensos y repudios, silencios, vacíos y desarticulaciones. Siguiendo a Althusser, las relaciones sociales son procesos sin sujeto (p. 133), que entiendo como la pulsante ausencia de un deseante sujeto colectivo hacedor de su propio destino trascendente o emancipador, ciertamente no el sujeto humanista universalizador y universalizante. Tiene que haber influencias del mundo del inconsciente del psiconálisis desplazando la dicotomía del sujeto / objeto del conocimiento que surge de la herencia clásica de la epistemología occidental, aunque esto es mucho menos perceptible en este “Stuart Hall de Illinois.” Este concepto de sujeto no es individual, tú o yo, sino el “yo” del pronunciamiento ideológico, aun con todas sus fallas, y Althusser pide prestado el concepto de “interpelación” lacaniana (p. 134). Toda una cierta fetichización de “agencia” en el contexto estadounidense de las últimas dos o tres décadas se puede pensar como reacción a esta incomodidad que parece constituirse en Althusser, que nos desposee de este querido quehacer individual que modifique dificultades, taras, etc. de una manera perceptible en el transcurso de nuestras vidas. Algo en Althusser nos hace fatalistas. Hay aquí algo de aroma kafkiano, algo incluso de hálito buñuelesco de Angel Exterminador, de no poder cambiar una situación dada por mucho que uno diga querer cambiarla.

 

Los cambios ideológicos son de tiempos lentos y las cosas cambian, si es que cambian, a un ritmo y nivel aparentemente más allá de nuestros esfuerzos individuales. Estas frutas están más altas que lo que alcanzan nuestros brazos. Estos empeños empero nos constituyen y nos constituimos a nosotros mismos en y con ellos. Nos pintan la cara antes que nos la pintamos nosotros mismos. Vivimos ciertamente (en) la ideología consciente e inconscientemente, pero parece que ésta se nos escapa siempre de nuestros mejores esfuerzos de aprehensión como lo puede hacer el mercurio caído por el suelo tras haberse roto el termómetro. En tanto que sujetos, somos bandazos de conciencia e inconsciencia, haz de contradicciones en varias pulsiones y direcciones. No se ve en Althusser cómo las cosas pueden cambiar drásticamente para bien. La torsión a lo peor es más perceptible. Hall dice preferir el primer Althusser al tardío. Su preferencia es por la obligatoriedad, la estructura de necesidad que se impone a la arbitrariedad (“law of order, law of culture,”p. 141) ; es decir, el texto althusseriano de “Contradicción y sobre-determinación” antes que el más conocido de “Los aparatos ideológicos estatales” (p. 142). La cosa está en cómo intentar cortar epistemológica, vivencial e intelectualmente, una serie de situaciones, o contingencias, que parecen sucederse sin coherencia, razón o lógica aparente. Sin avisar, de sopetón, Hall cierra el capítulo sexto con unas perceptivas páginas sobre los Rastafarianos (pp. 144ff), los “negros del Nuevo Mundo.” Nos ofrece una serie de percepciones a flor de piel biográfica, sobre lo “negro” en el Caribe, sin buscar unos paralelos con los EEUU, y la gama existente en el mundo post-imperial británico (“black,” “coloured,” “West Indian,” “Negro,” “immigrant,” etc., pp. 144-541; p. 186)[vii]. Hall corrige a Althusser: ideología no es sólo el intento de buscar clarificar y reproducir, sino también repartir y suavizar, acomodar, acondicionar, no sólo desde el punto de vista privilegiado, relaciones sociales existentes y desiguales. Hall suspende el “ya desde siempre” althusseriano (“always already” en su versión típica en inglés, p. 154), dando prioridad (“shifts of accentuation”) a las marcas de desigualdad del posicionamiento de clase y etnia. Si el edificio althussseriano da sensación de querer blindarse con rigor estructuralista, la construcción de Stuart Hall busca con ansiedad las grietas de estos blindajes y abrirse a las posibilidades estratégias o tácticas propiciadas por toda contingencia que se antoja sorprendente, plural, incluso teóricamente infinita.

 

Esto desemboca en Gramsci con toda naturalidad en los dos últimos capítulos. Dominación, hegemonía, lucha y resistencia al lado del término ineludible de cultura: este es el vocabulario infinitamente repetible que hemos escuchado con mayor o menor credibilidad en los últimos años en ciertos sectores académicos, y también incluso a pie de calle, en medios de comunicación no convencionales. Gramsci parece posibilitar el desanudamiento de la tendencia a los endurecimientos propia del estructuralismo althusseriano (p. 155). Hall asume como propia la visión gramsciana de deseo de intervención decisiva en la coyuntura concreta. La acuciante persecución del aquí y ahora del prisionero de Mussolini, imposibilidad histórica desde nuestra perspectiva de espejo retrovisor, desoye todo grandilocuente transcendentalismo. Se puede equiparar a la imposibilidad vivencial de su contemporáneo, Walter Benjamin, de fuerte influencia en cierta crítica literaria y cultural hasta la fecha, y no sólo para estudiosos del Barroco. Se busca agilizar todo tipo de interpretación mecanística, predecible, de determinaciones inamovibles, de predicciones desesperanzantes, presentadas con o sin gusto por augurios nefastos. Las instancias sociales organizadoras de realidad, como el estado, por ejemplo, necesitan de contradicciones para poner en movimiento sus propios mecanismos normativos, ordenadores, subordinantes. Esto abre la posibilidad de concesiones, interrupciones, “expresividad” además de la norma represiva. La “contracultura” puede así avivar la cultura estatal. Se trata de modular con toda sagacidad este impulso “a la contra.”

 

A esto se la juegan Gramsci y Hall. prestanto atención a la filosofía, o nivel de abstracción más alto, si se quiere, y también a los pisos bajos del “sentido común,” las relaciones “orgánicas,” el día a día, la vida a pie de calle, la letra cotidiana en el rotativo y las posibles cumbres artísticas. Aquí es donde regresa con fuerza epistémica lo “popular:” lo mayoritario, lo colectivo, lo subordinado, no necesariamente coherente o deseable del todo. La función intelectual tal y como la entendió Gramsci es tratar de coordinar estos dos pisos del pensamiento o filosofía en momentos de derrota. No hay sujeto prefigurado universal, sea el proletariado o cualquier otro, sino entrecruzamientos de intereses, posiciones, pisos muebles, ideas más o menos conexas, etc. La situación de dominación no sólo se estila como represiva o coercitiva, sino que produce bienes como expresividades, gustos, querencias, lealtades, familiaridades, paisajes habitables, emociones de todo tipo. ¿Cómo no ver aquí la recreación del signo de “negro” (p. 186) que no cambia tan tranquilamente siguiendo las mejores formulaciones de un pensamiento perspicaz y brillante para uno mismo o para la colectividad sita en el Caribe y en el Reino Unido: la piel no es pret-a-porter. ni el constructo cultural de “raza o etnia” es ready to wear, que se pueda quitar y poner con facilidad. Hay todo tipo de significaciones explícitas e implícitas, connotaciones, relaciones visibles e invisibles activadas para con cada signo (“raza” o “etnia” entre otros, mucho más cerca en Hall que en García Canclini) en los espacios-tiempos sociohistóricos en donde los encontremos, o no. “Cultura” puede ser el espacio abierto de significativos alternativos a dominación y hegemonía. La lectura clasista de los “Mods y los Rockers” (pp. 191-194), y los “Skinheads” (p. 195-197), o el “ska” de los Rastafarianos (p. 199-203) le permite a Hall analizar comportamientos significativos propios de grupos marginales, sectores minoritarios abrumados, temerosos, resentidos, beligerantes, ante la posibilidad real de perder el ser que dicen ser recta o torcidamente (p. 203). Hall pone el dedo en la llaga de sectores jóvenes británicos, negros, desclasados, en peor estado con respecto a la generación de sus padres migrantes, inventándose “etiopías” o reinos imaginados (p. 205) que les ayuden de alguna manera a sobrellevar lo que les está cayendo encima. Hay aquí, algo o mucho, de función compensatoria, de quimera y de utopía, de mecanismos significativos de supervivencia “cultural” con todos sus dolores, desajustes, incoherencias, torpezas, violencias.

 

Warwick, Inglaterra a 16 de Mayo del 2017 (FGH, fgh2173@gmail.com).

NOTAS:

[i] Lingua franca, imponente, si bien siempre insuficiente en un contexto amplio de miras internacionales. Consúltese el reciente documento America’s Languages: Investing in Language Education for the 21st Century (2017) producido por la Commission on Language Learning de la American Academy of Arts and Sciences ubicada en Cambridge, Massachusetts. Se constata aquí la preocupación por parte de organismos oficiales estadounidenses, con firmas de congresistas y senadores, el mundo de negocios, el militar, etc. con respecto al monolinguismo estadounidense. El mundo oficial estadounidense se ve perdiendo pie y terreno competitivo con respecto a los retos mayúsculos de la “villa global” en el siglo XXI, desde la posición actual de fuerza del inglés dentro y fuera del contexto nacional estadounidense. El aliciente explicitado es la mejoría de oportunidades en el contexto mercantil, de los negocios y de beneficio económico y laboral a corto plazo. Se explicita algo que sólo los muy despistados no han digerido hace mucho tiempo, que los EEUU son nación negligente y deficitaria con el estudio de lenguas que no sean el inglés. Pero evaluemos conjuntamente la calidad del conocimiento de todas las “letras,” que dirían los antiguos, ¿cuán elevadas éstas, inglés incluido, para la inmensa mayoría de la población estadounidense?

 

[ii] El ya fallecido Umberto Eco, desde mediados de los 1960, ha escrito artículos válidos sobre la inflación del signo de “cultura,” a propósito de tendencias intelectuales de integrados y apocalípticos, necesitándose unos a otros, con espacios intermedios, y tendencias a la asimilación y el rechazo, sobre los posibles significados poco claros de “contracultura,” etc. He consultado sus libros en inglés, Apocalypse Postponed (London: Flamingo, [1994] 1995), y Turning Back the Clock: Hot Wars and Media Populism (London: Harvill Secker, 2007). La inteligencia de Eco estaría más cerca de la sensibilidad de García Canclini que de la de Stuart Hall.

[iii] Dicho volumen es: Grossberg, Lawrence; Nelson, Cary (1988). Marxism and the interpretation of culture. Urbana: University of Illinois Press. No sé si hay traducción al español.

 

[iv] Hay una pintura, un tanto insulsa, de Stephen Frederick Godrey Farthing, titulada “Historians of ‘Past and Present’ ” del 1999 en la British Academy de Londres que nos ayuda a poner en contexto a algunos miembros de este grupo vinculado a la revista Past and Present, que surge de la amistad de historiadores marxistas en los años 1940, bajo la batuta de John Morris. Las descripciones de la pintura nos hablan de cierta artificialidad de la composición y de la frialdad en el trato entre ellos. Una figura importante de este grupo para la historia de la península ibérica y las Américas es indudablemente el longevo historiador no-Marxista John H. Elliott (1930-). Para una valoración crítica de su History in the Making, (2112), véase este anticipo: http://www.fernandogomezherrero.com/blog/?p=1923

 

[v] El hermoso e influyente libro de Hoggart, Uses of Literacy es del 1957. Este quehacer sociocultural lo podemos emparentar más tarde con la Ciudad Letrada (1984) de Angel Rama. Sus estudios sobre las prácticas culturales de sectores sociales obreros se pueden contextualizar con las casas llamadas “Back to Backs” en Birmingham, no muy lejos de la Universidad pública de la misma ciudad, espacios ciertamente dickensianos de vida dura de finales del XIX y la primera mitad del siglo XX. comparables a las viviendas, ahora museos de esparcimiento cultural, llamadas Tenements, en la zona de Lower East Side de Nueva York, donde se hacinaban variopintas multitudes multiculturales, huyendo de unos lugares originales, persiguiendo desesperadamente una mejoría de vida en las Américas. Uno puede buscar sus mejores equivalentes en sus sociedades favoritas. Tener en cuenta el contenido social desfavorecido imposibilita la celebración del formalismo literario del logro abstracto, al menos en referencia figuras como Hoggart, proveniente de esos mismos espacios sociales subordinados vertidos a estudios de tipo académico. No es difícil ver una tensión entre este desajuste o desplazamiento entre lugar de origen social, tema de estudio y quehacer académico profesional, con o sin condición migrante.

 

[vi] Habitamos, parece, un momento histórico de desorientación suprema, de desgajamiento de macrounidades económicas como la Comunidad Económica Europea dentro de globalizaciones, fenómeno Brexit es un síntoma claro, de temblores dentro de la hegemonía estadounidense con formulaciones violentas, xenófobas, racistas y sexistas explícitas por parte del responsable máximo con apoyo de ciertos sectores sociales, momento también de debilitación de alternativas de izquierda en un momento de crisis económica mundial, de proliferación de “noticias falsas,” de política por twitter, de revueltas, protestas y votos de castigo supuestamente contra grupos dirigentes, de resurgentes nacionalismos desapacibles. Recomiendo el libro What’s the Matter with Kansas? (2004) de Thomas Frank y el más reciente de Justin Gest, The New Minority: White Working Class Politics in an Age of Immigration and Inequality (2016), al respecto de esta (presunta) incongruencia de autocastigo de los intereses propios, con cerrazones (de mente) sin atender a coherencia o evidencia, con frecuentes invocaciones nacionalistas, repudios xenófobos a todo afuera, “placeres” de retorno a un pasado quimérico… Los estudios culturales de última hornada capean este panorama mayor persiguiendo sus propios intereses dentro de zarandeados espacios educativos con privatizaciones, escasos recursos, precariedad laboral generalizada, abandonos de los estudiantes de las ofertas de las malhadadas “humanidades,” etc…

[vii] Hall es estudiante, ‘Rhodes scholar,” en la Universidad de Oxford a principios de los años 50. La autobiografía póstuma Familiar Stranger: A Life between two Islands, acaba de ser publicada. Véanse dos reseñas significativas, en inglés, con jugosas anécdotas de significación más que anécdotica por parte de Colin Grant y Tim Adams, (https://www.theguardian.com/books/2017/mar/31/familiar-stranger-a-life-between-two-islands-by-stuart-hall-review; https://www.theguardian.com/books/2017/apr/02/familiar-stranger-stuart-hall-review-british-left-most-significant-intellectual). Hall da más autobiografía, y ésta es más doliente, que García Canclini, al menos en los dos textos incluidos.

 

What do We Really Talk about When We talk about Spanish in the US. Of A?

What do We Really Talk about When We talk about Spanish in the US. Of A?

By Fernando Gómez Herrero (fgh2173@gmail.com).


It takes courage to look into an abyss of institutional logic inside capitalist crisis in the immediacy of academic environments side by side the “Spanish” sign and one must always already bear in mind collective dimensions. I wanted to gather some thoughts after the presentation with the title “What do We Really Talk about When We Talk about Spanish in the US of A?” that took place at Harvard some time ago. This reflection would like to be something like a survivalist ethos in these trying times and humor is very much needed, a gallows type surely. Lucidity must be invoked, particularly in relation to the journalistic pieces that will immediately follow always already within the hegemonic modus operandi of cynical market ideology. It is here where the stoking of the ashes of the critical intelligence must take place, particularly since we inhabit structures of lack of care. Let us begin with three jokes.

The first joke has to do with the most common type of relationship with institutionality. Say, you want to date someone, and you go and say, hey, babe, what about you and me? I like you, I see you need someone to teach some classes, I am willing to put down my time, effort, knowledge and my five dollars’ worth acquired in the last twenty years. Let us make it work. And she says, great, thanks for the interest, but I do not really need that much, I want some of your time, not your full time, and some of your worth, three dollars out five, and I will pay you accordingly, no need for elaborate ceremonies, let us make it casual and occasional, a part-time arrangement, strictly short-term, and we take it from there, and let us call it the new normal. And while this is happening, you ascertain that the institution in question (the allegorical girl) is also seeing other suitors, taking advantage of their relative inexperience, foreign status, or more modest academic achievement, while being paid as much as you, as though twenty years’ experience inside the American education system meant little to nothing. Hence, the institutional girl is a bad one, a market-cynical one, and she is dating down so to speak, and that she is giving them a little bit of love and a little bit of money. Institutionality does not really care about longevity, training, experience, proper bilingual beauties, publications and the money you are making is no living wage. This garbage contract, even unemployment, is the “new normal” –and since when?– for the immense majority of foreign-humanities practitioners. Institutions are thus acting like pimps taking advantage of increasingly global traffic sourcing labor, “deskilling” it from within, with precious few regulations or collective bargaining. The capitalist institution is deliberate about the establishment of discontinuities in the labor force, making these working units cheaper, interchangeable, expendable, creating revolving doors, evacuating intellectual richness and social experience structurally from within. Zizek speaks of the sadistic logic of the institution claiming otherwise. This is the predicament, the greasy pole so to speak, bringing your life down to the ever so precarious institutionalization of such lightness of being intellectual and academic thinning out inside higher-education structures embedded within capitalist exchanges, labeled not for profit, inside official moments of financial crisis. The current moment exposes the stark, naked, plain, ugly core. Bureaucratization of “education” makes it increasingly thinned out and lighter, content-immaterial, virulently short-term and anti-historical, banalized or infantilized, the socialization we must imagine is the one within the horizon of customers and consumers and of increasing poverty of rhetorical diction.

The second joke has to do with “racial profiling,” or an increased awareness to social typology in your immediate professional environment, within a perception of an inherited standard sensibility in the early 1970s, call it Michael-Novakian if you wish, of assimilation model in American society that is hardly over. I am exaggerating to prove the point, and one good liberal parallel of intersecting lines would be the urban sociology of the former Senator for New York, Daniel Patrick Moynihan. Here “Hispanic” barely registers. In relation to both authors not of my liking necessarily,I have picked an accessible, journalistic, type of approach that refuses to euphemize traumatic Americanization. I find such approach ideologically undesirable, and yet potentially more valuable and productive than the standard, bland affirmation of cultural-difference, typically leaving the largest template untouched or the official frames intact.

Put these two examples of popular culture in your back pocket in the immediate historical circumstance of the U.S. which defines who you are, whether you like it or not: The Rise of the Unmeltable Ethnics: Politics and Culture in the Seventies (1971) by Novak side by side visualization of social groups in police films such as French Connection and Serpico. The argument is that the social terminology of majority-minority, “white” and something else, not yet “Hispanic,” or incipiently “Hispanic,” must begin about forty years ago, in the Nixonian moment, of relatively open social self-questioning. So, this second joke would have a Colombian, a Mexican and a Spaniard finding themselves teaching intermediate Spanish-class courses in the undergraduate college in the New England setting inside the Novakian-inherited assimilation models admitting to the violence of the process with no edulcoration or euphemisms.  The anecdote could be anything. It does not matter. The running joke could have the standard joke format of competing ethnic affiliations poking fun at stereotypes against the American normalization typically absent from the immediate interaction and oftentimes in the Spanish-language only dutifulness and you must pay increasing attention to who is around, and who is not, inside those low institutional floors, and the tremendous precariousness of the “cultural diversity” of such institutionalized association will not be missed, something of the grittiness of the Novakian ethnic whiteness alluded to in those films has surely something to do with “Hispanic.” These cop dramas are law-and-order fantasies of social repression. And yet there is the most interesting dimension of the circulation and recreation of the visual tension of social relations inside a system that is irresolutely broken, impossibly corrupt beyond any dream-like redemption. I repeat that my feeling is that some historical “conservative” assimilation-model addressing inequalities and violences with no easy resolution, and the tense play of those “differences,” is ethnographically more detailed and nuanced, richer and more politically productive, than the conventional and banal, “more liberal” theoretical defense, general affirmation and universal toleration of “cultural difference” of already existing categories, since the 1970s, typically without mounting a challenge to historical frames of social intelligibility.

You may add your favorite nationalities (Catalan, Castillian, Basque… Czech, Slovak and Slovenian, Irish and Italian in a Serpico type of setting, etc.) and you will still get something meaningful in relation to the most predictable social typologies doing what kind of object of knowledge production framed inside what conventional geography, or “area studies,” which populate the Spanish-language foreign-humanities business. I bet a dollar most subjects of knowledge production will be doing representational roles of their foreign nationalities with precious little variation games and instead predictable rigidity tied up to typification, or tokenization, of “minority” candidates firmly within allocations of subject and objects of knowledge production. There is an embellishment not to be missed: the accumulation of markers of cultural difference added on the same bodies occupying receding spaces within deskilling and cheapening working conditions and how such bodies are preferably coming from modest middle-classes, provincial locations, domestically or overseas, ideally with little, or even better, no knowledge of the imperial language. The “minority” candidates now typically accumulate two or three markers of “cultural difference,” since allocated spaces are receding. The ironic beauty is thus enhanced when you get to see how the institution simultaneously, deliberately empties out the social pool of historical, social, intellectual experience inside the dominant liberal ideology of interchangeable subjects of relative detachment from determinations of time and place, what I call the construction of the nomadic monad or the monadic nomad. Isn’t this one quintessential phantasmagoria of a certain ideology of Americanism that puts itself thus as model number-one against the cumbersome, thick, historical texture of the rest of the world becoming thinner and lighter, and thus “American”? Structurally, decades of experience and training, Ph.D. achievement, publication record, are put together in the same pay-scale-per-course part-time short-term employability with those newly arrived from overseas desperate for work of any kind. Education institutions deal with education professionals seasonally in the same manner agriculture deals with strawberry pickers or “landscape management” deals with its manual labor, and I am building the “Spanish” analogy deliberately, highlighting inherited social division of academic and intellectual labor. Who is protesting in the open?

The third joke, which I would like to call “tonto con hache,” has to do with a certain bombast of self-advertisement that I tend to find in the Spanish press, perhaps as some form of over-compensation for genuinely demoralizing situations of contemporaneity.Check this out: “El idioma español, en la cima del universo” by Antonio Astorga (www.abc.es/20121011/cultura/abci-idioma-espanol-cima-universo-201210091600.html). This is preposterous and dangerous idiocy that should be challenged by courageous Spanish professionals in the U.S. and elsewhere. Where are they? The eloquent subtitle: “La lengua de Cervantes, detrás del mandarín, y por primera vez delante del inglés, entre las 7000 que existen.” The awkwardness, informality, agrammaticality of the first sentence says it all: “El español como huso (sic) idiomático ha alcanzado ya el rango de segunda lengua franca en este siglo. Sin pinganillos, el español es una fiesta.” The Spanish party? It reads like a grotesque joke. The joke is on us? The approach is crude, raw and quantitative (400 million, native speakers, 439 learners ), obtuse in the surreal celebration of the growth of Spanish irrespective of specific national environments, placing precisely the US as one locomotive of such monumental growth, which is far from true, certainly not institutionally so. This is solipsism and provincialism claiming otherwise and the U.S. situation is not understood at all. The Atlantic is wider than one would think.Strength in strong numbers necessarily? Also in relation to percentages of professionals? Well, it is here barely surviving institutionally and its majority of professionals are barely making a living inside decimated humanities spaces.   The projection: “Para el 2050, se calcula que el censo de hablantes del español en los EEUU será de 132.800.000 millones.” I wish. What about the institutional numbers in relation to students, completion of degrees, professionals making a decent living in universities and libraries, mass media, professional business settings, etc.? A second example, “España descubre el petróleo de la lengua,” by José Luis Barbería (elpais.com/diario/2007/03/24/babelia/1174696762_850215.html).

I am not faking the funk. There is no way around lucidity and intellectual honesty in the rendition of such lucidity, particularly so in the self-styled, number-one country of the world, typically undeterred by fact-checking, with or without the experience of the recent elections (“The Opiate of Exceptionalism,” by Scott Shane, www.nytimes.com/2012/10/21/sunday-review/candidates-and-the-truth-about-america.html?pagewanted=all&_r=0). So, if “they” claim to be on top of the linguistic universe –the Spanish marker, a marker of social prestige and high-culture recognition in the U.S.?-  “we” are on top of the universe in relation to everything else, provided we do not double-check information sources. The previous article includes the reference to Mark Rice’s Blog “Ranking America” (rankingamerica.wordpress.com/), who built it precisely to challenge such number-one obsessions ever so prevalent in the American psyche. Isn’t this number-one disposition sign of the closing of the American mind?, using Bloomian language, not necessarily endorsing its ethos. Humanists do not typically do numbers often, but they come handy sometimes. And it is the case, that numbers are invoked typically the vicinity of “Spanish:” demographics. Certainly.Yet what type of numbers and where?

I do not know about you but I want to stay truthful publicly to the intellectual crisis that is inside the capitalist crisis. There are three sections in what follows: 1/ the situation; 2/ larger contexts and interests; 3/ projections.

 

1/ The situation with which this presentation began: The visit. The excuse & the pretext if you wish, the Spanish-language promotion of the Spanish Prince Felipe de Borbón y Grecia at Harvard University last summer. There is a culture bite written about it, “Spain is an American Nation” (www.fernandogomezherrero.com/blog/?p=1331).  So we have the “soft-power” intervention inside the global-brand of prestigious university education environments by the foreign-national representative of the Constitutional Monarchy of the medium-size nation.

 

A few items: the interest of the history lesson against the conventional American grain –particularly here in the immediate context of New England and the dual city context of Boston and the “red republic” of Cambridge. Yes, there was a predictable universalism without the self-recognition language of imperialism, international law without colonialism, free trade without inequalities, renaissance of human creativity without darker sides, ever so amiable bi-national collaboration and Spanish/English kissy-kissy relations, but wait Anglos do not typically kiss in polite introductions… In fact, such (air) kissing is an elite-institution affectation that is not common practice in the American streets. And yet there was the good attempt to bring about some temporalities and chronologies, Spanish-language toponyms, pre-Mayflower, pre-Bostonia foundation possibilities, good.

There was thus the justified defense of a larger scope of vision apropos Spanish and Iberian imperialism and colonization of the Americas and the tinkering with the very nomenclature of “America,” one or two continents, or twenty-two? (I repeat, of course the words imperialism and colonization were missing in action, and you may pause to think how many national representatives do you get to see out there waxing eloquently about these nouns in relation to their own nations?). The continental numbering is always a good pedagogic trick to get your students and your carefree colleagues tangled up in the historical blues. Prince Felipe’s march of history, call it discreet, polite, smooth Hegelianism of the triumphant West is atypical for most Americans in the sense that it must incorporate “Spain” in a tighter manner to the U.S. The title plays with the bilingual “confusions” of hemispheric, from Alaska-to-Patagonia America and typically U.S.-only English-idiomatic America cut off from the rest of the larger dimension that breaks down into “two” continents, North and South (Spanish language still remains mono-continental in relation to the land erroneously attributed to Americo Vespucci). Spain, is one of my darling nations, one. It is clearly not the center of interest, not even in relation to Spanish. And this was the core of interest in Prince Felipe’s speech dealt with with some care in the aforementioned culture bite. It was overall a good performance. Good English, which is more than I can say about the immense majority of the representatives of such nation currently under some turmoil. How many of these representatives could say gracefully Gene “Popeye” Hackman line “ever picked your feet at Poughkeepsie and mount a comparable 1970s attitude? Prince Felipe did it diplomatically. So, yes, there was a bit of a quaint, unusual Europe, from a US perspective. A quaint institution (Monarchy, Prince and Princess with some name recognition, not much). No mention of popular Americana, no French connection, Fernando Rey, who plays the “bad” French guy antagonizing Hackman. The Monarchy is no big point of reference for Spaniards themselves, it however plays a state-national, representational role. So in that discourse delivered, we are not really supposed to seek genuine enlightenment and yet we are dealing with power interpellation… There is discourse. There is a desire of discourse, of language, with Spanish being at its core, as well as hunger of memory in relation to a famished “America.” The event was a genuine exercise in (cultural or soft-power) diplomacy and also business localization and advertising and promotion of specific interests, call them business interests in the vicinity of the Chamber of Commerce. The performance was not bad at all. Proper. Nice. Polite. Discreet. Short. Sweet. Do not push too much. Keep it there. All right.

 

But, not quite. Provocatively, I throw a bit of a tantrum, a bit of Zizek at the event: the Monarch-to-be is an “idiot.” And maybe we are all “idiots” with him. There is an excess of discourse, something that eludes knowledge, and runs parallel to the immediate situation… There are external, larger forces around us mocking our intelligibility efforts inside specific localities. How important is the geography of New England vis-à-vis “Spanish,” for instance? And that is the point: always to try to see bigger landscapes of interconnected vision so that at least we become more awareness of our moments of insight and blindness. A demographic-increase celebration of Spanish-language demographics appears dangerous, idiotic blindness, particularly in relation to the U.S.

The concrete event was a good example of what I would like to call mirrors of misrecognition. The foreign prince interpellates the corporation as representative of the big nation inside the bigger history lesson of the West that incorporates Spain, and the corporation does not officially feel the need to respond in kind to the speech, yet opens the door to the distinguished guest, makes it revolving door, and waits for the goodness of the business transaction. Perhaps there will be some goodness. And what does Cambridge have to do with the geography in Florida, New Mexico, Colorado explicitly mentioned in the speech in relation to precedents and preambles? Prince Felipe was using the corporate space as global platform to speak to his own citizens and expatriates –careful here with the American football language of the “Patriots”—to promote Spanish language as good for history and good for business, while the corporation was only too happy not to make a big deal of the event in the first place. It was not a big deal. It is not a big deal. Imagine the reverse, a U.S. state official going to a big foreign nation to promote the historical density of the English language as good for business. What about the President of the Corporation? I thus want to highlight the structural inequality of English/Spanish, and around it, many other things as well. Fragility therefore embedded in the official defense of Spanish inside the global Anglophone Atlantic (Europe-US) “Area Studies” undergoing a genuine debilitation as we speak. There are obviously many interests embedded in the label of “Spanish” and the Prince line of argumentation will have its fans, but I must say that these will not be the many in the U.S., perhaps I am wrong. And I am using descriptive language. The self-assumed representational role: Prince represents a foreign nation and also seeks to represent a (foreign) language and tells us how beautiful it is, and how meaningful, which is true, certainly. And yet…

With or without the humanistic ornamentation of civilizational impetus and theoretically peaceful association, the core of the speech was, and is, business: the event had to do –certainly, mostly—with branding “Spain” and also “Spanish,” but it is done in such a way that it does not push it too much, and the U.S. market is –doubts any one?– a tough one. The identity of Spain/Spanish has to be underlined in the manner of the Chamber of commerce. Think the “market:” euphemism for capitalism, and a variety of national labels inside international platforms such as corporations but also metropolis, not Boston certainly, but New York for example. Go ahead and attract your customers and consumers with your best advertising strategies. And this is, I would put to you, the political unconscious of what mostly happens around here, also inside university settings: to want to be operational, functional, meaningful in relation to the marketing of cultural products which may or may not welcome the label “Spanish.”

Which has, from the U.S. perspective, certainly, a genuine European legacy, the historical references mentioned in the speech are true, but such legacy has to reframed, “Americanized” if you wish, inside the minority portion of the officially majority minority category of “Hispanic,” and the apparent tongue-twisting in the language I am using has to do with the tense history of group relations in the U.S. Here, Spain is predominantly discreet legacy, not among the dominant nations that migrated to the US. “Spanish” is largely a (Latin) American imaginary, a “Latino” and the French-origin expression has to retain something of a healthy, historical strangeness (while I am writing this, the Boston Public Library is celebrating the figure of Rafael Gustavino and American public spaces, association between the Spanish immigrant, who contributed with the structural tile vaulting to more than 1,000 buildings in the US, some of them as emblematic as the Boston Public Library, Ellis Island Museum, Grand Central Station in New York, etc.: architecture.mit.edu/class/guastavino/about.html).

The corporation welcomes such dignified guest. And yet there is something missing, in that here was no official response to the speech. How would one love to hear what the institution have to say about the main thesis of the Prince’s discourse! There is precious little penetration of such endeavors, as far as I can see. The might of Spanish-speaking sectors inside the U.S. knocking on the institutional doors, where?, in the deliberative tables of professionals and managers, around the discussion tables of boards of trustees? The percentages of customers craving such cultural products? Healthy numbers of those students taking one or two courses, what about getting some kind of certificate in the language? Total numbers of consumers demanding a certain profile? Who was and is by the time I write this feeling cheerful about the conventional university institutionality of Spanish in the home of the brave? The speech did not touch such dimension, advisedly. Imagine a dignified guest criticizing harshly the choice of china for the tea ritual!

2/ Larger Contexts and Interests. A bit of a cognitive mapping. So, where, when, how? Higher-education institutionality of Spanish in the U.S. within the foreign-language units. Predicaments. Dilemmas. Whither are we bound? “We” who? Any appeal to any collectivity appears ever so problematic. Increasing privatizations and corporatization of education sectors, playing some kind of role inside society at large. Officially, these are not-for-profit sectors and we are currently enduring disinvestment and “de-intermediation,” two really cumbersome and euphemistic polysyllables. I have alluded to recent sociological work that speaks of university education as mostly “socialization” for the vast majority of U.S. students and who is seriously complaining? (that was also how Richard Rorty characterized university life for the vast majority of students, ever so distant from the examined life).

I am speaking perhaps lightly about serious matters and I mean seriousness when I say that the humanities occupy a funny place in the contemporary moment in the U.S., let us continue focusing on the “freest and most proud nation on earth” as some rhetoric still has it. The knowledge-production that still merits the label of the “humanities” (“liberal arts” really) must come to terms at least in the case of “Spanish” –I am keeping it thus short and sweet—with a brutal diglossia, an unambiguously fierce monolingualism that puts together a un- if not anti- historical, rough knowledge of “English,” in detriment of, or more precisely against all the other languages, and the structural subordination of the second American language, ”Spanish,” here glows historically, against its own recent history of brutal assimilation, alluded to earlier by the one personal name of the conservative commentator of Slovak origin, Michael Novak, out of the riches of multiculturalism and multilingualism, again, two other cumbersome and euphemistic poly-syllables connoting “bad press,” conventionally. It always makes me pause to remember the self-description of Americanization among conservative commentators, such as Novak and Huntington, as a process of “psychic violence,” and even lobotomy, in the deliberate loss of other languages, and how do you like such a thing?, and how on earth would you go for such a thing if you had a ghost of a historical option? But that is when the non-euphemized experience of immigration into the U.S. acquires some of its historical flavor and tension (I have alluded to the inspiration of 1970s films which do not wish to make such tensions euphemistic and more palatable but instead look at that difficulty in the face with no easy resolutions). This is significant, I would defend, because Spanish professionalization may be moving towards such tense integration. And then people invoke big numbers of speakers, sure, but you will never know by taking a peek at the institutionality in relation to education professionals making a decent living and the strong pronouncements they consistently fail to make about the dire straits of the institutional situations in which we all live. What are the visible or audible research agendas saying exactly?

Now, this is not the place to address the pathologies of American culture, but I could mention some (generations cut off from timespaces not their immediate own, ghettoized from each other, traumatized into American assimilation, at least according to our aforementioned conservative commentators historically endorsing such traumatic process, precious little sense of diachronic development and multi-perspectivism of worldviews, fragile and thin social fabric caught up or shot through by short-term “garbage-contract” institutionality, the other side of organic life of a certain continuity, business culture breaking through all apparent social things, think of Moses’ highways through historic Penn Station, the decay of urban centers, for example Boston theater district, public institutions such as the Boston Public Library, the deterioration of subway transportation, etc.). Very little holds, stays, apparently: there is no center (Daniel Bell dixit, decades ago), and most natives you will talk to do not appear to have precious awareness or care about what was happening in their midst two or three decades ago, much less centuries ago. What is there in American society that reminds you of other, foreign temporalities? What is there that holds continuity, that makes claims to a legacy or tradition? Academic life mimics the growing discontinuities of American society at large. No outrageous claim when I say that there is very little self-awareness and recognition inside the U.S. about its vigorous, interrelational, diachronic web of being inside larger world avatars, which is what Prince Felipe was trying to convey ever so diplomatically in old-fashioned, humanistic fashion, but the core of his speech –the depleted wallet in the pocket hiding in the jacket– was business-like and business, do you ever doubt it?, does not venerate historicity here or there.

“Spanish” in the U.S. classrooms is ever so discreet “second-language” pedagogy of middling-ground grammaticality and literacy in one or two courses taken inside a deteriorating requirement –bye, bye fictional worlds , or literature, and increasing indeterminacy or “culture,” which is something like sociology of mass modes, mass media or entertainment or urban consumerism, or civil society by famished institutionality, also by a genuine anti-establishment impulse that typically gets called “libertarian,” inside a society of indeterminated boundaries that is increasingly averse to textuality, ignorant of diachronicity, impatient and restive, profoundly disoriented about the utopia of meaningful arrangement of timespaces, the desirability and awareness of the intersections of geography and temporality in the binding of the doings and thinking processes, also imaginings, of social groups. One could say that we live in a genuinely non-book domain, para- but also anti-humanities inside university precincts, indifferent from capitalist structures seeking short-term profit. The political unconscious is market-cynical and rhetorically American-liberal of respect for individual choices and preferences, assuming theoretical menu of options according to the horizon of increasing individual detachments from collective units. Such modus operandi easily turns restive and repressive, anti-historical, anti-philosophical, and certainly anti-intellectual, the moment it is pressed to give reasons larger than subjectivist preferences or ad hoc institutional rules and regulations.

And here you are trying to make a living with your knowledge production. Employment conditions of Spanish-language professionals (typically covering area studies of Iberian peninsula and Latin America, within a slow recognition of the Latino dimension): horrid. The euphemism of the “market” (i.e. capitalism) cannot hide the structural degradation and systemic downgrading made evident in the “deskilling” of jobs advertised, retained and rewarded with continuity. The cat’s cradle of bureaucratization inside not-for-profit units effectively means the skullduggery of devalued language skills, thinning out of longevity, amputation of intellectual production and projection and the mockery of the rewards that should come after years of study. Should?

The language is in some quarters one of “casualization,” another cumbersome euphemism. And this is another one: “variety of income streams.” And all this has to be thought out as systemic and structural, quite far away from individual vicissitudes of good or bad fortune. In short: immensely precarious working conditions, more the unacknowledged negative than the positive, unemployment than employment, more short-term and casual than anything else, a job with continuity, “tenure-track” and pay that is barely above the poverty line. The course offerings, more lower levels of instruction than anything higher, which has never been very high, comparatively in the U.S. Where are the comparative studies of accomplishments of different university systems? I have put my own biographical experience (“On Greenblatt’s historicism: Double-take,” www.fernandogomezherrero.com/blog/?p=801). We are witnessing if not the end of the academic profession certainly something close to it, and the modifier adverbial probably has to do with the general attitude of strategic silence in moments of genuine crisis. But the survivalist ethos will never say never. So, say instead that one must learn to make do with the structural mutation of what university education amounts to (I am fond of the Puerto-Rican Spanish anglicismo of “colegios” catching up fittingly the gravitational, downward-pull of U.S. higher education, following capitalistic fundamentals of short-term profit differentials, cheapening working conditions here, deskilling criteria, making it more prohibitive and more expensive there for customers and consumers seeking socialization, etc.). After two decades in the US, I am yet to find professionals who are convincingly defending the current bureaucratization of academic environments, of private corporatization of such bureaucracies of social relations generating systemic precariousness and strategic unpredictability. I feel the humanities do not have a rhetoric to put them out of the burning fire. I feel the same is true for “Spanish,” paradoxically informed by such spectacular demographics. What comes to me is the debilitation of the education profession inside the current global capitalist mass-market society, but wrapped up around it the impoverishment of symbolic production about the mechanisms implemented for the social control inside those interconnected webs and institutions of comparative, relative privilege. Somebody will be benefitting from such degradation.

Tell me the research agendas you get to see out there in the vicinity of “Spanish” other than some differentialism receiving the adjective cultural. One repetition: the clear attenuation of textualities in the vicinity of a certain normality of culturalism –now that “cultural studies” is the apparently only, typically diluted, label there is, particularly within the foreign humanities. Skepticism about a certain normality is appropriate: trust your circumstantial evidence in moments of thin discourse and thick silence. There is a certain orthodoxy of cultural difference, or the said differntialism, always already in relation to some type of symbolic or epistemic “core” taken for granted, typically assumed as the normal, good or real thing, or what is, most often left alone side by side gradualism of greater participation of under-privileged social groups (I share Slavoj Zizek’s criticisms however about a “radical apathy at the heart of today’s cultural studies, playing up right into the market ideology,” included for example in The Fright of Real Tears: Krzysztof Kieślowski Between Theory and Post-Theory (2001), pp. 6ff). You may imagine in the meantime a typical situation in which a weatherwoman is telling us about the generally bad weather “out there,” while leaving the “in here” under-verbalized. Deep down, who cares, if we cling to the adverbial clause, the “out there.” What matters mostly, it seems to me, is instead the relationship between such (im-)possible knowledge renditions combining different timespaces (localities and chronologies), particularly when the immediate circumstance is proven to be faulty, paltry, incomplete, radically unsatisfactory. One of the denunciations has to do accordingly with the perception of an unmistakable flattening that naturalizes the status quo. It must be added that Spanish is still in the process of normalization into the de facto second-language status in the U.S. And that it is still in a relative institutional foreignness in the fragile humanities, or cultural studies, where the few professionals still have to play the representational role of a certain predictable kind of identifiable of a recognizable marker within few exchange options against the conventional race-and-ethnic profile that is typical of the U.S. (cultural-diversity offices, US Census, political consultations do wake up periodically the ghost of the impending transformations in the vicinity of the “Hispanic” category). Roberto Mangabeira Unger has spoken critically about a certain adventurism and subjectivism characteristic of the humanities assuming a certain triviality or ornamentalism that will be taken down in contemporary moments of dire straits. I must say it is difficult to shake this one off. What to invoke and what to appeal to, within the prevailing climate of short-term skirmishes within the perception of debilitation of educational-bureaucratic circles, that is a tough one.

In the meantime, here you are doing “Spanish” barely making a living, over-educated in a society that thinks little of the juxtaposition between the sign in quotation marks and prestige markers or achievement. Feel free to put the category you deem prestigious inside the dominant spectrum that still affirms “Spanish” becoming “American” from a position of structural subordination and integration into functional diglossia if not monolingualism, and the examples are easy to find (Sonia Sotomayor, the brothers Julian and Joaquin Castro, the journalists Richard Rodriguez and Juan González). Not entirely facetiously: imagine a coca-cola palate tasting samples of aged wine taste, imagine mole sauce in the land of ketchup, think labels such as “junk gourmet food” for example in this deliberate marketing of de/structuring sensibilities, languages, experiences, thoughts, etc. cut unevenly across the typical university visibility of subject and object of knowledge, under-represented, and out of synch against the largest social spectrum of the big nation. These are, no doubt, tensions, informing the “Spanish” category in the home of the brave in the Age of Obama, inevitably meaningful as one gets to engage with literacy and historical dimensions, and philosophical pretensions. The criticism has to emphasize the normality of anti-historical, anti-philosophical, thinning out of textual engagements, streamlined to pedagogic “facilitations” of increasingly bureaucratized and institutionalized sociabilities passing through, in ever so fast exchanges, ephemeral places (Mar Augé has written about “non-places,” and John Kasarda and Greg Lindsay speak of “aerotropolis,” and who doubts the university “campus” is becoming some of that, and how we are almost forced to become something of an unbearable lightness of circumstantial being (recreating Kundera’s famous novel title), whatever was solid melting into the air, and now going one step further into digital virtuality, and the realm of the accelerated unhinged image, and one may wish to remember at this juncture the memorable line of Henry James of the U.S. being a “hotel civilization,” which he left behind somehow as a cultural expatriate).

I am thus willing to put it to you thus publicly that we are witnessing non-obvious processes of de/institutionalizations of social relations also in the vicinity of “Spanish,” now with an intellectual crisis underneath every institutional stone you are willing to kick around –over there in the foreign country of the foreign prince that some of you left behind, and good riddance—but also undoubtedly over here, who doubts it?, in the land of the sole-standing superpower with little feeling for sustained, comparative historicism among societal models. People over there I still happen to think are more vocal than people over here, who have typically less of a historical language, perhaps less of physical strength in the brain in a harsh society of immigrants –ask the Czech experience of Novak, the Irish experience of Moynihan and come up with alternatives for the impending feeling that almost any notion of tradition may ever so quickly become an impossible burden, and where to find the strength in the limbs and the inspiration in the brain to go at such sustainable development? I would defend the inverse proportionality: a more stable or established or formal-traditional society may afford the theoretical position of producing more daring fictions and sophisticated intellectual alternatives, whereas a more precarious and unstable society of faster exchanges and enforced integration – say, conventional Americanization– goes ever more naturally to more superficial and simpler formulations, ever more rigid and operational solutions for the mounting pressures always in the perennial short-term.

And the third and final section has to do with projections. Whither are we bound, professionally and existentially, because it is your life going through the motions? And I do not know about you but I am not willing to go down the trivialization path I am just sketched out for the perceived generality ever so hastily. Academic professional life of/for Spanish is going to change ever so slightly and slowly from this situation of chronic unemployment and job precariousness for the immense majority of professionals. PhD program debilitations and thinning out of academic units –also worringly in relation to customers and consumers unless departmental units pay close attention and react better quickly than slowly.

Division of labor is going to continue. In the American imagination, “knowledge” is in English –the vehicle, the medium—and the foreign languages –what nice thing to say about this template?—provide some type of ornamentation, what I would call “boutique Europe” perhaps the best case scenario. But I would suggest that it is mostly thin culturalism –think food and United-Nations-type celebrations or student-organizations in the private campuses, some images, some film, sports, “soccer.” Sure. I like that too. Anything else? What I mostly hear is an awful lot of silence around the importance of the “foreign languages.”

The silence means there is a profound, deep crisis of legitimacy of the humanities and of Spanish in them trying to play catch up with the positivity of demographics. What is it that such sign does, really? And I confess to you that “”Spanish” is one of my concerns, certainly: one. So, this culturalism is perhaps a fight that has always already been lost. The good fight of lost causes? The silly piece in the Spanish newspaper ABC aforementioned includes a reference to the “last of the Philippines,” which is a colonialist film vision of Spain’s travails in the crucible of the 1898. You can ethnicize the expression if you wish (“the last of the Mohicans”). The point being, the defense of the foreign humanities in partibus infidelium, the Latin plays up the peculiarity of the “Latin” focus in the U.S., is always already a “minority affair,” suddenly turning official prediction into the following decades. Saying it less playfully, one will have to speak of turbulence in knowledge-production units inside the current capitalist crisis.

I happen to think that a more connected, more confrontational and muscular language is wanted, if what one wants is to try to get a keener sense of our historicity. Against the abyss of market-cynical ideology, I am resisting the debilitation of language in the vicinity of the institutional fragility of “Spanish” inside American universities in the midst of momentous transformations. I am willing to take risks and pursue the opposite of the debilitation of symbolic production, while being aware of Lacanianisms standing for the ontological void of it all. Zizek takes us there. Yet, one must handle these seductions sensibly.

I will finally put it thus: I see some people selling some kind of watered-down lemonade to other people who drink a bit of it but who are not really thirsty and after one or two tries, say one or two courses, drop it (Spanish) and move on to other better things of the kind that could be called functional or marketable knowledge. Spanish, I must say, it is not convincingly here. It has not been here and probably it will not be here any time soon, historically, socially, epistemologically, politically, philosophically, certainly not within the current university structures undergoing mutation not spoken of eloquently. Americans of the conventional kind do not know what these previous adverbial dimensions mean in juxtaposition to “Spanish,” or Hispanic or Latino, for that matter, and it is also not unlikely that they will know what such juxtaposition means in relation to (the discipline of) “English” either. Tangled up in both, we are all good guys and nobody’s perfect.

The skin is in the game, mine at least, and here I am doing what I think I should do, and doing so by the skin of the teeth, negatively speaking, and the utopia or positivity has not yet arrived two decades after the arrival in the home of the brave. In the meantime, I will not yield to the collapse of the structure of meaning and care apropos the hard sell of “Spanish” in the U.S., and many other things with it, and I must think less than nothing of the structural ingratitude –so far—that is not only anti-intellectual, but many other awful things as well. Thanks for your attention. Open for comments, questions, anything.