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Hacer Acopio del Legado de los Estudios Culturales: Stuart Hall y Néstor García Canclini. Parte Primera.

Hacer Acopio del Legado de los Estudios Culturales: Stuart Hall y Néstor García Canclini. Parte Primera. Por Fernando Gómez Herrero (fgh2173@gmail.com).

 

Cultural Studies 1983: A Theoretical History, By Stuart Hall. Edited and with an Introduction by Jennifer Daryl Slack and Lawrence Grossberg (Durham and London: Duke UP, 2016).

Imagined Globalization by Néstor García Canclini. Translated and with an Introduction by George Yúdice (Durham and London: Duke UP, 2014).

 

Hagamos acopio, siquiera de manera apresurada, del quehacer intelectual de dos figuras sobresalientes, Stuart Hall (1932-2014) y Néstor García Canclini (1939-), como si miráramos por el espejo retrovisor el camino del que venimos, sin saber a ciencia cierta qué va a pasar con todo esto en los próximas años. Llamemos estos espacios británicos y latinoamericanos al menos al inicio, si queremos prestar atención a la procedencia de ambos pensadores, si nos interesa ver el enfoque primario, o el radio inmediato de preocupación y acción directa, si bien los encontramos, los escritores y sus escritos, dispersos cual hojas volanderas entre flores y maleza por una geografía más amplia, desordenada y plural a ambos lados del Atlántico. Sinteticemos algunos de estos logros, montamos algunas tramoyas comparativas de semejanza y diferencia, y hagámoslo sin añoranza alguna por ningún tiempo pasado en relación a las sociedades que van a ser nombradas en estas páginas, que serán más de una. Empecemos por Stuart Hall. Este ciclo de conferencias llamadas “estudios culturales (1983)” las dio en la Universidad pública de Illinois, Chicago, EEUU, la “tripa del ogro,” que diría Octavio Paz, con unos cincuenta años. Las publica la Universidad de Duke, sita en Carolina del Norte, en idéntico contexto nacional, en donde nos formamos en los años 90, con una demora de treinta y tres años. Muchas cosas han pasado ciertamente en estas tres o cuatro décadas que constituyen el nacimiento y tal vez debilitamiento, sino función de ciertos impulsos intelectuales y académicos llamados estudios culturales, oferta académica standard y mayoritaria con cierta incidencia más allá de circuitos universitarios. ¿O me equivoco?

El segundo texto, titulado Globalización imaginada, salió originalmente en español en Buenos Aires y México D.F. en 1999. Se publica traducido al inglés, quince años después, también por Duke, en el 2014. Uso exclusivamente de la versión en inglés, sin tener acceso al original en español en mis actuales estadías británicas. Vierto estas reflexiones a la lengua primera de Canclini, con una sensación extraña, tal vez saludable, con respecto al inglés de George Yúdice[i]. El Canclini más conocido en los EEUU, creo yo, es el de las culturas híbridas, libro también publicado por Duke: el de las mezclas de todo tipo, de entrecruzamientos infinitos, préstamos promiscuos, de modalidades significativas desiguales y prácticas sociales, sobre todo consumistas, combinatorias. Es el encomio de la hibridez y la transculturación, ahora interculturalidad, o atadura de formas dispares, como si éstas ofrecieran escapatorias, creíbles o increíbles, de todos las represiones, apresamientos, silenciamientos o ninguneos. La invocación a la “imaginación” de García Canclini la ponemos al lado de la tan manoseada moneda de la “cultura,” que Stuart Hall considera concepto ineludible, resbaladizo, vago, amorfo, polivalente, evanescente, de espacio desplazado (“misplaced field”), desplazante, interdisciplinar (p. 4). Nos la jugamos todos, parece ser, en estas aguas revueltas.

 

Leemos tarde, y vertido al inglés, el primer libro de Canclini, así viene y va la cosa intelectual, desordenada, volandera, y migrante como cualidad fundamental también de la biografía dual de un pensador caribeño asentado en la Inglaterra thatcheriana conferenciando en Illinois sobre el mundo intelectual marxista europeo de los 1960, y un argentino emigrado a México, paseante observador de los desórdenes propios de la globalización capitalista actuando no sólo por el espacio hegemónico del Atlántico Norte. Hay leve contacto de referencia derridiana entre ambos que mencionaremos en breve. Parece que no tenemos opción: nos tenemos que apelotonar todos en la “cultura,” palabra lábil, resbaladiza, poco confiable, con escasas maniobras a la contra[ii], al menos desde la época de Thatcher y Reagan, como si todas las demás (política, religión, historia, literatura, “humanidades,” etc.), se nos hayan hecho impresentables o inservibles.

 

Cultural Studies (1983) son ocho conferencias de densa intensidad. El registro y transcripción ha tenido que ser laborioso. Se interrumpió por la reticencia del propio Hall que Jennifer Daryl Slack y Lawrence Grossberg no aclaran del todo (p. xiii-xiv). Salen ahora a la luz dos años de la muerte de Hall con una cierta sensación de envaine y desenarbolamiento de los estudios culturales. Hay cierta retirada y tal vez huida estratégica de éstos. Hay también “americanización,” digámoslo con el grueso y grosero anglicismo estadounidense naturalizado incluso al español transatlántico, de pensamiento crítico de procedencia británica, sito en la segunda ciudad del país, Birmingham, con memorias caribeñas no amainadas en el caso de Hall. La visibilidad institucional: Hall hereda la dirección del Centro de Estudios Contemporáneos Británicos de la Universidad de Birmingham de manos de Richard Hoggart del 1969 al 1980. Es el comienzo del thatcherismo, el “sapo en el jardín,” según el título de su artículo incluido en el volumen famoso que recopila dicho encuentro en Ilinois[iii]. Estos vaivenes son importantes y tenemos la gestión de Lawrence Grossberg en aquel entonces y en la preparación del volumen de Duke. Cierta periferia institutional estadounidense da cabida a este pensamiento crítico por partida doble, Hall y García Canclini, extranjero y extranjerizante, más correoso el primero, y podemos decir que de impacto desigual, futbolísticamente hablando lo podemos llamar de niveles de English premier league y championship por este orden, en mi estimación, al menos dentro del espacio anglo-parlante del Atlántico norte. Los estudios culturales de Stuart Hall son explícitamente anti-thatcherianos en un sentido político amplio (Thatcher en el poder, 1979-1990). Encuentran conexiones con un anti-reaganismo de izquierdas estadounidenses que van a soplar nuevos vientos con los “estudios culturales” durante todos los post-esctructuralismos a la contra de ciertas normas académicas del momento (Reagan en el poder, 1981-1989). Veo a Canclini más accesible, digerible, y menos explícito, más cauteloso con respecto a montarse en el carro de una ideología política explícita de fuerte cuestionamiento de la globalización en un contexto internacional de mayor radio o cobertura. El español nativo lo coloca en el nivel subordinado de Premiership antes aludido.

 

Althusser y Gramsci, los ahogados más hermosos del mundo, al menos para Stuart Hall, por decirlo con el lenguaje de realismo mágico de García Márquez, hay que verlo como afán intelectual extranjero y extranjerizante, anhelo y deseo de oxígeno e inspiración disidente aliados momentáneamente en Illinois. No se esconde la palabra “marxismo,” palabra inaceptable en los EEUU, tampoco se descubre a propios ni a extraños a bombo y platillo. García Canclini puede ser compañero de viaje de estos proyectos, yendo menos de “contracultural,” en lo que a mí se me alcanza, con o sin las apreciaciones de un Umberto Eco. El argentino se suma al tema cantante de los “estudios culturales” de los años 90 en adelante, la globalización. Aquí seguimos, con el Brexit Britain de Theresa May y la presidencia, imposible de imaginar de Donald Trump, con un mundo académico de generalizado vocabulario cultural, más cariacontecido y “tocado” al menos en el espacio angloparlante transatlánticos ¿Causan los subordinados espacios hispanohablantes menos desasosiego?

 

Mucho tiene que ver lo que uno estudia en su celda amorosa con la política con mayúsculas, o con las situaciones académico-burocráticas de limitada incidencia, aun cuando no se vean las conexiones directas todos los días luminosos. Hall pone en tela de juicio cierto empirismo británico “eterno,” por no disparar siempre a un racismo institucional cotidiano. Y se agarra de la mano de Althusser, tal vez la inspiración intelectual más perseguida en sus conferencias. Estas devuelven a los Estados Unidos una serie de preocupaciones intelectuales de la mano europea de la “americanización” del Reino Unido desde el final de la Segunda Guerra Mundial: la desigualdad racial, clasista, los desplazamientos migratorios, el consumo generalizado o masivo de productos culturales saltadores de la página impresa, etc. Curiosamente, no hay hermanamiento explícito con grupos intelectuales negros o “diversos” o “minoritarios” en los EEUU. Stuart Hall no deja constancia de que América Latina pueda ser espacio disidente. García Canclini es consciente de Hall, pero no se quiere meter en sus mismos rediles. ¿Para qué? Hay importación de producto cultural europeo de izquierda (Althusser, Gramsci) dentro de un caldo de cultivo británico que se vierte a la fórmula estereotipada de los EEUU como experimento de mezcla social de disolución de diferencias apreciables, sostenibles (“melting pot”). La sociedad de masas, el consumismo, el mundo juvenil, todo lo que se abrevia como “popular” cabe en teoría aquí desde una abstracción filosófica a la expresividad contracultural de grupos juveniles. Y este doble enfoque reconfigura los enfoques, las perspectivas, los intereses de una cierta sociología que, al menos en el caso de Hall, se quiere pensar filosóficamente.

 

Filosofía aquí quiere decir recreación del legado marxista dentro del pensamiento europeo occidental, actualizado con el entrecruzamiento del pensamiento del francés Althusser y el italiano Gramsci. Y esta doble perspectiva “latina” franco-italiana tiende a la fuerza gravitacional de una cierta sensibilidad “minoritaria,” digámoslo así, que es curiosamente no lo que piensa la mayoría de la gente en tanto que pensamiento laborioso y abstracto sino lo que hace la mayoría de la gente en los momentos de creatividad, esparcimiento, etc. Esto es lo que se da en llamar “cultura popular” en los EEUU y que los estudios culturales van a priorizar. Se trata de bajar en la medida de lo posible las prácticas a pie de calle, de buscar las mayorías sociales, de desatender y descabalgar los gustos de todos los elitismos, de ponerle el sambenito a los grupos privilegiados, o mejor en la picota. Se trata de contextualizar social y políticamente unas maneras de significar, inicialmente de leer y escribir, pero también de escuchar música, bailar, comer, vestir, ir al cine, practica deporte, darse al esparcimiento y ocio sobre el negocio, al gusto sobre el disgusto, vamos, desde los años 1950 en adelante, y es aquí que nos encontramos la hegemonía mundial de la cultura angloparlante a ambos lados del Atlántico. ¿Representó el momento Blair un punto álgido de cierta Britania chic? ¿Fueron los juegos olímpicos en contexto londinense toque de queda de ciertas aprehensiones actuales en momentos de Brexit?

 

Mi generación en las periferias europeas aprende ya el inglés desoyendo el francés obligatorio de los padres. Insistamos en el gesto de Hall, deliberado y encomiable, de ir a buscar el producto intelectual deseable y disidente a otras sociedades, las “latinas” (el francés Althusser y el italiano Gramsci), relativizando lo que se encuentra más cerca, Richard Hoggart, E. P. Thompson, el grupo de “Past and Present” con el reconocido Eric Hobsbawn a la cabeza[iv]. García Canclini va más “desordenado,” más “descentrado,” a salto de mata sin quedarse en su nacionalidad ni quedarse prendado per se de ninguna nacionalidad influyente. No veo escuelas dominantes. Hay en ambos escasa presencia de mujeres. Hall analiza su contexto británico inmediato inserto en el contexto europeo sumido en unas transformaciones propias de una sociedad capitalista del período de posguerra, desde los años 50 en adelante. Esta sociología se va desligando paulatinamente de la prioridad del “texto” y privilegia la contemporaneidad audiovisual si bien sigue aupado a un pensamiento abstracto de origen continental europeo. A ésta se ata García Canclini y la desliga también de todo deseo de antiguo humanista de centralidad letrada. No salta ni con gusto ni con disgusto a lo último en el mundo digital, virtual, de aceleraciones y violaciones al estilo de un Paul Virilio, de hackers, gamers, etc. No veo figuras intelectuales centrales ni decisivas en García Canclini, ni una necesidad de defender una fé ciega en su formación francesa inicial. No veo su prosa a la altura filosófica, por mucho que se diga que ésta es su formación inicial. Las figuras de referencia local son, en Hall, Raymond Williams, y el ya mencionado Hoggart[v]. Este acercamiento “cultural” mira unas desigualdades sociales y sus correspondientes prácticas cognoscitivas dentro de marcos de práctica social posible. No hay utopías que valgan la pena y sí cierto pragmatismo que, sin humos, se encaran con una fehaciente posibilidad de supervivencia, aun en su condición vital subordinada. No es difícil ver cómo ciertos recipientes de nacionalismo y humanismo son propios de un privilegio social. Estos lo rompe Hall una y otra vez.

 

Stuart Hall empuja este quehacer hoggartiano en contra de un cierto liberalismo de corte social conservador leavisiano, aupado en los hombres decimonónicos de un Mathew Arnold dentro de los estudios literarios ingleses. No es difícil encontrar paralelos con otros nombres en otras lenguas en otros contextos nacionales. Per se trata (¿siempre?) de saltar los predios disciplinarios, ¿y qué mayor “naturalidad” que hacerlo desde espacios precarios (social, disciplinar, institucional, étnica, condición migrante, etc.)? Nuestro estudiante de origen jamaicano ya en Oxford participa de las críticas a un Leavis (“el puritano cejijunto”) ubicado en Cambridge, pero esto no se queda sólo en pasatiempo de competición de regata festiva en círculos de privilegio académico británico.

 

Hall trasciende todo esto y se sale de las letras y salta a la disciplina de la antropología, sobre todo la de procedencia estadounidense, y sobre todo a lo que podemos llamar una sociología de abstracción política. La condición inmigrante de Hall le hace cuestionar casi instintiva y automáticamente cualquier llamado al “nativismo,” sea político, cultural, gastronómico, arquitectónico o musical, mayor o menormente tergiversado de racismo implícito o no, cuatro décadas antes de Brexit. Es esta apertura de miras la que trae los contrastes entre lo nativo o lo propio y lo extranjero o ajeno, y también la posibilidad de tendencias de tensión y repudio o todo lo contrario, la xenofilia o admiración e incluso seducción extranjerizante. Hall no acepta un funcionalismo rígido de la antropología de Malinowski con respecto a la contemplación de las limitaciones existentes entre las relaciones sociales, sean las que sean. Se la juega, entonces, con estas aperturas, aun cuando éstas no suavicen desigualdades ni despejen incertidumbres e imprevistos (la atracción de la intervención en la coyuntura gramsciana puede ir por este deseo de apertura de toda cerrazón sistemática). Las “culturas” se pueden acercar, intercambiar bienes, acariciar, embelesarse, pero ciertamente las borrascas siguen a los rayos de sol, y también malviven, chocan, se pelean, se humillan, se intentan destruir e incluso celebran la destrucción ajena. Los estudios culturales que Hall fomenta buscan bien a las claras todas las desaveniencias “culturales” en la inminencia o contemporaneidad y no la transcendencia de estas tensiones en un más allá de las benditas bienaventuranzas. No hay grandes deseos de indagación en las teleologías distantes ni en los orígenes remotos o esencias, sean caribeñas o brummies. Se cortan las alas a los historicismos anteriores al siglo XIX y se cuelgan las raíces atávicas del aire frío de la mañana sin certeza del calor del sol. Entre las cuerdas antropológicas y las sociológicas, camina Hall con cierto tiento por los años de la Guerra Fría intentando vislumbrar un claro en el bosque thatcheriano que no verá. ¿Lo vemos nosotros tres o cuatro décadas después? Suyas son las bocanadas de la llamada Nueva Izquierda que provienen del estructuralismo althusseriano y el subalternismo gramsciano.

 

Es Althusser quien goza del centro de su atención, con dos capítulos, el cinco y el seis, para él. Para la fecha del 1983 ya poco o nada le queda de producción intelectual al francés, catorce años mayor que Hall e ignoro si hubo contacto directo entre ambos, y si fue consciente de su influencia en el mundo angloparlante fuera de su discípulo directo Etienne Balibar que se pasea por espacios como el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Hay dos capítulos dedicados al estructuralismo, con recuento de antropólogos y sociólogos. Un capítulo versa sobre el problema marxista de la relación entre la base y la superestructura. El capítulo séptimo es carta de presentación del intelectual italiano apresado por Mussolini en la sociedad intelectual angloparlante (hay reverberaciones gramscianas en el postcolonialismo subalternista de la India y el latinoamericano que llegan hasta el día de hoy). El capítulo octavo y último puede verse como efectos gramscianas a pie de calle británica con introducción de elementos personales jamaicanos y subculturas marginales (Rastafarianos, mods y rockers, skinheads, música “ska,” etc.). Hall no se arredra y ofrece su propia interpretación de éstos, acusa recibo de críticas a esta primera generación de estudios culturales afincados institucionalmente en Birmingham, recientemente imputada de “capital jihadi de Gran Bretaña,” por la prensa amarilla británica.

 

 

Althusser es para Stuart Hall la mejor ocasión para el ejercicio de la inteligencia más abstracta. Con estas galas extranjerizantes visita Illinois para no quedarse allí. Hay como mínimo dos o tres capas de extranjería en estas desapacibles tierras estadounidenses. El pensador francés le posibilita el endurecimiento de posicionamientos estructuralistas que no quieren someterse al yugo de humanismos ni historicismos. Se trata también de entablar diálogos con la teoría cultural marxista desviándola de Raymond Williams y de E.P. Thompson, y sacándola de atascos y puntos muertos, por ejemplo automatismos del modo de producción y predecibles atribuciones de falsa conciencia a todo lo que no quepa bien en la categoría de clase obrera militante en un comunismo revolucionario. Lo que le interesa es ver las relaciones, los procesos, las instituciones, el nudo de lo conocido y lo desconocido, lo cuantitativo pierde terreno ante un análisis ideológico. Digámoslo así, el anti-idealismo positivista durkheimiano, el proceso del mundo “objetivo” de los “hechos,” el entramado del orden social, la cuestión de la reproducción social, la gestación y el cultivo de las formas simbólicas, sean longevas y religiosas o no: todo esto se vierte en la prosa de Hall siempre cuestionadora, apretada, tensa. El estudio de sistema clasificatorio, el tomemismo de Lévi-Strauss, es punto de partida, la promesa de “cientificismo (scientificity)” y la “apariencia” del “rigor” (p. 61). La inspiración inicial le viene a Lévi-Strauss de la linguística histórica de Saussure, si bien no todo será regla internalizada, autosuficiente y enteramente consciente. Hay algo más que razón: mito, narrativa, inconsciente, aspectos que no cuadran, que no caben, fallas, vacíos, incongruencias, disonancias, silencios. Podemos añadir el mundo connotativo, la tonalidad emotiva con todas sus evocaciones disparando mensajes en mil y una direcciones dentro y fuera del pecho del observador en cuestión.

 

El quid de la cuestión no es la proveniencia, sino cómo se monta todo esto hacia un porvenir que no sea el thatcheriano o el reaganiano, o que se subordinen a la visión leavisiana/arnoldiana de modalidades culturales que merezcan la pena que sobrevivan en el panteón del logro artístico nacionalmente enmarcado en culminante marcha triunfante. Hay sin embargo cierta querencia de formalismo. La hermosa frase lo dice todo, “el placer de una gran porción de la cultura es retrotraerse a donde viene uno” (p. 69). Pero Hall no se queda aquí colgado, embelesado. Esto lo quiere reactivar, agilizar, pluralizar, colectivizar. Este “placer” se combina con la repetición, la insistencia, la posibilidad de innovación, o incluso la imposibilidad de escaparse de la ortodoxia política de los años 80 (vemos desde hoy el tremendo desgaste del PSOE en España desde los años de Felipe González, y del laborismo en el Reino Unido desde la época de Tony Blair a la actual de Jeremy Corbyn). Hall pone en cuestión el entramado de categorías de Lévi-Strauss: intuitivo y arbitrario es el aderezo de esta brillantez en solapado elogio a la contra (p. 69). Hall se distancia del doble humanismo británico representado por Thompson y Williams. Y siente predilección por la sincronía estructuralista (p. 71).

 

Hall quiere empujar la inversión del hegelianismo propia de Marx: quebrar la persecución de la imposibilidad de una historia universal o eterna. Toda época histórica es coyuntura, contingencia, especificidad no translaticia, serie de determinaciones. La cosa difícil es cómo aunar “el sujeto de la historia” con la estructura particular de la formación social y empujar, al mismo tiempo, una historia (radical) de cambio histórico a otra cosa radicalmente diferente (p. 76). Se desliga, por lo tanto, la base de la superestructura: la economía no es fundamento en última instancia, sino una dimensión más entre otras, ciertamente importante. Tenemos juegos combinatorios (p. 79), o niveles de intersección o articulación no reducibles a singularidades dialécticas. Culturalismo sería esta apertura a una pluralidad de posibilidad combinatoria y todos estos sustantivos hay que pensarlos en el plural radical (p. 81). Hay sospecha de todo sustantivo en esencia singular: “Su Majestad la Economía,” en la mofa althusseriana, no es asiento permanente, ni fuerza determinante, sino instancia, fuerte si se quiere, entre otras, diseminada por toda la formación social que se despliega ante nuestros ojos con obviedad o no. El concepto de determinación, o fuerza mayor, surge por lo tanto como deseable, si bien, contradictorio, controvertido (p. 81) como si fuera cuchillo de doble filo. No hay reduccionismo económico o clasista que valga. Hay fuerzas sociales mayores, por ejemplo, el Estado, con todos sus antagonismos, a los que no hay que descuidar. Hall pone en duda la idea marxista de la “falsa conciencia” (p. 83), o desviación de la “objetividad” de los intereses considerados como propios perseguidos de manera siempre consecuente[vi].

 

Marx empuja la filosofía idealista occidental con su inversión de Hegel. El estructuralismo althusseriano “tuerce la rama” (p. 85) marxista-hegeliana de manera clara, “pero no la rompe.” La idea es forzar el idealismo hacia el materialismo (p. 85), lo cual es más fácil decirlo que hacerlo en la vida del pensamiento. El hecho histórico que Marx intenta pensar es el 18 de Brumario (9 de Noviembre de 1799), el golpe de estado del Bonapartismo (p. 87), el corte de la libertad desencadenada por la revolución francesa, el avance del capitalismo, ralentizando las revoluciones del 1848 (¿qué se esconde detrás de esa fuerza militar alegorizada como Francia, capitalismo universal, por ejemplo en la hermosísima película de cine mudo celebratoria de Abel Gance, Napoléon (1927)?). El Thatcherismo /Reaganismo es el momento bonapartista de Stuart Hall (no hay pronunciamiento con respecto a la tensión entre Althusser y Thompson en relación al legado estalinista, a un siglo de la Revolución Soviética con varias conmemoraciones en el contexto londinense en las fechas en las que escribo esto). El nuestro será el de Theresa May y Donald Trump y la invitación es que cada lector lleve sus mejores deseos políticos a sus territorios favoritos. El Bonapartismo es también el momento de la retirada intelectual de Marx en la Biblioteca del Museo Británico. Hall concluye que las relaciones entre el mundo material e ideológico fue insuficientemente pensado por Marx. No hay unidad homogénea de construcción marxista, Althusser dixit.

 

Hall expresa su predilección por el poder explicativo de la diferencia sobre la identidad en Marx (p. 88). Se trata de buscar “lo concreto en el pensamiento” (pp. 89, 113): es decir, la aprehensión de las relaciones reales en la instancia histórica concreta según la mediación de la “teoría,” o el inevitable proceso de abstracción intelectual. Es decir, la clarificación conceptual añade, con suerte, determinaciones al material empírico, que se intentará alterar radical y colectivamente. Abstracción y concreción se incluyen, se corresponden, se suba o se baje de nivel de abstracción del pensamiento que no hay que abandonar nunca para pasar a otra cosa sola, llámese acción, praxis, etc. El endurecimiento althusseriano de presupuestos estructuralistas lo mueve a él también (ec tu, brutus!) a posiciones idealistas (p. 113, 115), según Hall. La intervención althusseriana es, sin embargo, ineludible. Su huella es permanente, aun con todos sus “errores.” Hall describe con cierta frialdad la diferencia humanista Thompsoniana en el contexto de la guerra fría y la fidelidad estalinista del francés, por la que parece apostar de manera velada. Hall se queda con las prendas intelectuales althusserianas: el anti-humanismo, la ruptura con el monismo marxista, la predilección por la “diferencia,” conceptos como contradicción, sobre-determinación [“over-determination,” p. 122], el sujeto ausente, la articulación de dos elementos disímiles, la ideología del aparato del estado, que no sólo actúa como fuerza represiva, diferencia de clase “en sí y para sí” (“in itself and for itself,” p. 126) etc. Hall reconoce su enorme deuda intelectual con el pensador francés. Lo califica de “inmensa revolución teórica” (p. 126).

 

Es ideología el toque de queda. Y se ata con clase social y adscripción étnica o “racial.” Hall recrea el famoso artículo de Althusser que pone al estado como uno de las instancias productoras inevitables, tal vez la definitoria, de unas subjectividades jerarquizadas y desiguales. El funcionalismo de Malinowski (p. 60) no aprehende nunca del todo la ductilidad ideológica de la función social de reproducción de relaciones de producción. Althusser pone la ideología “fuera,” dice Hall, del mundo de producción o el mundo del trabajo en un mundo capitalista. Hall subraya una y otra vez este estructuralismo funcionalista atribuido a Marx por Althusser (p. 130): lo abre, lo pluraliza, lo suelta de un binarismo rígido de base y superestructura, separa al francés en cierto sentido de Marx sin glorificar a este último. El énfasis será en las prácticas que no se entienden sin las ideas que las acompañan: no hay praxis sin pensamiento y éste no se entiende sólo en sí mismo sin unas relaciones, orgánicas o no, con prácticas sociales a favor o a la contra. La ideología se cuela, así, también en las instituciones de la sociedad civil, de intereses privados, con todos sus entramados de consensos y repudios, silencios, vacíos y desarticulaciones. Siguiendo a Althusser, las relaciones sociales son procesos sin sujeto (p. 133), que entiendo como la pulsante ausencia de un deseante sujeto colectivo hacedor de su propio destino trascendente o emancipador, ciertamente no el sujeto humanista universalizador y universalizante. Tiene que haber influencias del mundo del inconsciente del psiconálisis desplazando la dicotomía del sujeto / objeto del conocimiento que surge de la herencia clásica de la epistemología occidental, aunque esto es mucho menos perceptible en este “Stuart Hall de Illinois.” Este concepto de sujeto no es individual, tú o yo, sino el “yo” del pronunciamiento ideológico, aun con todas sus fallas, y Althusser pide prestado el concepto de “interpelación” lacaniana (p. 134). Toda una cierta fetichización de “agencia” en el contexto estadounidense de las últimas dos o tres décadas se puede pensar como reacción a esta incomodidad que parece constituirse en Althusser, que nos desposee de este querido quehacer individual que modifique dificultades, taras, etc. de una manera perceptible en el transcurso de nuestras vidas. Algo en Althusser nos hace fatalistas. Hay aquí algo de aroma kafkiano, algo incluso de hálito buñuelesco de Angel Exterminador, de no poder cambiar una situación dada por mucho que uno diga querer cambiarla.

 

Los cambios ideológicos son de tiempos lentos y las cosas cambian, si es que cambian, a un ritmo y nivel aparentemente más allá de nuestros esfuerzos individuales. Estas frutas están más altas que lo que alcanzan nuestros brazos. Estos empeños empero nos constituyen y nos constituimos a nosotros mismos en y con ellos. Nos pintan la cara antes que nos la pintamos nosotros mismos. Vivimos ciertamente (en) la ideología consciente e inconscientemente, pero parece que ésta se nos escapa siempre de nuestros mejores esfuerzos de aprehensión como lo puede hacer el mercurio caído por el suelo tras haberse roto el termómetro. En tanto que sujetos, somos bandazos de conciencia e inconsciencia, haz de contradicciones en varias pulsiones y direcciones. No se ve en Althusser cómo las cosas pueden cambiar drásticamente para bien. La torsión a lo peor es más perceptible. Hall dice preferir el primer Althusser al tardío. Su preferencia es por la obligatoriedad, la estructura de necesidad que se impone a la arbitrariedad (“law of order, law of culture,”p. 141) ; es decir, el texto althusseriano de “Contradicción y sobre-determinación” antes que el más conocido de “Los aparatos ideológicos estatales” (p. 142). La cosa está en cómo intentar cortar epistemológica, vivencial e intelectualmente, una serie de situaciones, o contingencias, que parecen sucederse sin coherencia, razón o lógica aparente. Sin avisar, de sopetón, Hall cierra el capítulo sexto con unas perceptivas páginas sobre los Rastafarianos (pp. 144ff), los “negros del Nuevo Mundo.” Nos ofrece una serie de percepciones a flor de piel biográfica, sobre lo “negro” en el Caribe, sin buscar unos paralelos con los EEUU, y la gama existente en el mundo post-imperial británico (“black,” “coloured,” “West Indian,” “Negro,” “immigrant,” etc., pp. 144-541; p. 186)[vii]. Hall corrige a Althusser: ideología no es sólo el intento de buscar clarificar y reproducir, sino también repartir y suavizar, acomodar, acondicionar, no sólo desde el punto de vista privilegiado, relaciones sociales existentes y desiguales. Hall suspende el “ya desde siempre” althusseriano (“always already” en su versión típica en inglés, p. 154), dando prioridad (“shifts of accentuation”) a las marcas de desigualdad del posicionamiento de clase y etnia. Si el edificio althussseriano da sensación de querer blindarse con rigor estructuralista, la construcción de Stuart Hall busca con ansiedad las grietas de estos blindajes y abrirse a las posibilidades estratégias o tácticas propiciadas por toda contingencia que se antoja sorprendente, plural, incluso teóricamente infinita.

 

Esto desemboca en Gramsci con toda naturalidad en los dos últimos capítulos. Dominación, hegemonía, lucha y resistencia al lado del término ineludible de cultura: este es el vocabulario infinitamente repetible que hemos escuchado con mayor o menor credibilidad en los últimos años en ciertos sectores académicos, y también incluso a pie de calle, en medios de comunicación no convencionales. Gramsci parece posibilitar el desanudamiento de la tendencia a los endurecimientos propia del estructuralismo althusseriano (p. 155). Hall asume como propia la visión gramsciana de deseo de intervención decisiva en la coyuntura concreta. La acuciante persecución del aquí y ahora del prisionero de Mussolini, imposibilidad histórica desde nuestra perspectiva de espejo retrovisor, desoye todo grandilocuente transcendentalismo. Se puede equiparar a la imposibilidad vivencial de su contemporáneo, Walter Benjamin, de fuerte influencia en cierta crítica literaria y cultural hasta la fecha, y no sólo para estudiosos del Barroco. Se busca agilizar todo tipo de interpretación mecanística, predecible, de determinaciones inamovibles, de predicciones desesperanzantes, presentadas con o sin gusto por augurios nefastos. Las instancias sociales organizadoras de realidad, como el estado, por ejemplo, necesitan de contradicciones para poner en movimiento sus propios mecanismos normativos, ordenadores, subordinantes. Esto abre la posibilidad de concesiones, interrupciones, “expresividad” además de la norma represiva. La “contracultura” puede así avivar la cultura estatal. Se trata de modular con toda sagacidad este impulso “a la contra.”

 

A esto se la juegan Gramsci y Hall. prestanto atención a la filosofía, o nivel de abstracción más alto, si se quiere, y también a los pisos bajos del “sentido común,” las relaciones “orgánicas,” el día a día, la vida a pie de calle, la letra cotidiana en el rotativo y las posibles cumbres artísticas. Aquí es donde regresa con fuerza epistémica lo “popular:” lo mayoritario, lo colectivo, lo subordinado, no necesariamente coherente o deseable del todo. La función intelectual tal y como la entendió Gramsci es tratar de coordinar estos dos pisos del pensamiento o filosofía en momentos de derrota. No hay sujeto prefigurado universal, sea el proletariado o cualquier otro, sino entrecruzamientos de intereses, posiciones, pisos muebles, ideas más o menos conexas, etc. La situación de dominación no sólo se estila como represiva o coercitiva, sino que produce bienes como expresividades, gustos, querencias, lealtades, familiaridades, paisajes habitables, emociones de todo tipo. ¿Cómo no ver aquí la recreación del signo de “negro” (p. 186) que no cambia tan tranquilamente siguiendo las mejores formulaciones de un pensamiento perspicaz y brillante para uno mismo o para la colectividad sita en el Caribe y en el Reino Unido: la piel no es pret-a-porter. ni el constructo cultural de “raza o etnia” es ready to wear, que se pueda quitar y poner con facilidad. Hay todo tipo de significaciones explícitas e implícitas, connotaciones, relaciones visibles e invisibles activadas para con cada signo (“raza” o “etnia” entre otros, mucho más cerca en Hall que en García Canclini) en los espacios-tiempos sociohistóricos en donde los encontremos, o no. “Cultura” puede ser el espacio abierto de significativos alternativos a dominación y hegemonía. La lectura clasista de los “Mods y los Rockers” (pp. 191-194), y los “Skinheads” (p. 195-197), o el “ska” de los Rastafarianos (p. 199-203) le permite a Hall analizar comportamientos significativos propios de grupos marginales, sectores minoritarios abrumados, temerosos, resentidos, beligerantes, ante la posibilidad real de perder el ser que dicen ser recta o torcidamente (p. 203). Hall pone el dedo en la llaga de sectores jóvenes británicos, negros, desclasados, en peor estado con respecto a la generación de sus padres migrantes, inventándose “etiopías” o reinos imaginados (p. 205) que les ayuden de alguna manera a sobrellevar lo que les está cayendo encima. Hay aquí, algo o mucho, de función compensatoria, de quimera y de utopía, de mecanismos significativos de supervivencia “cultural” con todos sus dolores, desajustes, incoherencias, torpezas, violencias.

 

Warwick, Inglaterra a 16 de Mayo del 2017 (FGH, fgh2173@gmail.com).

NOTAS:

[i] Lingua franca, imponente, si bien siempre insuficiente en un contexto amplio de miras internacionales. Consúltese el reciente documento America’s Languages: Investing in Language Education for the 21st Century (2017) producido por la Commission on Language Learning de la American Academy of Arts and Sciences ubicada en Cambridge, Massachusetts. Se constata aquí la preocupación por parte de organismos oficiales estadounidenses, con firmas de congresistas y senadores, el mundo de negocios, el militar, etc. con respecto al monolinguismo estadounidense. El mundo oficial estadounidense se ve perdiendo pie y terreno competitivo con respecto a los retos mayúsculos de la “villa global” en el siglo XXI, desde la posición actual de fuerza del inglés dentro y fuera del contexto nacional estadounidense. El aliciente explicitado es la mejoría de oportunidades en el contexto mercantil, de los negocios y de beneficio económico y laboral a corto plazo. Se explicita algo que sólo los muy despistados no han digerido hace mucho tiempo, que los EEUU son nación negligente y deficitaria con el estudio de lenguas que no sean el inglés. Pero evaluemos conjuntamente la calidad del conocimiento de todas las “letras,” que dirían los antiguos, ¿cuán elevadas éstas, inglés incluido, para la inmensa mayoría de la población estadounidense?

 

[ii] El ya fallecido Umberto Eco, desde mediados de los 1960, ha escrito artículos válidos sobre la inflación del signo de “cultura,” a propósito de tendencias intelectuales de integrados y apocalípticos, necesitándose unos a otros, con espacios intermedios, y tendencias a la asimilación y el rechazo, sobre los posibles significados poco claros de “contracultura,” etc. He consultado sus libros en inglés, Apocalypse Postponed (London: Flamingo, [1994] 1995), y Turning Back the Clock: Hot Wars and Media Populism (London: Harvill Secker, 2007). La inteligencia de Eco estaría más cerca de la sensibilidad de García Canclini que de la de Stuart Hall.

[iii] Dicho volumen es: Grossberg, Lawrence; Nelson, Cary (1988). Marxism and the interpretation of culture. Urbana: University of Illinois Press. No sé si hay traducción al español.

 

[iv] Hay una pintura, un tanto insulsa, de Stephen Frederick Godrey Farthing, titulada “Historians of ‘Past and Present’ ” del 1999 en la British Academy de Londres que nos ayuda a poner en contexto a algunos miembros de este grupo vinculado a la revista Past and Present, que surge de la amistad de historiadores marxistas en los años 1940, bajo la batuta de John Morris. Las descripciones de la pintura nos hablan de cierta artificialidad de la composición y de la frialdad en el trato entre ellos. Una figura importante de este grupo para la historia de la península ibérica y las Américas es indudablemente el longevo historiador no-Marxista John H. Elliott (1930-). Para una valoración crítica de su History in the Making, (2112), véase este anticipo: http://www.fernandogomezherrero.com/blog/?p=1923

 

[v] El hermoso e influyente libro de Hoggart, Uses of Literacy es del 1957. Este quehacer sociocultural lo podemos emparentar más tarde con la Ciudad Letrada (1984) de Angel Rama. Sus estudios sobre las prácticas culturales de sectores sociales obreros se pueden contextualizar con las casas llamadas “Back to Backs” en Birmingham, no muy lejos de la Universidad pública de la misma ciudad, espacios ciertamente dickensianos de vida dura de finales del XIX y la primera mitad del siglo XX. comparables a las viviendas, ahora museos de esparcimiento cultural, llamadas Tenements, en la zona de Lower East Side de Nueva York, donde se hacinaban variopintas multitudes multiculturales, huyendo de unos lugares originales, persiguiendo desesperadamente una mejoría de vida en las Américas. Uno puede buscar sus mejores equivalentes en sus sociedades favoritas. Tener en cuenta el contenido social desfavorecido imposibilita la celebración del formalismo literario del logro abstracto, al menos en referencia figuras como Hoggart, proveniente de esos mismos espacios sociales subordinados vertidos a estudios de tipo académico. No es difícil ver una tensión entre este desajuste o desplazamiento entre lugar de origen social, tema de estudio y quehacer académico profesional, con o sin condición migrante.

 

[vi] Habitamos, parece, un momento histórico de desorientación suprema, de desgajamiento de macrounidades económicas como la Comunidad Económica Europea dentro de globalizaciones, fenómeno Brexit es un síntoma claro, de temblores dentro de la hegemonía estadounidense con formulaciones violentas, xenófobas, racistas y sexistas explícitas por parte del responsable máximo con apoyo de ciertos sectores sociales, momento también de debilitación de alternativas de izquierda en un momento de crisis económica mundial, de proliferación de “noticias falsas,” de política por twitter, de revueltas, protestas y votos de castigo supuestamente contra grupos dirigentes, de resurgentes nacionalismos desapacibles. Recomiendo el libro What’s the Matter with Kansas? (2004) de Thomas Frank y el más reciente de Justin Gest, The New Minority: White Working Class Politics in an Age of Immigration and Inequality (2016), al respecto de esta (presunta) incongruencia de autocastigo de los intereses propios, con cerrazones (de mente) sin atender a coherencia o evidencia, con frecuentes invocaciones nacionalistas, repudios xenófobos a todo afuera, “placeres” de retorno a un pasado quimérico… Los estudios culturales de última hornada capean este panorama mayor persiguiendo sus propios intereses dentro de zarandeados espacios educativos con privatizaciones, escasos recursos, precariedad laboral generalizada, abandonos de los estudiantes de las ofertas de las malhadadas “humanidades,” etc…

[vii] Hall es estudiante, ‘Rhodes scholar,” en la Universidad de Oxford a principios de los años 50. La autobiografía póstuma Familiar Stranger: A Life between two Islands, acaba de ser publicada. Véanse dos reseñas significativas, en inglés, con jugosas anécdotas de significación más que anécdotica por parte de Colin Grant y Tim Adams, (https://www.theguardian.com/books/2017/mar/31/familiar-stranger-a-life-between-two-islands-by-stuart-hall-review; https://www.theguardian.com/books/2017/apr/02/familiar-stranger-stuart-hall-review-british-left-most-significant-intellectual). Hall da más autobiografía, y ésta es más doliente, que García Canclini, al menos en los dos textos incluidos.

 

John Beverley: Critical Legacy of “Theory” in the Larger Context of Politics since the 1960s.

John Beverley: Critical Legacy of “Theory” in the Larger Context of Politics since the 1960s. By Fernando Gómez Herrero, who attended the Arts Week 2017 (fernandogomezherrero.com).

 

“Theory” in the U.S. and beyond.

John Beverley delivered a 3-set masterclass titled “The Politics of Theory,” plus one extra lecture, “A New Orientalism: The Question of Literature as Such and Islamic Fundamentalism,” hosted by the Centre for Iberian and Latin American Visual Studies, in the context of Arts Week 2017 at Birkbeck College, University of London. It is a sign of what “the arts” can do. It was very good to meet John Beverley since the last time we met at the University of Pittsburgh, Pennsylvania in the U.S., about 13 years ago, where he has developed his professional career in the Department of Hispanic Languages and Literatures, where I taught briefly. He is foundational figure of Hispanic and Latin American studies at the University of Pittsburgh with all the accolades and songs of glory. His career begins in the California setting in the 1960s, studying with a figure such as Herbert Marcuse, a second-generation member of the German Frankfurt School, one valid preamble of the U.S.-based cultural studies modality of “theory.” His early work is on Góngora, the most elaborate Baroque poet in the Spanish language in the Seventeeth century. We are perhaps most importantly also dealing with the “New Left” emerging in the vicinity of the Vietnam War. How is that for an interesting juxtaposition?

 

No more no less than 50 years later, we find him taking stock of these legacies in the context of Brexit-Britain London a couple of weeks away from the general elections between Theresa May and Jeremy Corbyn. It is also the moment of a certain revival of the perennial Churchillian theme of the “special relationship” between the U.S. and the U.K. on the part of May. Where will this go? Hailing from the heart of the big imperial country, Beverley (1943-) is foundational figure in the establishment of cultural studies and subaltern studies, having had significant incursions into postcolonial studies in the important point of reference of Duke University, North Carolina, US in the 1990s, perhaps one of the most innovative and creative environments in the immediate past, from where I obtained my Ph.D. at the turn of the century. “Hispanic” is no easy or automatic label for the English-speaking world on either side of the Atlantic, neither is “Latin:” both tend to refer to the area studies of the Spanish-speaking side of the Iberian peninsula and / or its larger Latin American dimension, also inside the U.S., subaltern part of the West, European and American at the same time, domain of high culture and most typically of popular culture, historically imperial and currently mostly postcolonial in equal measure. Trained as a Hispanist, i.e. scholar in Iberian studies, his main vehicle is the field of Latin American Studies, without ever letting go of this European side of things, particularly in relation to the (neo-)Baroque, uneasy label in the domains of “letters” in the English-speaking context, it is fair to say.

 

But “letters” are very much summoned to the interrogation chamber of these lectures, or rather “literature.” There is less of a curiosity in “literacy.” And, what is this funny word, “theory”? It is code for critical intellectual tendencies emanating from (post-)structuralism, displacing historicist, philologist schools of thought. We are dealing with a specific set of academic cultures of scholarship and also of interdisciplinary university practice, particularly in the North Atlantic, U.S. & France & U.K., but not exclusively, and its radiation elsewhere, with its inevitable “blowback” effect reaching us today with a vengeance. Beverley’s “politics of theory” lectures, about 10 hours total, addressed a vast panorama inside which these multiple connections between academia and the world were made explicit, i.e. “studies” and larger political events in the world, particularly the inspiration of Third World and Latin America (or the South), starting from the anti-Vietnam-War opposition, independence movements in the Third World, Cuban Revolution, Sandinismo in Nicaragua, and most recently the Marea Rosada (Pink Tide) with a persistent Bolivian focus. This account was a rich, vivid, vast panorama of an intellectual life trajectory keeping track of political events happening in different parts of the world, and how could it be otherwise in our global interconnectedness?: rest assured that Empire will find its “Empire strikes back” response. It is less certain if there will be a narrative for either or both dimensions (counter-Empire) that will allow us to make sense of things. “Literature” becomes a contested signifier that is not your conventional sign in the bookshops for fiction. In this vicinity, it is the same as the interrogation of structures of power and privilege, inside and outside the institution of the university. The disciplines will dance to high culture (Theodor Adorno’s Schoenberg or Stravinsky dilemma), or to rock’ n ‘roll or pop or punk and less so to funk or hip hop or rap in the case of Beverley’s generation, admittedly a fan of television watching it for hours. Perhaps millenials and native digital creatures will raise eyebrows. The disparity between Frankfurt school theories of culture and consumerist American popular culture was detonator of things to come, at least in the case of Beverley, sitting unevenly high in the “Cathedral of Learning” (the name of the main building at the University of Pittsburgh) in the “home of the brave and the land of the free,” as the American anthem still has it. What about the transformative connection between the “disciplines” or the “studies” as one gets to find them in the libraries, classrooms and lecture halls, and political life expansively understood? This is one of the fundamental preoccupations of John Beverley displayed during these lectures.

 

The Desirable “Negation” or “Interruption” of Theory.

‘Theory” is short name for these “cultural” preoccupations in the vicinity of the vast institution that will not go away, the state. Politics, much more than electoral politics, extends from Vietnam to Iraq and Syria, from Johnson to Bush, Obama and Trump. The reader of other parts will add his/her favourite names and meaningful geographies. We live in tremendous moments of uncertainty, with looming Brexit for Britain, neo-conservative upsurge inside and outside the isles, and correspondingly there is a certain retreat and debilitation of “theory.” The focus was placed during these lectures on what may constitute the collective subject of politics, with or without its displays of impatience, even anger. We are looking for this subject beyond the Althusserian conception. The lectures conjured names galore of living figures (García Linera, Spivak, Butler, Wendy Brown, Kraniauskas, Mignolo), following the traces of already established canonical names (Saussure, Levi-Strauss, Lacan, Otto Bauer, Fanon, Stuart Hall, E. P. Thompson, Gramsci, Deleuze, Hardt, Negri, etc.). It was therefore a crowded imaginary house in the Gordon Square Birkbeck Cinema room. We can “nativize” this type of thought process and bring the affinity to the British school of Stuart Hall in the context of the Birmingham Centre for Contemporary Cultural Studies founded at the University of Birmingham in 1964 (Hoggart’s Uses of Literacy (1957) must also be included). In Latin America, Néstor García Canclini’s urban anthropology and consumerism is one recognizable name. There will be others. Beverley emerges from this 1960s radicalism on the West Coast of the U.S. His analogy is that of Bob Dylan going electric “transculturizing” the folk tradition resisted also by many, including the cultural theoreticians of the Communist party. Such “contamination freaked out a lot of people.” Some of that is what is wanted for cultural / subaltern studies in the realm of area studies of the foreign dimension, call it Latin American Studies among other names. Where to go but to the popular, i.e. the category of the people?: the Gramscian formula of the national-popular identity and the “failure” of the Italian case. This is the “failure” that reaches our contemporaneity with the neo-conservative focus on the working classes and the “national identity” issue which does not go away, even in our globalized times.

 

Latin America emerges to global consciousness in the 1960s with theories of uneven modernity, the Cuban revolution, a new kind of postcolonial sensibility, the peculiarity of the hybridity of its cultural forms (Fernando Ortiz’s transculturation, the example of the soup called “ajiaco”) responding to Fascist acculturation, and most famously with literary “magical realism” (García Márquez, Vargas Llosa, etc.) among those who still hold a predilection for the book format and the form of the novel. The history of jazz (Stan Getz is mentioned) is a kind of successful transculturation, mostly for elitist groups, perhaps. There as no reference to other artistic forms. “Literature” however remains, for the most part, at least in Beverley’s vision, complicit sign of high culture, the superstructure concomitant with what can be abbreviated as the “institution (literature, university, and perhaps most damaging, the state). If this is the “hell” to avoid at all costs, at least for the sensibility of a certain generation, a certain cultural / subaltern studies will have to go to (the theory of) popular culture wanting the (theoretical) interruption or “negation.” The suggestion is to push the closed metaphorical quality of the critical language as it marches through or perhaps falls, within institutions. The idea is to give force to the subordinate, the dominated, humiliated dimension, the unequal, the space called the “South,” the Fanonian formula of the “wretched of the earth.” The notion of (in-)equality is highlighted between those of freedom and fraternity.

 

We live, alas, in an impasse of “theory.” Beverley is explicit about his feelings (or “affect”) of resentment in our apparent times of conservative restoration. Perhaps “theory” is compensatory radical function for the debilitations of leftist politics kicking off at least since the Thatcher / Reagan moment. Is our moment any better? Where are we looking for global inspiration? Literature? Culture? The Momentum side of Jeremy Corby? The Andean high planes? Syriza? Podemos? Para-institutional spaces? Privatized environments? Digital domains? Where is the power of the imagination to create new worlds of alternative possibility? “Literature” finds itself in “free fall” inside the neoliberal ideology that places the principle of authority in the free market with no particular value or permanent attachment to the “humanities,” hence undergoing a corrosive effect, even liquidation within the cultural industry of the global corporate university and virtualized society at large. The suspicion is that cultural and subaltern studies may indeed have been unwitting collaborators with the system, at least on the American side of global things, since the late 1990s. The self-styled “rebels” may have woken up one tangled-up one bad morning like the characters in the film The Matrix. The Duke moment has now gone. In other words, if Spivak answered her own famous question in the negative, “Can the Subaltern Speak?,” Beverley alarm bells toll for the American-style marketing of the University: the Duke Dean who famously proclaimed that Subaltern Studies will be the success model for the global university. The whole point was never to want to find the DNA of global success in the first place. How radically different is the British system by the time this account is made public?

Have Cultural / Subaltern Studies Been Complicit with the Logic of the Reproduction of Capital?

Beverley’s critical hindsight is explicit that these early moments of cultural studies and subaltern studies may have indeed been part and parcel of the postmodernist logic of the global university in late-capitalist formulations. Pause for a minute and take a good look at the culture industry of the university system in the present moment. We may know where we have been, but do we really know where we are (not) going? Pause, rewind and fast-forward taking into account practices and discourses (not) taking place. Subaltern studies is –or at least was– a new way of thinking beyond that by emphasizing what was of inferior status, the lesser value, the foreshortened perspective of the shoe shiner level if you wish. The subaltern has hit a wall since Guha’s masterpiece, Elementary Aspects of Peasant Insurgency, with or without the refusal by a certain Latinamericanism to accept the “Indian” influence, but also the American and British influences. Beverley still defends the affinity felt among a few Latin Americanists with Asian Subalterns, at least since the Spivak moment at the University of Pittsburgh. Contaminations go in many directions in the present global present and identity politics will get tangled up and often reinforced in any binary (native and foreign for Area Studies modalities, for example). How could they not? The key thing is still to highlight the dimension of insubordination, and see how far “we” can go. But “we:” who are “we”? Tensions informing Area Studies models of global studies, or the rendering of the “foreign” political dimensions of “who we are,” are perceptible, particularly when “identities” of all sorts come round the corner to live with “us.” Cultural / subaltern studies bring into question this subject position (the “us”) and what would make it desirable against others (the “them”).

 

“We are all post-Marxists now, we are all post-colonialists now…”

Why have “theory” people for the most part stopped short of the state? What have they stopped short, period? How to rethink political subjectivity in the conjuncture? Where is now the point of Archimedes that will move the entire world? Is this too grandiose a statement? Beverley’s brand of cultural studies will still defend “to want to change the world,” around the notion of the totality. One needs a different kind of history that is not the typical biography of the nation state. So, in essence, Beverley’s proposition is for a kind of anti-history stance, at least against a certain conventionality of the discipline of “history.” But there is no retreat from these nouns (nation and state, not even “history” with/out the crisis of all the narratives), not even since the retreat of the Zapatistas (a certain arsenal for Subaltern studies according to Beverley). “Studies” wanted, perhaps still want, to intervene in the structural matrix of the university system in the manner of a desirable interruption, hence the emphasis on the synchronic and also on the sphere of the civil society, or the category of the “people.” The downturn of the Pink Tide governments (Centre-Left, not Red, a kind of social democracy, not in the conventional European sense) puts Beverley in a bind (“I invested his (cultural) capital in the Pink Tide, if I can mix the metaphors. I am bankrupt”). Way out? Perhaps the “politics of dehistoricized affect.” And the issue of representation of “the people” comes to the fore. Beverley is open about the points of contact with the religious domain, from an atheist perspective, and Liberation Theology’s “preferential option for the poor” (Gustavo Gutierrez). Parallels with Enrique Dussel, for example, were not explored.

 

Beverley’s claim is that “we are all post-Marxists, we are all post-colonialists now,” which is a provocation of sorts. This ecumenic call will find sympathy in specialized types of academic discourse and perhaps even affinity in the streets. The desire remains in the meantime one of counter-cultural heterodoxy finding no easy outlet and certainly no automatic release in Britain and elsewhere in the second decade in the new century. A certain Deleuzean tendency seems to be gone in the direction of Michael Hardt & Antonio Negri’s progeny of the best-seller Empire. Beverley holds his breath here, strikes a neo-Leninist pose accusing their followers of “infantile disorder,” whilst conceding that it perhaps shows the limitations of his own generation. We live in terse, tense conjunctures scratching our skulls as to what sort of apparition, catastrophe, epiphany or horror or none of the above, will come next, perhaps the figures of the migrant and the foreign, perhaps convincingly captured by the “modern languages,” “literature” and the “visual culture.”

 

“Postcolonial Criticism of the Inscription of Literature as such.”

Beverley’s open lecture, “A New Orientalism? The Question of Literature as Such and Islamic Fundamentalism” follows one of the fundamental propositions of postcolonial criticism, that modern literature itself, from the Renaissance onwards, is complicit with processes of European colonization of the world. I do not see Beverley calling himself postcolonialist, but he is, no doubt, touched by this set of issues. Stepping outside his “home” in Latin American cultural products, Beverley approaches European cultural products, specifically Michel Houellebecq’s novel Soumission (Submission), Orhan Pamuk’s novel Snow, and Michael Haneke’s film Caché (Hidden), recreating collective guilt in relation to the 1961 Seine Massacre. The answer to the question in the title of the lecture is yes: a spectre is haunting Western secular and consumer liberal democratic consciousness and it is that of the Islamic / Muslim Otherness reproduced by high forms of literature and film. Are “we” all (un-)wittingly recycling Orientalism failing to assimilate the lessons of Edward Said and others as though there was no way out but for whom? The convergence of these three European works is around the challenge to secular modernity / modernization posed by Islamic fundamentalism. Beverley synthesized the narrative of each of these cultural products caught up in what we can call the dilemma of the “Literature in the Third World” (to use the old, perhaps still valid nomenclature of the social sciences in the Cold War moment; the name of Aleksandr Dugin was conjured about worse things to come in geopolitics). Islamic fundamentalism is the conundrum that brings Rushdi and Said, Charlie Hebdo and Fanon’s words on violence together. Roberto Bolaño’s work is introduced as perfect example of Left melancholia in Latin America.

But “literature” is always already the sign of high culture in Beverley’s account and its globalization is no transcendence of colonialism but universalization of new neo-colonial forms, images or letters. Here, the French setting adds a fair amount of fear and (self-)loathing, despite Macron’s recent victory over Le Pen, with worrying signs in many settings (the Netherlands, Poland, Hungary, Germany, also Britain, and what about Russia?). Yet again, “literature” is, at least in Beverley’s axiomatic account, the opposite of emancipation: complicit (high-culture) dimension of this New Orientalism with or without declining number of readers and interpreters. If there is a different kind of literature, it was not made explicit. Is there no alternative nesting in mid- or popular culture then? No kitsch either? No schlock? Are there no sustainable examples of a different type of literature in the English and Spanish speaking parts of the world? Is such condemnation made in relation to the author’s fantasy, the rigidly expected reader response, the predictions of the market, the minority effect of consumers of literature and cinema in the “fake-news” mass media? It is not clear. Yet, the main argument in the lecture is that this form of globalism or universalism is easier to denounce than forcefully dislodge. The role of the novel cannot be disentangled from this modernity, including its peripheral variations (Turkey, multicultural Muslim France, the aftermath of the Algeria War of Independence in France). The film Caché reinforces the depressing argument stemming from the famous film Battle of Algiers (1966), allegedly used by Americans during interrogation techniques in war situations mainstreamed by films such as Boal and Bigelow’s Zero Dark Thirty (http://www.fernandogomezherrero.com/blog/?p=1841). My mind inevitably went to the famous article by Fredric Jameson about national allegory and the Third World and the critique by Aljad Ahmad along the lines of “othering” in the 1980s. Was Beverley updating this tension for us thirty-plus years later siding with one or the other? Was he more Jamesonian than Ahmadian or neither?

 

But we are all here, inevitably?, in the evanescence of the object of study called “literature,” caught up in the certain impasse of the “studies” privileged by Beverley (cultural, subaltern, gender / queer, etc.), inside perceptible mutations of the institution of the university. Would the (foreign) visual culture provide better alternatives in the strictures of Brexit and the Age of Trump? In these panoramic lectures, we saw the unequal visibility of the Americas, disturbing glimpses of the “Other” vis-a-vis Britain’s increasingly negative exchange with its own continent, at least in relation to its European Union formulations. But there is more: the Muslim / Islamic “otherness” looks at the distorting mirror image of the secular values and global modernity and the violences occurring in the Middle East and the West most visibly since 9/11 (I am finishing this piece one day after the suicide bombing in the concert of the American pop singer Ariana Grande in the city of Manchester). Final Hispanist surprise: Cervantes’s Quijote is hailed as the founding text of literary modernity making this Western interruption of the Islamic Other. There was no mention of the once celebrated coexistence of the three religions in historic Spain. Perhaps this is a receding horizon beyond our reach in our accelerated and violent timespaces of genuine global disorientation. Will our studies play catch-up?

 

 

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