Archive for February 2012

“Hispanismo” en los Estados Unidos a Principios del Siglo XXI: Allegro ma non troppo.

“HISPANISMO” EN LOS ESTADOS UNIDOS A PRINCIPIOS DEL SIGLO XXI:

ALLEGRO MA NON TROPPO. Fernando Gómez Herrero (fgh2173@gmail.com).

 

A Cándido y Virginia, y el rescate de casi todos los naufragios

(o el plato de lentejas de la primogenitura en tierras americanas).

 

Introducción. “Us in the U.S.A.” (Nosotros en los Estados Unidos),o el Malestar del Hispanismo dentro de la Gran Narrativa del Occidente liberal.

Nos las habemos con atropellados desconciertos de la “cosa hispánica” a principios del siglo XXI, como la totalidad confusa de la vida misma, nos cuentan los más viejos y sabios, se las tiene que arreglar –esporádica, desaliñada, brusca, íntima o hermosamente, ¿destrucción o amor, que diría el poeta– con el apretado haz, deseos y ganas de conocimiento, en nuestra circunstancia insoslayable, al menos de momento, la estadounidense. Pan y cebolla y las nanas: si de allí nos tuvimos que marchar con viento fresco, aquí mal vivimos con toda naturalidad unos violentamientos históricos que,  a ciencia cierta, sobrepasan en mucho cualquier buena o mala fortuna individual, constituyendo más disgustos que gustos, soledades y amoríos, ansiedades,  agonías y sus utopías. Y no resultará nada raro que de constituirse la vida intelectual, lo haga, al menos a ratos, contra natura, como la punta delgada del iceberg mastodóntico, soplo burlón al corazón entre telas, perfume y ornamento raros, portátil mercancía de estraperlo en estos academicismos trashumantes. ¿Cómo se relaciona entonces eso de “hispano,” anglicismo un tanto impertinente, con el galicismo convencional de “latino,” poco que ver ambos con disposiciones homologadas de la “lengua extranjera” que estoy aquí usando, y ambos signos con el tercero en discordia, el “malsonante” de “chicano,” que hay que seguir entendiendo como la “hispanización” que asume literalmente y a la contra la imputación angloparlante de duplicidad hipócrita, codificada en los diccionarios, de los sectores subordinados, los siempre mal educados con respecto a las buenas maneras del benemérito mundo institucional. No hay arreglos ni generales ni rápidos para lo que parece ser una enredada madeja de la “cosa hispánica” medio escondida en el cajón del sastre de la mesa voladora en la noche letrada de los malos tiempos burocráticos de casi todas las relaciones sociales.

¿Hispánico? ¿Dónde se encuentra uno “eso” poco obvio? ¿Dónde está? Puede uno agarrar las páginas del atlas, y recorrer con los dedos unos contextos “hispanos” tan dispares como el de Durham en Carolina del Norte, Redwood City en California, Marshalltown en Iowa, o Hartford en Connecticut, Oberlin, Ohio o incluso la ciudad de Boston por citar sólo algunos que he tenido ocasión reciente de hollar con los pies ligeros, y otros muchos que, a buen seguro, podrán añadir los lectores curiosos de estas páginas, si alguno hubiere, sin olvidarnos tampoco de nuestros contextos académico-institucionales predilectos, estén o no incluidos en Ideologies of Hispanism (Nashville, Tenn.: Vanderbilt University Press, 2005), que nos concierne de una manera directa aquí, hoy. En un contexto nacional-federal que no se califica grosso modo como “hispano,” las localidades “hispanas” surgen, tal vez, como posibles archipiélagos utópicos de teorías y prácticas deseables con respecto a un pasado y a un futuro inciertos. Señalo rápidamente una doble situación de violencia, des-socialización o extrañamiento entre la circunstancia social estadounidense mayor, la oficialidad académica dentro de dicha circunstancia, y las ubicaciones “hispanas” de números mayoritarios de “minorías” con respecto a ambas en relación a todas las localidades anteriormente mencionadas, Nashville incluida. Dicho de otra manera: existen unas tremendas brechas entre el elemento social emergente, aparentemente imparable de “origen hispano,” con o sin la yuxtaposición de “latino,” nomenclatura tipificada ordinariamente en la forma negativa (no blanca, no-negra, no-racial…) tal y como aparece en documentos oficiales del tipo Statistical Abstracts of the U.S. 2004-2005. The Nacional Data Book y de escasa o nula visibilidad en el mundo de la “inteligencia” oficial de formación universitaria que se desdice de cualquier tipo de vinculación íntima y sostenida con dichos sectores sociales. Juguemos con los prefijos como si fueran fósforos: lo “no-,” “para-,” y lo “anti-hispánico,” tiene, de manera velada o explícita, más fuerza que la posible positividad deseable de dicho malhadado signo y esto también se da en Ideologies of Hispanism (la formulación de “antihispanismo,” a diferencia de “anti-americanismo,” o anti-semitismo, no está tipificada en las catalogaciones estándar de archivos y bibliotecas estadounidenses para la fecha en que escribimos este artículo). Al aire de una pobre verbalización a pie de calle, insistamos: la desconexión entre los números crecientes de estas poblaciones “hispanas” y la supuesta mediación de eso de “hispanismo” (o departamentos de español dentro de estructuras universitarias) es enorme en estos años posteriores a la guerra fría. Lo que repercute en una crisis aguda de esencia de “ser,” y de mala estancia, que también se extiende y “contamina” la supuesta significación deseable de signos como “educación,” para no hablar de “cultura” (aviso que voy a servirme del entrecomillado para encender la luz roja de alarma, entre otras cosas, y marcar el desgaste, o desdibujamiento, de significación deseable de dichos signos, que sea tal vez ya irreversible). Es como si hubiéramos tenido en la boca la misma goma de mascar en los últimos veinte o treinta años y estuvieran “los labios de chupar cansados” que diría el poeta delicado, este lenguaje convencional de “identidad minoritaria,” con respecto a un ciudadano estadounidense más o menos convencional, que parece no ir a ninguna parte excepto a una escurrida legitimización de la “diversidad” de saberes dóciles para con lo establecido (la extranjería es una “minoría” tolerada y tolerable en la medida en que no se atreva a cuestionar los malos arreglos de la “diversidad (hispana)” con respecto a un desasosegante espectro de mismidad, o indiferencia social). Algo de este desdibujamiento de procesos de significación afecta de manera directa, y ciertamente desestabiliza, eso de “lo hispano” dentro de los establecimientos estadounidenses ya en la segunda decena de este siglo desconcertante. Creo que no me equivoco si indico que estamos todos residiendo en un “no-lugar” distópico que tiende con toda naturalidad a reprimir todas las mejores muestras de infelicidad de coincidencia entre vida y vida intelectual, práctica y circunstancia, para no ponernos ahora a imaginar lo que podría constituir la apertura hacia la sobrecogedora sorpresa de la felicidad (intelectual) en relación a la circunstancia citada. Estas páginas generadas con o sin sustento institucional querrían articular un descontento inteligente en los aledaños, al menos de momento, del signo oscuro y lábil, eso de “hispanismo,” una más entre las parcelas de estudios de área extranjera, a caballo entre demarcaciones nacionales y foráneas, que se nos presenta al gusto curioso con un sabor agridulce, y al oído atento con un allegro ma non troppo. Y no causa extrañeza que la apología de la fragilidad de eso de “hispanismo,” o peor aún, una “hispanidad”, con más plumas, o ya desplumada, pertenezcan al saber de los muertos que no se nos aparecen a las escasas luces de esta vida itinerante. Otras “literaturas menores” –todas excepto eso mayúsculo de “inglés”— se han caído de la parra de la viña hace ya mucho tiempo, si es que alguna vez estuvieran ahí disponibles al hambre pícara de las masas. Y eso letrado de “hispano” o “latino” entre medias de otros signos mayúsculos como los de “Europa” y “América” está luchando por la supervivencia, por mucho que se acuda a algunas estadísticas amables que nos constatan un crecimiento en bruto del número de estudiantes de “español” a niveles elementales dentro de regímenes institucionales de enseñanza de los idiomas extranjeros, las graciosas meninas de la última crisis de la política exterior norteamericana. Aquí, eso de “español” está mal ubicado dentro de la taxonomía de países mayores con decisorio poder geopolítico y los menores con su fluctuante valor empresarial, interés turístico, ayer imperiales, con o sin todas sus glorias literarias, boutiques, tanatorios, parques de entretenimiento “cultural” kitsch, museos, playas, elaborados productos gastronómicos, “realismo mágico” poblado por las chicas camp y cutres del montón almodovarianas. ¿Y por qué tienen los estadounidenses de las generaciones últimas que mantener unas relaciones fieles a eso de “español” (lo de “castellano,” término cuidadoso en la península ibérica, no es moneda corriente fuera de ella), cuando la crisis internacional está colgada de conflictos mayores en otros lugares “exóticos”? ¿O acaso siguen estos estudiantes la presunta presión social creciente constatable en el ya citado Statistical Abstracts of the United States? ¿Y por qué van a exhibir las nuevas generaciones, “hispanas” o no, unas maneras distintas de las anteriores? ¿Pero qué se puede aprender de valor de unos países “menores” sin un poder de influencia geopolítico? ¿Por qué ir a las texturas diacrónicas de esas historias? ¿Para qué? ¿No es cierto que eso de “español” académico es, en su inmensa mayoría, la práctica burocrático-letrada propia de unas “minorías” o “extranjerías” constituyentes de un sector pequeño-burgués migrante, con un asentamiento accidentado e irregular en malhadados departamentos de lenguas, literaturas y culturas “extranjeras” en el corazón institucional del “imperio”? ¿No son éstas las labores propias de  las mujeres, las “minorías” sociales propias o los impropios extranjeros que se han acabado colando por las cuatro rendijas descuidadas porque los nativos del lugar no saben, ni pueden ni quieren?

Las sustituciones de “hispanismo” por “estudios hispánicos” o por “estudios culturales” no arreglan en lo substancial, creo yo, el desarreglo de una crisis de identidad del signo deseable, al menos en el uso convencional del anglicismo dentro del marco de desastre general de la “Armada” de las “humanidades extranjeras” (entiéndase lo de “humanidades extranjeras” con una cierta distancia irónica, pintados con brocha gorda, “a lo macho” que diría el gran pintor, al menos en relación a una nomenclatura paralela o “negativa” como la de “no-en-inglés” con su corazón situado en los territorios anglo-norteamericanos bañados por el Atlántico Norte). ¿Hay por ahí alguien que se atreva a abandonar la rúbrica de “español,” o los “estudios hispánicos” por “latinoamericanismo” o “estudios latinoamericanos”? ¿O “latinidad”? ¿O “chicanismo”? ¿Pintamos la misma casa de distinto color, se cambian los collares a los mismos animales domésticos que se quedan en los mismos espacios asignados a ellos? ¿Pintamos de carmín los labios de la mona, la vestimos de sedas? A la sombra de ciprés alargada de la imposibilidad aparente de cualquier tipo de historia apologética, las “hispánicas,” si es que se nos permite rescatar este arcaísmo del baúl de los recuerdos, suelen caer las más de las veces –al menos por profesión de pecado en palabra, obra, u omisión– en el pozo ciego de las áreas de estudio de importancia relativa tal y como nos las solemos encontrar parceladas por el supremacismo estadounidense (hay por supuesto otras variedades escondidas bajo este tremendo paraguas nacional-federal, pero me interesa aquí ahora enfatizar la generalidad de esta convencionalidad de todos los días). Es así que hemos aludido anteriormente a las crisis y las cosquillas de la quisquillosa gran dama de la política exterior norteamericana con respecto a la visibilidad del mundo ancho y ajeno. En lo que respecta a los territorios universitarios-institucionales más reducidos, lo de “español” va de lengua extranjera con una finalidad eminentemente pragmática, o anti-intelectual, algo así como un calzador que nos ayude a ponernos unos zapatos, o el sacacorchos que nos hable la botella de cerveza importada, y siempre que no nos incordie con el cuestionamiento impertinente de la esencia de nuestras relaciones metafísicas con el Ser y la Nada. Esto es lo insoportable: la mera insinuación del rearme intelectual en el vecindario de eso de “español,” articulado en una lengua u otra. Y lo importante aquí es, al menos para algunos, no plegarse enteramente a una recomendación de funcionalidad “pragmática” inmediata de eso de “español” propiciada por los designios coyunturales por parte de cierta horma hegemónica, burocrática, mercantil, incluso imperial, que es fácil de percibir en fechas recientes. Los “estudios hispánicos,” son versión presuntamente moderada que existe virtualmente por esos mundos, algo ligero, “neutral,” o light, o pop, más kitsch y camp, más naif que trágico-clásico, más “cultura” de pisos bajos que goces de altura de los menos a propósito de productos de pensamiento y/o sensibilidad elaborados. Los estudios hispánicos son, en el mejor de los casos, y no creemos equivocarnos, un ornamentalismo con un cierto grado diferencial, u orientalismo matizado, raramente malsonante, ni estridente, ni contestatario, y mucho menos punk, más unas buenas maneras aprendidas de raza “minoritaria” y “exótica” doméstica sin llegar, casi nunca, a las uvas de la zorra descontenta, ni a ninguna pretensión de altura o prestigio, ni a ningún tipo de “cultismo,” nada de “culteranismo,” aprendida modestia y excesiva buena educación siempre cercana a las bajuras culturales, y los costumbrismos “sub-culturales,” con las alpargatas de andar por casa, sin llegar tampoco a tonos malsonantes y presencias malolientes de basura europea (lo que en inglés se llama “Euro-trash”). Me atrevo a decir que en la mayoría de los casos dichas hispánicas, con o sin comillas, constituyen un “desperdicio” universitario, raramente reconocido de manera explícita por sus gerentes (para eso de “desperdicio,” Scanlan ha sido una referencia inicial). Habrá que pensar con toda cuidado esta atribución despectiva de la “inutilidad” que viola el sancrosanto templo del “pragmatismo,” imputación que se suele quedar colgando con toda la naturalidad del mundo de los quehaceres intelectuales propios de los sectores sociales más frágiles en cuanto se tornen un tanto díscolos. Con o sin rima interna: no nos quedemos en el literalismo de eso de hispanismo, sobre todo en el contexto de la suprema eminencia gris de la convencionalidad estadounidense, y su poco aprecio con respecto al hispanismo, o como quiera llamársele. Lo importante es, se nos antoja, insertarlo en la matriz valorativa del aparato ideológico oficial de la constitución de “lo estatal,” o “lo dado,” tal vez de la mano althusseriana. No hay que quedarse dócil aquí, claro, sino intentar atisbar el (im-)posible remonte de unos contra-valores.

En esencia, el hispanismo “es” criatura histórica y social de este bipartidismo estadounidense: o cosa poco digna de aprecio, “desperdicio,” o eminente función decorativa, “ornamentalismo” vinculable al sector servicio de la casa de los saberes “humaníticos” o “liberales,” tal y como nos la podemos encontrar gracias a la gran narrativa ubicua o subyacente del “Occidente liberal” capitaneado por la oficialidad estadounidense al menos desde la segunda mitad del siglo pasado (dos ejemplos entre otros, Schlesinger y Huntington)[i]. Más allá de un pensamiento esencialista: el hispanismo “está” en una situación histórica y social de “malestar” entre medias de este servilismo “humanístico” de malhadado nombre y de una zarandeada “liberalidad” de los estudios “liberales,” ya en este primer decenio del nuevo siglo violento, con una especial virulencia para “nosotros en los Estados Unidos,” aun cuando sea por omisión cómplice, con esta gran estructura narrativa del Occidente liberal antes mencionada. Lo grave no es “estar” en esta (mala) estancia, cosa no opcional en un sentido real, y a veces, por supuesto, se puede uno desesperar de la marcha de paso glacial de estas gigantomaquias que se ríen de todos nuestros mejores deseos de cambio radical. Lo grave es pasar toda una vida (académica) sin haber dejado constancia de esta circunstancia (no-)profesional inmediata, en formato macro o micro, en la venta al por el menor en la localidad vivencial y profesional más inmediata, siquiera para la curiosidad de las generaciones venideras. Andar a las calladas no nos va a sacar del atolladero. Un decir cuidadoso dirá que “lo hispánico” no ha constituido prioridad de “lo estatal” o “lo dado” en el contexto estadounidense y posiblemente no lo constituirá en un futuro próximo. En esta condición de “negatividad” con toda la normalidad del mundo (post-)moderno, flota eso de “cultura” con “c” minúscula, y radicalmente en plural, con la demagogia de “popular,” o el hacer de los muchos, como tinglado de luces de colores, como boya, como pelele, como anzuelo, como señuelo, como dios pálido y menor, último y arrinconado en este mercado de las ideas “humanísticas” (la subyacente “civilización” se da por algo dado y obvio). ¿Mercadillo de frutas? ¿Baratillo? ¿Bisutería? ¿Valle de lágrimas? ¿O desdramatizamos todos, y lo tiramos todo al reino de la banalidad?

Eso de “cultura” parece actuar como vector de convergencia a la baja de todos los grandes relatos o sistema de creencias de otros tiempos y lugares que no nos atrevemos a imaginar con una cierta morosidad, o con ganas. ¿Y cómo, y por qué, y para qué, desviarse de la retórica oficial y de los paisajes convencionales de la primera nación del mundo? ¿Y quién se atreve a mantener una disidencia sostenida? ¿En qué dimensión social se apoyaría esta empresa? ¿Y en qué posadas descansar, en qué puertos abarloar los restos de todos los naufragios en caso de que se produzcan? Pero estas son cuestiones mayores que, a buen seguro, nos acompañarán por un buen puñado de días con sus noches inquietas. Mientras tanto, parece que nos tenemos todos que postrarnos  ante la ubicuidad de “cultura” –siempre en plural politeístico, como si todo monismo nos diera miedo– con toda la devoción mercantil de los sepulcros blanqueados: el cliente siempre tiene la razón y si no hay nada más que decir. ¿Pero no es la pedagogía de eso de “español” en esencia un intento menguado por paliar un analfabetismo (“literacy” en inglés) de la lengua “extranjera”? ¿No es “literatura” o “ficción,” o “letras,” o artes “liberales,” ahora el hombre (o mujer) invisible de signo deseable? ¿Y no es “cultura” una deliberada no-especifidad supuestamente ecuménica de modalidades o prácticas, pero siempre que se dejen subyugar a lo dado más amplio, pensemos en la formulación de la “tolerancia represiva” de Marcuse y en las iglesias supuestamente carentes de toda denominación (de origen, lo que en inglés se llama “non-denominational or inter-faith” [practice])? La normalidad de la ausencia de “contra-cultura” y de “incultura” es reveladora. De lo que se trata es de que no haya poda, sino profusión de vegetación “cultural.” “Cultura” se acerca entonces a este desdibujamiento significativo de toda insistente creencia, sea la que se sea, en la medida en que no desarregle lo dado de una manera significativa (las podas y las destrucciones se camuflan de todo lo contrario). El signo de “cultura” es entonces arcángel de este reino de la permanente indefinición en esta tierra global, la tolerancia represiva de diferencias siempre que no sean excesivamente,  sostenidas y “radicales,” la apisionadora de todo lo que pueda ser malestar permanente, interrupción, angulación excesiva, silenciamiento. “Cultura” se yergue fláccida como profusión de diferencias, o suma indiferencia, entre lo eufemístico y lo no-controvertido de una teoría, práctica, esencia, estancia, historia, mundo, o lo que sea signficativo[ii]. Tendrá uno que sacar fuerzas de flaqueza para tirar del carro literario-cultural, o letrado-burocrático, hacia delante, especialmente en los espacios “hispanos” mínimos y rotos (el chilenismo de “roto” añadirá ciertas connotaciones pertinentes). Los hispano-hablantes que yo conozco, y algunos conozco, no suelen llamarse “hispanistas” con una sonrisa convincente en los labios. Y los latinoamericanistas que conozco, y algunos conozco, y que me gustan, y algunos me gustan, tampoco se suelen llamar “latinoamericanistas” a palo seco salvo en ciertos contextos muy puntuales (el intercambio de etiquetas lo dejo de momento con la sal en el salero). Cuando uno menciona que uno estudia eso de “español” en la calle estadounidense, lo más normal es que lo golpee el silencio de la incomprehensión (“hispanismo” no es inglés norteamericano idiomático, ni “latinoamericanismo,” ni “chicanismo” tampoco). En el inglés idiomático o el de la calle, eso de “hispanismo” suena a neologismo que no se identifica ni siquiera con una hispanización lingüística puntual (cosa que a la inversa, y más común, se llama “Spanglish”), que normalmente hay que entender como mexicanización (al menos en un autor hostil como es el ya mencionado Huntington). Es como si eso de “hispanismo” fuera una impertinencia que no cupiera en las tierras donde vuela el águila calva, como si la mera mención fuera inapropriada o incluso impertinente o inaceptable (“Un-American” sintetiza estos tres adjetivos). Algo de esta reticencia para con la persona non grata del hispanismo me parece a mí pertinente porque colocarse este tipo de bisutería verbal en el ojal de la guayabera implica –aunque tal vez no siempre—una docilidad espantosa, y dolorosa, con respecto a los parcelamientos de los estudios de área del mundo que incluye a los EEUU (mundo o importancia o realidad o significación, u ordenación de espacios y tiempos diacrónico-sincrónico o histórico-social: esta serie sustantiva insiste en una sinonimia, al menos en estas páginas). Es así que eso de hispanismo se constituye grosso modo con la pertinencia de la impertinencia y con la propiedad de lo inapropiado en tierras anglo-americanas, aun con el flujo migratorio fuerte, desordenador de patrones anteriores, de principios del nuevo siglo. Si imaginamos la totalidad de la colección de saberes universitarios, las “letras hispánicas” ocupan un espacio exiguo, llamémoslo tal vez un no-lugar utópico de importancia añadida, complementaria, decorativa, de función servicial, tal vez servil, e incluso de desecho de las grandes narrativas totalizadoras, digamos la del “Occidente liberal,” al menos según los seductores cantos de sirenas de la historia oficial en la circunstancia inmediata que nos concierne aquí[iii]. En un panorama de deseo negativo con respecto al objeto de amor oscuro de “hispanismo,” sobre todo en el “o.k. corral” de eso de “español” en los EEUU en el XXI, Casandra, c’est moi. ¿Qué le vamos a hacer? La antología de artículos Ideologies of Hispanism se nos antoja indicio vehemente de todo esto. ¿Pero resulta ya del todo imposible repensar la utopía del rescate de la vida intelectual de pasado y de futuro de eso de “hispanismo”? ¿O se salvará esto, si es que salva, por vías no-, para o incluso anti-institucionales, o incluso a- o anti-intelectuales? Algunos habrá que se rían para sus adentros de este lenguaje ampuloso y “juvenil,” “fuera de lugar” de todas las buenas maneras profesionales que pronto aprenden a no soltarse los pocos pelos de la magnífica e indisimulada calva en audiencia pública. Alguno querrá que le dejen ya en paz, lejos de los focos publicitarios, en la anonimia de los destartalados contextos pedagógicos de niveles bajos de instrucción elemental allí donde chapotean las nuevas generaciones en las aguas sucias de la a-gramaticalidad bilingue. Una pregunta inquietante: ¿es esto de vida intelectual una tontería, una ridiculez ya insoportable en este contexto tibio, sino hostil, en donde ya tal vez no surge eso de “hispanismo”? Lo pregunto, porque está muy claro que el estudio de “las letras” se encuentra en la actualidad des-socializado con respecto a la inmensa mayoría de la población (universitaria) estadounidense, y burocratizado, y con una cotización a la baja, de una manera más que preocupante. En consecuencia, el hispanismo, entre otras variedades culturales, no llega, hoy por hoy, ni a atreverse a rasgar la tela primera de primer encuentro no-amoroso con la ortodoxia oficialista que lo condena al ángulo oscuro de las bienamadas márgenes de la importancia internacional (la importancia doméstica más acostumbrada ya hemos comentado que es pura y represivamente de índole “práctica, o inmediata, o funcional, o inconsciente, radicalmente no-formativa de una elusiva noción de “formación universitaria,” como el calzador lo es a los zapatos). Yo, al menos, no veo a los sectores “hispanistas” capaces de disidencias sostenidas con respecto a marcos de inteligibilidad mayores que excedan el parcelamiento acostumbrado de sus territorios de cobertura directa, digamos América Latina, península ibérica y los latinos en los EEUU, y llevo ya los prismáticos puestos más de una decena de años. Querría pensar que me estoy equivocando y que no he perdido la esperanza de que algún indicio vehemente de inspiración disidente, que se salga airosamente de la “madre” académica e institucional con respecto a las naciones “menores” convencionalmente asignados por fuerzas mayores y normalmente no-hispano-hablantes, pueda darse en los próximos diez. Cualquier tiempo pasado no fue mejor. No tengo ningún tipo de nostalgias, ni tampoco de ilusiones con el tiempo presente y no creo que me llegue a colgar de las ínfulas oficialistas de que todo va camino del progreso dentro y fuera de los ámbitos universitarios “humanísticos” (los entrecomillados anuncian en ciertos casos, como éste, las campanadas a muerto de un uso idiomático en el inglés norteamericano estándar). ¿Desfallecerá Casandra, o seguirá con vida en estos momentos históricos de encogimiento de la holgura de la vida intelectual dentro de la vida colectiva o mayor que se quiera atrever a imaginar una serie de razones históricas? No lo sé, pero al menos estoy diciendo que no lo sé y que no hay otra, al menos para mí de momento, que la de dejar constancia de lo que (no) tenemos: la frase bíblica del perro y el vómito se aplica en este caso a mí en los aledaños de Ideologies of Hispanism (desdramaticemos: piénsese en el perro parlante en la película A Boy and His Dog (1974) de LQ Jones en un contexto de ciencia ficción de unas supervivencias de tono vitalista en un futuro post-apocalíptico). Darse cuenta, y dejar constancia de estas cuentas y tensiones internas es importante. Y confiemos que los amuletos nos espanten la venida de todos los fantasmas anunciadores de la flaqueza de fuerzas. De momento, busco, no me queda otra, una cierta complicidad con el lector que quiera recibir cuidadosamente este descontento no-disimulado en relación a un mundo profesional burocratizado que reprime insistentemente el acrecentamiento de cualquier tipo de descontento sostenido, aupado o no en una inteligencia humanística, con o sin el colgajo, sambenito, o rosario de la aurora, de “hispanismo.” Pruebe el lector a decir eso de “descontento intelectual” en inglés o en español en vivo y en directo, con y sin traducción simultánea en un foro público y que nos cuente cómo se recibió eso. Enuncio, y denuncio, un fuerte retraimiento del impulso axiológico o evaluativo de los cómos, porqués y paraqués de eso de “hispanismo,” cómplice en definitiva con el status quo, o lo distópico de “lo dado.” Y los testigos rientes y desdentados anteriormente mencionados se preguntarán: ¿y quién eres tú para enunciar y denunciar qué? Los mecanismos defensivos pondrán en marcha todo lo que sea silenciar, minimizar, ridiculizar y ningunear. Y sin embargo, no hay ningún tipo de complacencia, tampoco en Ideologies of Hispanism, lo cual nos parece saludable. Pero este malestar no se deja acompañar de un concienzudo esfuerzo por una contextualización drástica de algunas de las problemáticas más acuciantes a corto y medio plazo. Este lector, que quisiera llamarse crítico, tiene una sensación de parroquianos un tanto quejosos en la ermita que no se pone en relación a las estructuras de valor, creencia, historia, etc., de la iglesia trans-cultural oficial más abarcadora y desde luego no-hispanizante en un contexto abarcador creciente (nacional-federal estadounidense de fuerte proyección e influencia internacionales; es así que no dudamos en colocar el adjetivo de imperial). En Ideologies of Hispanism, no hay dientes que muerdan con fuerza las articulaciones sobresalientes de la circunstancia estadounidense inmediata, ni en líneas generales las posibles intersecciones con grandes “excentricidades” con otro tipo de estudios no-, para- o incluso anti-hispánicos más influyentes (liberales o humanísticos como “anglicismo,” “galicismo,” “germanismo,” etc., y tampoco se incluyen dimensiones no-humanísticas no-institucionales). La misma fragilidad de los departamentos de español en los EEUU (todos los articulistas están aquí inscritos), no parece permitir este tipo de piruetas y saltos en el vacío. Y todo se guisa y se come en casa. La institucionalización del “hispanismo” propicia por lo tanto un cierto comedimiento “funcional” también, o especialmente, por escrito. Persigo, con riesgos ciertos, una enunciación de un sostenido descontento que no desfallezca, aun cuando no se divise una línea de fuga de felicidad que nos pueda sacar a corto o medio plazo de la crisis de menguado deseo del signo de “hispanismo.” Me gusta todavía emplear la formulación de “agonías de historicidad” para aludir a esta cerrazón de horizontes mentales que no encuentra asidero ante la celeridad y evanescencia de nuestro presente (eterno) que no tiene tiempo, ni ganas, para otra cosa que no sean las premuras contingentes del día de mañana. Esta es una mea culpa de incapacidad imaginativa que creo que nos está apresando a todos. Quisiera que estas páginas pudieran potenciar, en la medida de lo posible, el deseo de reconstrucción de amplios marcos diacrónicos de aquello deseable que la “cosa hispánica” no ha sido, no es y tal vez no será nunca. Quisiera también por supuesto paliar algunos de los miedos, apatías, ignorancias deliberadas y cínicas inscritas en los  espacios aledaños no-, para-, anti-hispánicos. Lanzamos una sugerencia inicial: ¿y si la fuerza de eso de “hispanismo” pudiese venir precisamente de la mano de la destrucción del signo de “hispanismo” junto con otras parcelaciones que pudiera haber por su vecindario inmediato? ¿Destrucción o amor, que dijimos anteriormente? El saber del “hispanismo” se constituye de momento en condición “eterna” de infelicidad o desarreglo con su circunstancia inmediata (lo mismo ocurre con “latinoamericanismo,” aun cuando no esté incluido en el título del libro que nos concierne, pero sí de manera irregular en algunas de las secciones y capítulos de éste; las referencias a la “latinidad” estadounidense sólo aparece oblicuamente, “chicanismo” brilla por su ausencia). Esta infelicidad con respecto al pasado y presente de unas prácticas de conocimiento letrado-literario queda bien claro en Ideologies of Hispanism. Arrimamos con cierta morosidad esta ascua de sardina al amor de la lumbre escueta en las páginas siguientes.

Los pelos de los catorce magníficos y los paños calientes del barbero.

Pero vayamos en detalle a Ideologies of Hispanism de reciente factura. La coordinación corre a cargo de Mabel Moraña (University of Washington, Saint Louis), nombre, de entrada, un tanto sorprendente por estos predios, en cuanto que se nos antoja representante convencional, digno, de cierto latinoamericanismo “españolista” migrante y asentado profesionalmente en los EEUU, también cariacontecido, incluso beligerante, con eso de “hispanismo” entendido este término de una manera chata y plana como “peninsularismo,” aun cuando otros autores incluidos en esta colección (no) quieran o (no) puedan sugerir otras posibilidades. Confiamos que estas páginas saquen algo de estas tensiones a la luz del día, porque algunas de estas tensiones forman el ser que somos, al menos de momento, en una circunstancia convencional, inmediata, la estadounidense que, si no nos equivocamos, también se puede calificar de cariacontecida y beligerante para con las tendencias extranjerizantes de las malhadadas “humanidades.”

Tres aclaraciones iniciales: lo de “españolista” hay que entenderlo con referencia a la lengua en que está escrito este artículo, normalmente en función de un monolinguismo de la “lengua extranjera,” o “sólo (en) español” [o “Spanish-only”] que es la práctica habitual de dicha coordinadora, que, sin atacarlo por supuesto, hay que reconocer que hace muy poca mella en el contexto diglósico fuerte, de “sólo en inglés” [or “English-only”] en que nos desenvolvemos (y está claro que dicha constatación afecta también a estas páginas). Y la poca amabilidad, lo de cariacontecido o beligerante, hay que entenderlo con respecto a eso de “ideología:” ¿pues no es “ideología” lo que hacen los distintos, los otros del sujeto de enunciación que nunca se pone a sí mismo/a en ella de una manera explícita? ¿No es “ideología,” ilusión de la realidad de ayer que hoy ya no circula? ¿Para quién se prepara este ejemplar en la lengua dominante, que no es la dominante de nuestra coordinadora, sobre estos temas con una simultánea –y me atrevo a decir– incongruente toma de posición “cornejopolarista” de lamento sentido por los niveles desiguales de importancia de modelos, lenguas, contextos, disciplinas, etc.? ¿De quién es el inglés que leemos en la introducción de este volumen, la segunda antología en la lengua “imperial” de nuestra coordinadora preparada para la misma colección de “Hispanic Issues,” que no suele escribir en el idioma primero de este país? No creemos que dicha coordinadora abrace el objeto de estudio “hispánico” en ningún momento, ni de que se califique de “hispanista” ni de “hispánica,” ni siquiera en charla informal descuidada con algún decano monolingüe en la lengua de Ideologies of Hispanism y poco dado a diferenciaciones cuidadosas con los quehaceres literarios/letrados de los no-nativos del país. Más bien, todo lo contrario: nos atrevemos a decir que Ideologies of Hispanism constituye, en líneas generales, un vaciamiento del deseo de proyección de futuro de eso –minoritario, oscuro, lábil—mal llamado “hispanismo,” y un fuerte extrañamiento, o incluso alienación, del contexto estadounidense de principios del XXl.

Aclaramos también que no se trata por supuesto tampoco de fetichizar una reificación de esta u otra lengua, pero sí de hacer constar una carencia histórica propia de cierto latinoamericanismo convencional en tanto que producto intelectual o académico de asentamiento migrante de práctica habitual, o única en algunos casos, monolingüe en español con escasas gracias bilingües en contextos académicos más o menos formales (cierto hispanismo convencional participa de este poco glorioso monolingüismo de “lengua extranjera” de facto o de iure de escaso radio social). Pero sigamos, porque esta convencionalidad “latinoamericanista” se suele presentar como abogada defensora de una especificidad continental “latinoamericana allá” disidente con respecto de unos marcos de inteligibilidad de “aquí,” y normalmente acompañada de un subyacente poso identitario-esencialista, o esencialismo estratégico según la coyuntura inmediata, muchas veces como salida única, o “fuga” de unos “Estados Unidos” que no se conocen, y a menudo cortante y bronco con eso grueso y grosero in toto de “España,” nacionalidad de brocha gruesa y de algunas maneras groseras, no cabe duda, que merece, claro, sus varapalos, pero también algunos parabienes como todas las demás. Que hay viajes y forzamientos de modelos explicativos que circulan de manera desigual por ciertos contextos, ¿quién lo duda? Que alguien se presente de una manera predecible y casi siempre a la disidente, defensiva a sí misma como representante legítima de cierta singularidad “cultural” de dimensiones continentales, no es convincente y esto caracteriza una cierta convencionalidad de cierto “humanismo” literario-letrado “extranjero,” y raramente extrajerizante, y últimamente “culturalista” que queremos, de momento, poner encima de la mesa del diálogo. Estos “malos” modos trivializan una cierta sensibilidad para con el perspectivismo que siempre funciona de una manera plural, y que hay que cortar, sobre todo con las mayúsculas ignorancias (mal-)intencionadas “imperiales” cuidadosamente, como se cortan las capas de la cebolla, con mucho cuidado para que no nos haga llorar, al menos en público. El perspectivismo, por cierto, arrincona todo monopolio de legitimidad aupado en los supuestos de “singularidad” o “especificidad” al tener en cuenta que estos dos últimos singulares siempre surgen dentro de redes de relaciones (todo llamado al respecto de la “especificidad,” así en singular, normalmente con el implícito imperativo de respeto para con una dimensionalidad continental y casi mayestática, nos recuerda, al menos a ratos, la definición del fenómeno lingüístico conocido como caso único, no rastreable filológicamente o “hapax,” y a otros ratos nos recuerda la demagogia de diaspóricos que sólo se pueden ubicar en una doble negativa: ni “aquí” ni “allí,” sino entre “medias” y de ahí no saldrán, porque no quieren o no pueden. Un entendimiento de realidad como  multi-relacionalidad, que es lo que implica una cierta práctica consistente del perspectivismo, explicitado en expresiones como “desde América Latina” o “desde la China,” no puede priorizar un llamado a la última instancia de una especificidad, sea la que sea, salvo que seguidamente se explicite una matriz hermenéutica en donde se asiente y otras con las que pueda llegar a dialogar. Aun así y todo, estamos en el “juego” combinatorio, casi siempre incompleteo o “cubista” del multi-perspectivismo con todas sus tensiones contingentes (“juego” o “lucha” en mi prosa no tiene ningún peso trivializador, todo lo contrario). Esto viene a cuento de ciertas maniobras identitario-esencialistas que se pueden presenciar por ahí fuera y que son, en esencia, una  trivialización del perspectivismo, normalmente, la única posibilidad de expresividad “humanística” de sujeto extranjero migrante con un interés profesional en la manufactura de esa constructo extranjero y el posible funcionamiento en otros contextos, por ejemplo en la ciudad postindustrial “de los muertos vivientes” de George Romero, o la natal de Andy Warhol, empresario del pop, o en la ciudad natal del autor de The Wasteland, por mencionar dos. Que nadie se asuste: no se trata, por supuesto, de zaherir, unas extranjerías mal adaptadas a la esencia de identidad nacional (estadounidense), por usar este lenguaje convencional de brocha gruesa, que ya bastante tienen con intentar “salvarse a sí mismas,” pero sí de intentar entender toda una serie de tensiones propias de un esencialismo (estratégico o no), propias de ciertas generaciones “trasterradas” con todas sus limitaciones (debe quedar claro que para nosotros no es peyorativo en absoluto hablar de mala adaptación, todo lo contrario).

Ideologies of Hispanism es por lo tanto producto académico e intelectual propio de una mala adaptación del “hispanismo,” y también del “latinoamericanismo” aun cuando esté “desaparecido” del título, con todas sus ideologías o intereses, dentro de la circunstancia inmediata o estadounidense, y, en estos territorios liliputienses el contingente extranjero de “nuevos americanos” constituye una mayoritaria parlamentaria (de ahí que no sea raro que algunos de los recelos de los nativos del lugar mayor en estas u otras ubicaciones disciplinarias se coloreen a menudo con tintes xenófobos o incluso racistas). Pero hay otro aspecto preocupante en este volumen, que es el vaciamiento sistemático de la realidad circunstancial inmediata que nunca llega a explicitarse como realidad intelectual en un sentido creciente, expansivo, incluso todo-abarcador. La tendencia profesional/izante es introspectiva, de “puertas (académicas) para adentro.” Hay aquí una cierta falta de aire fresco, de poca luz a través de las rendijas profesionales, de encogimiento de la holgura, incluso de angustia, de progresivo retraimiento de visiones diacrónicas de inspiración generosa, hay por lo tanto un cierto aire mustio e incluso de espacios reducidos, de celdas no amorosas. Parece que hay poca mercancía “hispánica” de valor de uso e intercambio en este contexto institucional  estadounidense, que es donde están asentados todos los participantes. Claro, que cada uno aquí baila el baile de las “humanidades extranjeras” como pueda, quiera, o le dejen, con música “nativa,” o “exótica,” salsa o pop, porque las cosas están muy complicadas, ahora que silban aires desapacibles, de rebajas.

Hay una función representativa implícita de ciertas heterogeneidades extranjeras, a la manera de cónsul en tierras imperiales: uno “va” de su nacionalidad extranjera en la medida en la que ésta es interpelada directamente por el imperio, e importa en los marcos interpretativos de zonas-de-área-del-mundo más abarcadores, si es que importa, en la medida en que estas heterogeneidades se plieguen, con o sin sonrisas sugerentes en los labios, al mantenimiento del status quo, o se ajusten al “arreglo” de la “crisis” por parte de las fuerzas mayores con sus (des-) ordenamientos de mundo “imperiales” Y está claro que hay contadas posibilidades de circulación e intercambio de unas nacionalidades “menores” a otras. Uno “va” profesionalmente de lo que uno “es” y uno “es” ese ejercicio profesional, y no otro, y esta “ontología represiva” constituye un muy, mucho de Ideologies of Hispanism. La situación es tal que la profesionalización de eso de hispanismo y latinoamericanismo, pero también del tercer término “desaparecido,” latinidad, lanzada a la sopa de las naciones (des-)unidas, poco o mal navega dentro de la matriz nacional-federal de los EEUU (una nacionalidad no podrá ser “experta” de otras y viceversa, salvo como excepción a esta normatividad explicitada dentro de la circunstancia estadounidense que se “vacía” de contenido, se lanza como bien sumo al mundo y se universaliza). No parece aventurado avanzar una situación actual de contención social, negligencia y castigo, y de debilitamiento de la profesión de este conocimiento universitario-académico “hispánico,” al cierto margen de ángulo oscuro de la institucionalización de las “lenguas modernas,” con o sin ciertas maniobras burocráticas de recorte de presupuestos, de abaratamiento de servicios mínimos, de rebajas, o incluso de liquidación, social final o “desprofesionalización.” Se contarán así con los dedos de una mano los “americanos de reciente estadía” que se atrevan a proporcionar una visión ambiciosa interdisciplinar, y mucho menos que quieran, y que digan que quieran, desordenar, y que lleguen a desordenar las grandes narrativas oficiales de sentido desigual del mundo ancho y ajeno. Aun con sus descontentos, Ideologies of Hispanism desordena poco o nada marcos amplios, y aquí nos vemos en la obligación de alimentar estos descontentos siempre con los cinco sentidos puestos en las carencias de los marcos de inteligibilidad más amplios. De lo que se trata es de ver cómo esta circunstancia inmediata represiva permite ciertas posibilidades de expresividad de cuestionamiento mayor de alguna de estas grandes matrices de inteligibilidad, sean éstas conscientes o no, y de cómo reprime otras muchas. Es decir, uno tiene que habérselas, lo quiera o no, con una sonrisa gioccondesca en los labios latinos o no, con el formato de estudio de áreas del mundo tal y como nos lo depara el ordenamiento geopolítico de política exterior estadounidense, “deshumanizado” de una manera inapelable, siquiera en relación a unas humanidades extranjeras, y raramente extranjerizantes siempre frágiles. A la contra: se trata de alimentar esta fragilidad, incluso de la “locura” de hermosearla, con aquellas mercancías volanderas que el viento burlón pueda traer a nuestro regazo. En este caso, la labor de coordinación de Moraña.

Ideologies of Hispanism repite que lo de “peninsularismo” se suele entender como conocimiento “humanístico” acerca de la península ibérica, muy concretamente con la dimensión nacional/ista de “España.” No creemos que nuestra amable coordinadora sienta mucha  debilidad por eso de “España.” Todos sabemos que hay un cierto manierismo latinoamericanista diferencial, disidente “anti-españolista,” que es prólogo, poso de vaso, o chiste convencional, que gusta de arrinconar a nuestros primos hermanos “gallegos.” El que subscribe esto confiesa que también lo practica, a la manera buñuelesca que no rinde pleitesía a ninguna otra modalidad nacional/ista tomada como modelo trans-nacional. ¿Y a quién le gusta presenciar las intervenciones nacionales estatales “de difusión cultural” en otras tierras nacionales, las “españolas” en los EEUU, o las de EEUU en donde sea? Pero hay que adornar el árbol de la navidad nacional con otras bolas de colores (campos de conocimiento o dedicación y supuesta especialización, profesión, institución, procedencia, lengua, raza, clase social, sexo, etc.). Uno se puede preguntar qué interés puede tener una compañía como Coca-Cola en patrocinar el King Juan Carlos I of Spain Center en New York University, sólo por poner un ejemplo. ¿Nos alborozamos de todo esto, o llenamos de graffiti las paredes y los cristales institucionales? ¿Hay grandes posibilidades de maniobra para la crítica a las ideologías o intereses del hispanismo, del latinoamericanismo,o del parcelamiento más o menos grácilmente tipificado o disciplinar que sea? Ideologies of Hispanism presenta un panorama más bien sombrío y circunspecto. Y no es para menos.

El tema de la toma de espacios por parte de cierto latinoamericanismo a expensas de cierto peninsularismo y ciertos extrañamientos de ambos con respecto a lo “latino-estadounidense” es ciertamente delicado, porque aquí hay todo tipo de alianzas y enemistadas propiciadas por agrupamientos de edad, sexo, nacionalidad, formación, pertenencia a grupos institucionales, coyunturas previsibles e imprevisibles, agendas de investigación, etc. Esto parece a ratos política tibia de entente cordiale, contención o deterrence o práctica más o menos disimulada de guerra de guerrillas. Los que no se ganan la vida con esto lo verán todo como se ven las tormentas tropicales en las tacitas del té, o las razzias en los reinos de tafias, o las idas y venidas de los liliputienses dentro de las “arcaicas” geografías académicas de ciencias “liberales” o “humanísticas.” Tal vez el búho de Minerva nos indique cómo volar con más gracia en estas horas de cortes de presupuesto, de difícil condiciones de empleo, y tal vez de crepúsculo, y ojalá hagamos de carencia, virtud, y de tripas, corazón y desarrollemos a la fuerza una sensibilidad estético-literaria manierista, punk o minoritaria migrante, donde pueda anidar una creatividad no-instrumental que nos ayude a “salvar” las circunstancias hostiles (piénsese en la creatividad cinemática de un Peter Greenaway, o un Derek Jarman, o un Atom Egoyan, por sólo citar tres). ¿Nos alegramos porque los alumnos estudien “español” para adjuntarlo al portafolio de una titulación en ingeniería o de enfermería? ¿Y por qué no celebramos cierta “deshumanización” como posible liberación del conocimiento de antaño que tiene que entendérselas de alguna manera con las aceleraciones informáticas y virtuales del mundo de hoy?

Nos cuentan que hay departamentos por ahí fuera que han tomado ya desde hace tiempo la decisión drástica, con todas sus banderas, o sin ellas, de una solución final de todo puesto “peninsularista” y que se definen como exclusivo pañuelo de estudio de la última actualidad del sur del continente americano, normalmente el “pasado” siglo XX y poco más. No se suele dejar  acompañar este tipo de decisiones drásticas de una verbalización convincente, ni de un “decente” doblar de campanas por estas “desapariciones,” y se imitan así las malas maneras de ciertas universidades de cuyo nombre no quiero acordarme que han de facto y no de iure eliminado las humanidades in toto de los planes de estudio universitario, salvo algunos ornamentalismos contingentes. Lo hacen, y dicen no hacerlo, mientras profesan en público y en directo la gran importancia de las humanidades con toda la hipocresía institucional propia de la economía de mercado en unos momentos de recortes presupuestarios. Que juzgue el lector amable y curioso: tal vez Ideologies of Hispanism sea un cierto doblar de campanas para cierto hispanismo, y tal vez para cierto latinoamericanismo, en la medida en que no se encara, con toda la fuerza y sinceridad que uno quisiera vez, al menos de cuando en cuando, con algunas de sus heredadas limitaciones (hemos señalado la carta de naturaleza social de un monolingüismo de lengua extranjera en contexto académico-institucional; hay otras). En plata: se vacía de toda positividad crítica el término en cuestión (“hispanismo”) cuya obsolescencia es remarcada por algunos de los autores aquí incluidos, pero sin llegar, al menos en mi lectura, a contextualizar de una manera radical unos mecanismos valorativos provenientes de unos juegos de fuerzas académicas que excedan en mucho dichos departamentos de español, nunca definidos, a diferencia de la fenomenología del espíritu del ser que importa, por sí mismos ni en sí mismos. Más bien parecen estar estos espacios de conocimiento “españolistas,” o “latinoamericanistas,” más bien mal que bien avenidos, y en su inmensa mayoría a la buena merced de los designios mal publicitados de otros más fuertes. Cuando no hay ningún tipo de deseo de rescate “contra la leyenda negra” a la manera de un Fernández Retamar, ¿cómo entender, entonces, la mediación de Moraña con respecto a las supuestas mediaciones que el hispanismo, en tanto que vehículo académico, reclama para sí, al menos de una manera convencional, con respecto al centramiento de miras en los sucesos de la península ibérica, concretamente eso de “España”?: Hispanismo y Moraña: ¿“destrucción o amor” que diría Vicente Aleixandre (y conviene recordar que la disyuntiva es forma copulativa)? ¿O Romeo y Julieta? ¿Crema de cacahuete y mermelada? ¿Fresas con nata? ¿Hispanismo, lo que hacen los españoles con la historia de España, o lo que puede llegar a importar esto desde una divergencia latinoamericanista? ¿Van los 1001 dálmatas de paseo por las calles estadounidenses de la mano atenta de Cruela de Vil? (y ciertamente confiamos en el buen humor del lector/a con respecto a algunas de estas “impertinencias”). ¿Hispanismo, producto natural dentro de una matriz histórica eurocéntrica, la “pata de palo,” la genealogía institucional que hay que usar para los nuevos tiempos desordenados, descentrados, no “post-occidentalistas” del todo, siquiera en las fechas actuales? ¿Y qué centramientos propiciaría un latinoamericanismo post-occidentalista de una manera entera, sostenida y consistente? Pero este volumen no “va” por la vereda post-occidentalista ni por la subalternista. Digámoslo así: Ideologies of Hispanism constituye, en líneas generales, una significativa ejemplificación de cierta profesionalización, acomodo, o incluso de “asimilación post-calibanesca” en la medida en que no quiere, no puede o no se atreve a levantar con fuerza o convicción una contra-alternativa de desorden de marcos mayores, donde se naturalizan, casi por inercia, unas “leyendas negras” que condenan a ciertas geografías (hispanas, latinas) y a sus figuras interpretativas a manera de cónsules amables a una significación de incidencia parcial, decorativa.

Ideologies of Hispanism exige, por lo tanto, del lector precavido, y con un buen humor a prueba de las bombas de todos los desalientos, una serie de vueltas, y revueltas, a los tornillos de esta mediación hispanista con respecto a los sucesos dentro de cierta nacionalidad europea marginal de escasa visibilidad en la calle estadounidense y desde una perspectiva, digamos “fría,” al menos dentro de ciertos latinoamericanismos convencionales. El volumen incluye una cantidad total de ocho latinoamericanistas entre los catorce, todos profesionalmente vinculados a departamentos de español en los EEUU, todos blancos, la mayoría de “primer mundo,” la mayoría hombres, tres mujeres, con una exterioridad al contexto institucional de las Ivy League, excepto uno. En cuanto a las nacionalidades, hay más o menos unos ocho extranjeros y cinco o seis estadounidenses, y nos podemos estar equivocando: dos españoles, uno de ellos “gallego” latinoamericanista y el otro catalanista disidente, entre otras como la mexicana, brasileña, argentina, holandesa, cubana y tal vez peruana? Hay, al menos, dos autores con interés profesional explícito en el estudio de las sexualidades alternativas. Habrá otras posibilidades de ordenamientos de estas identidades profesionales (grupo generacional, trayectoria y alianzas profesionales, etc.), y algunas de ellas vendrán de la mano de cierta familiaridad que podamos tener con algunos de los autores aquí incluidos. Tenemos aquí una colección de “sujetos contradictorios,” en una de las fórmulas de uno de los articulistas: Ideologies of Hispanism nos invita a mirar las “ideologías” del hispanismo desde la profesión dominante, sobre el papel de los números, de cierta no-disimulada displicencia o disidencia latinoamericanista, califiquémosla de “manierista,” al menos dentro de los espacios asignados a eso de “español” con toda la naturalidad de cierto marco latinoamericanista, poco dado a rescates de naufragios europeos, frío, displiciente, cuando no beligerante, dentro a su vez del marco nacional mayor del “clasicismo” hegemónico “anglo.” Esta es una interesante puesta en escena con todos los ingredientes para comedia de enredos de amor, desencuentros de desamor, anamorfosis y distorsiones.

Esta manufactura de un cierto objeto de estudio (hispanismo) dentro de marcos dominantes no necesariamente amables (latinoamericanismo, e incluso “latinidad” y por supuesto “Americanismo”) constituye, ¿quién lo puede dudar?, un interesante reto para el ejercicio de pensamiento: pensar cualquier noción de “clasicismo” (o lo deseable de una norma prestigiosa) teniendo en cuenta la violación, el debilitamiento o el desprestigio de esa norma, la deformación o la anamorfosis que el “manierismo” pueda llevar a cabo, normalmente sin acabar de romperla del todo. Esto es algo así como admirar el imperio hispánico de Carlos V entonando el himno holandés, el “Wilhelmus,” y acordándonos todos del Duque de Alba, el “carnicero de Flandes,” con el ángulo de visión de los prismáticos de Guillermo de Orange. A algo de esto nos invita Ideologies of Hispanism: la empresa “de” Moraña consiste grosso modo en poner sobre la mesa un cierto manierismo, o distorsión, o anamorfosis crítica, de las fallas, intereses e “ideologías” del hispanismo, y de vaciarlo como la norma peninsularista que “ha sido,” en tiempo de pretérito perfecto, todavía no muy alejado en la noche de los tiempos, de la “cuestiones hispanas,” sobre todo humanísticas, centradas con toda la naturalidad eurocéntrica propia de unos énfasis geopolíticos del momento para eso de “español” en la Europa hispanohablante, con su punto álgido centrado en la Segunda Guerra Mundial y los coletazos de la Guerra Fría (ahora estamos ya todos en las frialdades posteriores al “9/11”). Como tal maniobra de vaciamiento y ocupación, Ideologies of Hispanism se constituye como síntoma tremendamente significativo, si bien insuficiente, de cuestionamiento de los tiempos revueltos de cierta deseuropeanización que nos constituyen (seamos correctos: “insuficiente” en la medida en que nada basta y lo bastante de la totalidad, o “Dios” es solo para algunos visionarios “clásicos” y ya poco leídos). Digámoslo de otra manera con la siguiente generalidad: la construcción de “hispanismo” en Ideologies of Hispanism se acompaña, de una manera consistente de un a-, para- o incluso anti-hispanismo por parte de los mismos participantes asentados de una manera total en departamentos de “español” en los EEUU y rodeados de un enorme silencio ensordecedor inter-departamental trans-institucional. Esto es como pensar la positividad de cualquier sustancia sustancia (digamos, amor) con el marco de negatividad de todo lo contrario dominante (digamos, el poco amor o el desamor); el hispanismo a la manera de un despegado latinoamericanismo, como es el caso, o pensar la naturalidad de una “identidad nacional,” sea la que sea, desde otras, o incluso desde el alejamiento diaspórico (la “Mexicanidad,” por ejemplo, con los “pachucos” asentados en Durham en Carolina del Norte, Redwood City en California, Marshalltown en Iowa, o Hartford en Connecticut, por citar sólo algunas). Ideologies of Hispanism salta a la vista, entonces, como producto académico-intelectual propio de una mala adaptación social e histórica dentro a su vez de una relación tensa, mal-adaptada, digamos que contra natura, in partes infidelium, de creencia entre paganos, o de paganismo en tierras de cristiandad imperial, o la circunstancia estadounidense profesional inmediata en donde anidan, ¿quién lo duda?, fuerzas a-, para-, o anti-hispánicas muy raramente hispanohablantes más fuertes. Otra vuelta de tuerca a este interesante ejercicio de pensamiento: pensemos el hispanismo como la “fuerza dominante” que ha sido, en tanto que peninsularismo centrado en la información de las cosas de España como una posibilidad entre otras al menos si tenemos en cuenta la subordinación al menos a cierto latinoamericanismo, en caso de que consiga escapar con vida de una tendencia de relativa deseuropeanización de EEUU, con todos sus planes de estudio, y tal vez camino de una virtual solución final, o ¿es este un tremendismo que está fuera de lugar? (una cierta sensibilidad filosófica tal vez podría yuxtaponer una cierta deshegalianziación de estos mismos planes de estudio de supuesta visión totalizante que con los cálculos oportunistas y egoístas siguen los derroteros siempre inquietos de todas las últimas modas). Apretemos los dientes en estas circunstancias no siempre amables: sigamos pensando lo hispano-hablante de “hispanismo” dentro de un contexto diglósico como es el estadounidense furiosamente anglo-parlante que no entiende, ni quiere entender, eso de la co-oficialidad de lenguas y mucho menos la “igualdad de oportunidades” de todas las zonas de mundo repartidas a la mesa del conocimiento global. Siguiendo con estas vueltas de pensamiento “manierista,” pensemos, finalmente, eso de “hispano” por parte de la codificación administrativa iniciada en los años de Richard Nixon, las décadas de tumultos y pesadillas, los “sixes and sevens,” de Huntington[iv], al menos tal y como nos lo recuerda Richard Rodríguez, “hispano” malgre lui, y el lenguaje de uso oficial de “hispano” o “latino” en la actualidad en material estadístico del tipo Statistical Abstracts of the U.S. 2004-2005. The Nacional Data Book.[v] Tengamos la fuerza entonces de pensar eso lábil de “hispano” teniendo en cuenta las marcas que lo vacían, como el signo “negativo” explícito de “no-hispano,” marca más abundante en estos mismos documentos gubernamentales, y la pobrísima tipología y falta de codificación de lo “anti-hispánico” en los descriptores de contenido de todos los archivos y bibliotecas estadounidenses. Piruetas, saltos al vacío, vértigos: buena suerte.

El marco de inteligibilidad de los debates en los que se incluye el “hispanismo,” se nos dice, es el legado del colonialismo/ imperialismo, la institucionalización identitaria, el multiculturalismo, el internacionalismo, la modernidad del capitalismo globalizante con un foco especial en la macro-unidad intercontinental o transatlántica euro-americana. A la manera de un amable barbero, vamos seguidamente a intentar “arreglar” los pelos sobresalientes a los catorce articulistas incluidos en Ideologies of Hispanism. El lector amable no dudará de nuestras mejores intenciones.

El artículo de Fossa es el único que se encara con la reconstrucción de dimensiones históricas anteriores al siglo XX. El siglo XVl parece ser plato de gusto de los menos, y todos parecemos asumir la falacia de que lo novísimo es a la fuerza lo más significativo, lo que nos da sustento, lo coetáneo, lo cual es falso. Se nos detalla una serie de nombres y textos en contextos andinos en relación a unos procesos de asimilación, convergencia o aplastamiento de mundos divergentes. Hispanización y evangelización son aquí dos sinónimos válidos para estos fenómenos mayores de colonización. Fossa reconstruye la intencionalidad oficial de estos procesos según algunos botones de muestra procedentes del archivo jurídico, tarea siempre ingrata. Esta reconstrucción es siempre, desde luego, importantísima, si bien es cierto que este lector se queda con una sensación de uni-dimensionalidad en este recuento, como si algo faltase. Imagino que es inescapable una simultánea condenación de todo tipo de comunidad o convergencia “imperial,” donde el signo “imperio” es siempre condenable, digamos, siempre “demonio,” y la consiguiente asunción de una posición de empatía con la posición dominada o subalterna (en inglés se puede llamar esto una profesión de una “underdog predilection”). El mundo andino es criatura histórica de estos procesos mayúsculos de siglos de sedimentación, o acendramiento, de una hispanización que no borra, desde luego, de manera drástica otras “divergencias,” lo que se suele sintetizar con la rúbrica de “indigenismo” (es el gran acierto de Cornejo Polar haber enfatizado la “heterogeneidad” conformadora, sustancial de esto de “indigenismo,” al menos en el ambiente letrado y literario). Y aquí uno puede soltar un interrogante, “¿y?,” que Fossa no contesta, al menos en estas páginas.

Hay una narrativa de estos procesos de destrucción y creación pero no hay ningún apunte axiológico que los enmarque en una vitalidad social, lo cual no es, por otra parte, nada fácil. Cuán penetrante y abarcador pudo haber sido todo esto con las tecnologías precedentes a las aceleraciones de los medios de comunicación informáticos-virtuales actuales, uno se puede preguntar. La pregunta por la longevidad es más fácil: hasta hoy. La pregunta por las geografías aquí implicadas: todas, empezando por la circunstancia inmediata postcolonial e imperial estadounidense que no se explicita para nada en este artículo meritorio. Otra cuestión es si estamos bien pertrechados hoy para poder o querer desentrañar la densidad simbólica de una textura histórica, digamos la “hibridez” e incluso “multiculturalismo” de un cristianismo colonizador, o de una hispanización de matriz imperial-internacional/ista con una longevidad de unos quinientos años (mayor densidad diacrónica que la nacionalidad estadounidense, al menos en su lectura oficial, convencional!). Poder, experiencia, conocimiento… La mera preferencia por el “idealismo” de la “diversidad cultural,” deseo bienpensante, o políticamente correcto, nos coloca en el carro de la ortodoxia oficial en nuestro contexto contemporáneo, y es así que se suele achacar de “dogmatismo” o “fundamentalismo” a las generaciones precedentes, que tal vez algún día revivan como los muertos vivientes de George Romero y nos interpelen a la cara con un “¿Y tú qué?” Y entonces nos veríamos en un aprieto. Y es que en general historizamos muy mal y, como consecuencia, saltamos a los juicios históricos con una celeridad excesiva con el supuesto falso de que son las últimas generaciones las más lindas criaturas de racionalidad, verdad o justicia (poética). Y de nuevo, para que no salten suspicacias: nuestro juicio de valor nos incluye en la misma falta de historicidad con proyecto de futuro. Es decir, esta misma voz de enunciación se pone a sí misma como carencia o insuficiencia consciente de sí misma. ¿Y cuáles son las inquisiciones y dogmatismos propios de nuestra sociedad liberal de mercado capitalista en donde estas reconstrucciones históricas mal circulan? Pero Fossa se queda en el contexto andino bien acompañada de Cerrón Palomino, en mi opinión uno de los mejores lingüistas que trabajan, sin demagogias y con todo cuidado, algunos de estos temas ciertamente inquietantes. Convergencia, violentamientos, desigualdad de códigos simbólicos que no se han desmantelado al día de hoy, sedimentaciones y pisos históricos no exentos de plasticidad, mutabilidad y adaptabilidad o incluso resucitaciones del “ser que han sido” con suerte en todas las generaciones siguientes.

Sánchez-Prado critica el Sahaguntinismo de Miguel León-Portilla dentro del contexto del indigenismo mexicano que surge con fuerza en los 1950s y que hoy parece haber perdido algo de fuerza. De nuevo, ¿sómos nosotros, los posmodernos hijos e hijas del capitalismo tardío, más “correctos” que el fraile franciscano del XVl o que el investigador mexicano hispanista e indigenista que lo tiene en cuenta como una genealogía válida? El lenguaje de mestizaje y la transculturación está por, como los cristales rotos, por los suelos de los mentideros de palacio y parece que las delicadas hebras de todas las “disidencias culturalistas” no se llegan a creer ningún tipo de convergencia, ni parecen querer llegar a ningún abarloamiento de creencia, y que todas suenan a poco, y saben a poco, como si el empobrecimiento represivo-existencial del tipo estadounidense de los “melting pots” fuera el único puerto de destino. Y entonces se cae en cierto automatismo distanciador, o “disidente,” como si el enemigo fuera siempre la convergencia entendida como homogeneización totalizante entendida como manufactura de una indiferencia drástica de tonos grises de las modalidades y colores de los  mundos y vidas que han sido y que, con un poco de suerte, serán. Claro que esta “maldad” siempre la hacen los otros. Hoy todos amamos, o decimos amar, la amabilidad subalterna de “las diferencias” con respecto a la madre, o madastra, de la “mismidad” o “identidad imperial,”  que se da ineludiblemente por un supuesto de espectralidad indeseable. Sahagún parece que está del lado de esta última incluso en su interés por aquellas. Y Lopez-Portilla, también, al menos en la síntesis de Sánchez-Prado.

No acabo de entender bien la esencia de esta crítica a López-Portilla que en un Congreso poco glorioso de “Hispanistas,” para más “INRI,” celebrado en la ciudad de Monterrey (verano  del 2004) se calificó, entre príncipe y princesa de cierta malhadada nacionalidad, de hispanista e indigenista, y enseñó los dos brazos para defender la dualidad para no quedarse en manco de ninguno de los Lepantos que puedan venir en un futuro próximo. Defendió de una manera convincente que no es posible separar estas dos vertientes, desiguales ciertamente, en relación a unos “textos coloniales,” complejas criaturas históricas euro-americanas híbridas o incluso “bastardas” en la conocida formulación de Octavio Paz, “desordenadas,” “descentradas” con respecto a cualquier centro europeo dominante, y habitualmente mal pacificadas con respecto a toda policía de “orden imperial.” No creemos que se trate de “distinguir” el texto en Nahuatl y separarlo de las mediaciones franciscanas (44-5). Todo lo contrario: se trata de ahondar –epistémica y emocionalmente– en el “desorden” (colonial) con respecto a la condición de imposición, canonicidad, norma u horma imperiales. No vemos porqué el imperio no puede ser amante de lo “híbrido” además de ambicioso y lábil. ¿Cuántos hay por ahí que salgan airosos de la empresa de meticulosidad de reconstrucción lingüística con respecto a lenguas llamadas “indígenas”? Sánchez-Prado dice que López-Portilla sale un poco despeinado de estos avatares porque asume muchas de las malas maneras de un “hispanismo” mexicanista todavía con su “perenne” ideología oficialista de mestizaje de corte asimilacionista tipo cósmico-vasconcelista siempre dentro de las modernizaciones desarrollistas. Bueno: hasta cierto punto. Hoy todos profesamos de fe “indigenista” siempre y cuando la ubiquemos en una heterogeneidad nacional no-estadounidense, y todos expresamos simpatía por el “underdog” sobre todo cuando no nos viene a casa a pedir el aguinaldo (¿no habría que reciclar toda esta terminología “indígena” en contextos de redes globales?). La reconstrucción del pasado “precolombino” no es sólo para los indígenas de la misma manera que la historia de México no es sólo para los mexicanos (49). No acabo de ver cómo Sánchez-Prado se sirve de la formulación de “semiosis colonial” de Mignolo para atacar a López-Portilla (46), ni cómo el uso de la lengua franca española tenga necesariamente que pervertir de raíz cualquier reconstrucción de lengua indígena: ¿cómo se quita uno de la piel de las entrañas la lengua materna? ¿Y por qué? ¿Y por qué habría que fetichizar ésta? ¿Cuántos hay por ahí que estudien el Nahuatl y que le dediquen una vida profesional? ¿No es la encomiástica de la “diversidad cultural” una ortodoxia ciertamente menos hacendosa que los intereses  evangelizadores de los franciscanos de otros siglos? Hay toda una interesantísima línea de pensamiento franciscano apocalíptico (Motolinía y Mendieta vienen rápidamente a la memoria) de apuesta preferencial-vital “por los pobres” que rodea el academicismo de Sahagún. Que López-Portilla asume la “antropología sahaguntiana” un tanto por encima de unos conocimientos “disidentes” o indígenas, me parece una certeza que en ninguna medida se puede usar como arma arrojadiza contra el antropólogo indigenista que crea en el fraile franciscano su propia genealogía disciplinaria: una entre otras… El rescate de estos conocimientos subalternos no se entiende, en verdad, sin el marco, o recipiente contenedor occidental/ista. ¿Y cuántos pueden y quieren acompañar la propuesta mignolesca del post-occidentalismo? ¿Puede el mismo Mignolo “salirse” de la sombra alargada de este gigantismo? No se trata, creo, de “fijar, limpiar y dar esplendor,” a la filológica manera, unas hermenéuticas “indígenas” cuya recontrucción tiene necesariamente que atreverse a caminar los entrecruzamientos entre “hispánico,” que no necesariamente “hispanizante,” “indígena” y no necesariamente “indigenizante.” Todo binarismo parece desencaminada simplificación (mal-)intencionada en la que a veces caemos todos, por simpatía, fingida o no, con el perro de pelea más chico, el “underdog” citado anteriormente, en algunas de las apresuradas pedagogías (los malos de los españoles, y los buenos de los indígenas, y España como el mal de mala herencia de todos “nuestros países latinoamericanos,” en la expresión al uso, y la conveniencia pedagógica de la “leyenda negra” de la “latinidad” dentro de una matriz anglo-germana que parece estar perdiendo fuerza, etc.). No hay “indios” sin “colonización,” no hay Nahuatl sin la penetración de la lengua romance, hoy mayoritaria en el contexto mexicano, en el XVl imperial y dominante, si bien subordinada de una manera clara al prestigio de la lengua madre latina, y todo esto hoy clarísimamente subordinado al inglés norteamericano virtual, no-humanístico, global y estándar. Y parece no haber “hispanismo” sin cierta “hispanización,” de la misma manera que una sostenida crítica radical en patio propio a todas las “ideologías” y supuestos de conocimientos humanísticos ubicados en departamentos de “español” en los EEUU se equipará, en una estrategia defensiva de propios y extraños, a una insoportable impertinencia, o desprofesionalización, a la que habrá que hacer oídos sordos, acallar y aniquilar, para beneficio inmediato de los actuales profesionales en el ejercicio de esta profesión ciertamente escueta.  ¿Qué (no) hacer con un cierto “indigenismo” académico o museístico, supuesta mediación de y con sectores sociales desfavorecidos? ¿Seguirán los coletazos de este indigenismo mexicano, o latinoamericano, la senda escondida de los estudios “nativos americanos” [Native American] en los EEUU? ¿O todo es cuestión de poner en relación los números sociales, los mayoritarios, medianos y minoritarios en un momento social dado y ver cómo se relacionan entre sí?

El artículo de Faber permite levantar el vuelo a una serie de cuestiones importantes en relación directa a las repercusiones del exilio español en el contexto mexicano de primera mitad del siglo XX. Faber nos reconstruye el “triángulo de las Bermudas” de España, México y los EEUU durante los años de la Guerra Civil española y su diáspora intelectual. ¿No es la precariedad de la vida intelectual “hispana” la criatura histórica del belicismo y del exilio, y no explica esta doble condición incierta una fragilidad congénita, “madrastra” más que madre, de una “bastardía” en tierras imperiales? El estrechamiento de relaciones entre España y México se llamaría “hispanismo,” y el estrechamiento entre México y América Latina con los EEUU, se llamaría “panamericanismo,” y entre estas dos hermosas opciones, estamos hasta el día de hoy (con intencionadas “desapariciones” de uno de los dos términos en títulos como el que nos concierne aquí, hoy). Faber nos reconstruye los tiras y aflojas, el menage a trois que diría algún colega sensual, de algunas de estas relaciones. Los últimos 60 años son nuestro precedente directo en relación a un transnacionalismo imperial –entendido convencionalmente como mismidad– que erosiona una pluralidad de diferencias o identidades o “culturas.” Hispanismo como “apología” de lo primero en relación a unos avatares dentro de la decena 1938-48 no parece ser el camino deseado por Faber (Ideologies of Hispanism no incluye a nadie que pueda ser acusado de practicar una historia apologética). Las marginalidades “hispánicas” no parecen tener la fuerza para poder subirse a ningún tipo de elucubración “apologética” que contrarreste, en alguna medida, su poco deseable convencionalidad de “leyenda negra” (¿qúe bien hubiera venido erosionar un tanto esta convencionalidad?). En cualquier caso, el imperialismo “hispano” y la guerra civil española son los dos momentos de visibilidad internacional de España, y hay poco más, excepto tal vez las chicas del montón almodovariano en las fechas de finales del siglo pasado. Las preguntas del artículo son todas muy buenas (65): ¿se puede hacer eso de “estudios hispánicos” en un departmento de español sin convertirse, de una manera automática o inconsciente en propagandista de una bondad rescatable de estos estudios o de “esas” geografías, porque de lo contrario, para qué perder el tiempo con el seguimiento meticuloso de los avatares sociales e intelectuales dentro de los países menores? Parece que el enemigo es cualquier tipo de singularidad, sobre todo en un contexto nacional/ista, en relación a “culturas,” “lenguas” y “literaturas” (nacionalismo entendido como signo de cerrazón que “nos excluye” del bien social apetecible). Con los signos obsoletos de hispanismo (64), e hispanidad, ¿abrazamos una condición apátrida, repudiamos toda ubicación localista dentro de los formatos de estudios de área con sus sensibilidades deshumanizadas, no-culturales, no-linguísticas, no-literarias? ¿Es esto incluso posible? ¿Rompemos hoy todos los pasaportes y vamos mañana a las embajadas de los países ricos a pedir ayuda para la construcción de conocimientos humanísticos en la lengua en que está escrita esta extensa reseña o en otras?

Faber lista tres problematicas constitutivas del hispanismo: 1) tensiones internacionalistas o la posibilidad del cosmopolitismo y los apresamientos nacionales/istas a la sombra de la nación indispensable de los EEUU (la forma convencional en inglés es “America” sin tilde); 2) la precariedad de eso de “hispánico,” sin duda vinculable a la cuestión recurrente de la “especificidad;” 3) la escasa visibilidad y el escaso prestigio que todo esto acarrea, dentro de los EEUU y fuera. Faber nos reconstruye empresas editoriales de tres revistas Revista Iberoamericana, España Peregrina y Romance, y al menos este lector se queda con la sensación de humedad en los huesos de una tremenda fragilidad institucional de todas estas empresas. Hoy no estamos, desde luego, mucho mejor. ¿Y no sería mejor intentar ganarse la vida de otra manera?, nos sopla a veces en el oído en la lengua extranjera el diablo en los sueños de algunas noches. Faber da en el clavo en la condición de “importación” de los estudios peninsulares en contexto estadounidense, si bien no vemos bien cómo los latinoamericanos son más “orgánicos” (en comillas en el texto, 86). No veo la seducción de Carr (65, 89), y no acabo de ver bien cómo los “estudios culturales” vayan a actuar de colchón salvavidas ante el aparente desinflamiento de la balsa de flotación hispánica (90). La última página del artículo es un desideratum ante algunos de estas incertidumbres. Hispanismo es más bien sambenito que codiciada prenda, o presa, de deseo (intelectual), más mujer discreta que hermosa hembra deseable en el baile disciplinar, u hombre calvo y chiquito pequeñoburgués antes que extranjería masculina seductora, en las miras de aquellos que en definita ejercen de “peninsularistas” con o sin trasvases latinoamericanistas en departamentos de español (el trasvase inverso es menos común hoy día, lo cual es índice vehemente de algunos de los desequilibrios americanistas que estamos constatando bajo palio de todas las estrellas “hollywoodienses” en el incierto firmamento estadounidense).

El artículo de Harrington es una cuidadosa reconstrucción de las políticas de planificación cultural desde el 1975 para acá en el contexto español (política aquí hay que entenderlo dentro de la lucha de partidos políticos, ya que no se toca el contexto universitario). Hay una interesante excepción, la nota cuatro al final del artículo crea un paralelo con el contexto estadounidense a propósito de la sistematica simplificación degradante de fórmula hollywoodiana a propósito de los “otros no-estadounidenses” dentro de una matriz americanista ideal-imperial especialmente en situaciones delicadas de conflicto bélico como las presentes. Uno puede pensar las agonías comunitarias en una hermosa película como la de Deer Hunter (1978) y la recientísima serie televisiva Over There, y dar alas a esta sospecha de la mano de la “manufactura de consensos” (Chomsky) y las posibles respuestas de sensibilidades propias y extrañas,  y esta sensación de mal asentamiento, de ropero con corsés, ropas “exóticas,” e incluso camisas de fuerza, y de asignación de estereotipos que no desaparecerán mañana en un territorio no siempre benemérito colea en muchas de las intervenciones incluidas en Ideologies of Hispanism.

Este empobrecimiento de lo aludido convencionalmente por el adjetivo “internacional” con la substracción deliberada de la propia nacionalidad de circunstancia inmediata estadounidense, los “Estados Unidos” no son “internacionales” en este sentido dentro del juego combinatorio académico-disciplinar, se deja acompañar de simplificaciones hollywoodianas, también para dimensiones domésticas, de intramuros, de puertas para adentro (para no hablar ahora del tremendo vaciamiento del mundo de los negocios, “management,” eficacia, etc.). Todo esto tiene, ¿quién lo puede dudar?, un tremendo impacto también en las áreas mínimas de humanidades extranjeras, raramente extranjerizantes, en los ambientes universitarios, normalmente zarandeados por las últimas noticias de “crisis” que habrá que “arreglar.” Con este ángulo de visión geopolítica, escasísimos son los departamentos de español, si es que haya alguno, que tenga unas vinculaciones convincentes con estas secciones “internacionales,” normalmente vinculadas al seguimiento de la gestión [“policy” en inglés] de la política exterior estadounidense). Es en este sentido que se puede decir que eso de “español” no es propiamente “político,” ni cuenta con un interés “estratégico,” ni es “internacional” de una manera convincente, ni es, graciosamente, “hispánico,” ya que este adjetivo se tipifica casi exclusivamente como una modalidad étnica “morena,” de origen “multi-racial” como variante “minoritaria” de la “blancura” de la nacionalidad “americana” (los que no vivan en los EEUU tienen que prestar atención a  unas ciertas torsiones linguísticas: el galicismo de “latinidad” se vuelve anglicismo, se olvida de su origen filológico, nada que ver con los latines de “Roma,” y aparece vestido con todas las ropas del Spanglish en el baile escasamente bilingüe, pero normalmente en la pista de patinaje hacia la normalización lingüística “nativa,” en esta “domesticación” desaparece enteramente la rareza verbal del signo de  “hispanismo”). Pero Harrington atiende mayormente a algunos avatares “culturales” de la dimensión europea hispano-hablante.

Los que estén interesados en los nombres propios y las vicisitudes de la vida política de aquel país menor se encontrarán aquí un buen resumen con abundante información. Harrington lo cuenta muy bien en general, y sus apreciaciones coinciden con las mías: acierta con los cuatro “nacionalismos” de peso desigual: español, vasco, catalán y gallego, los tres últimos llamados “históricos.” Es interesante constatar cómo las unificaciones europeas al por mayor, se contrarrestan al por menor en “nacionalismos” de grosores dispares. Como las muñecas rusas, los catalanismos, galleguismos, vasquismos y españolismos se meten en la más grande, del europeísmo como un cierto contrapeso disidente para con la profesión de fé americanista-globalizante (cierta presencia europea normalmente francesa es la única disidencia discreta tolerada en los medios de comunicación estadounidenses implicados en brutales simplificaciones del terrorismo islámico vis-a-vis la humanidad de la civilización capitalista). Dentro de estas unidades nacionalistas en el contexto peninsular, hay numerosos grupos y grupúsculos, como bien detalla Harrington, con nombres y apellidos. No entiendo bien lo que quiere decir con que estas cuatro tendencias se caracterizan por un “esencialismo historicista” (110), y como esto se llega a diferenciar de manera significativa del lenguaje identitario por el que él parece abogar. ¿Lo identitario de quita-y-pon como una seductora estrategia actualizadora de “ser y no ser” móvil, versátil, portátil y estratégica? Acude Harrington de manera convencional al humanista Antonio de Nebrija como brote inicial de un “éxito impresionante” de planificación cultural castellanizante en tanto que homogeneidad lingüística que nos llega hasta hoy día (111-3)[vi]. Y sin duda este humanismo del XVI es una modalidad histórica de eurocentrismo cultural y letrado que hay que poner a la sombra imperial, pero nunca bajo la supuesta sombrilla monolingüe. Lo hemos dicho antes: lo “imperial” se nos antoja más lábil, astuto e inteligente que todas este acompañamiento de coro de condenaciones rápidas, a manera de precocinados insípidos de comida rápida para las querencias del microondas listas para estos malos tiempos poco pausados, con la implicación falsa de que las últimas generaciones constituyen la ejemplaridad versátil y todo-respetuosa de la historia de la humanidad que en líneas generales se ha descabalgado hace ya tiempo de todos los planes de estudio y que se desconoce.

Más que de “identidades,” de lo que se trata, creo yo, es de ver los juegos de relaciones, trasvases, tensiones entre posicionamientos o perspectivas colectivas, conscientes o no de unos grupos sociales con sus andaduras de tiempos cortos o largos. Estas son unas apreciaciones a una redacción cuidadosa e informada de Harrington con respecto a una unificación o referencialidad de nación-estado que se puede calificar de “cultural.” Todo esto es difícil de entender en esta unidad mayor de los “Estados (des-)Unidos” descoyuntados, multi-étnicos y “multiculturales” donde cualquier impulso de unificación se tilda de estatismo, normalmente para atacarlo. Es relevante pensar que España tiene organismos oficiales como el Ministerio de Cultura, Educación y Deportes y que las comunidades autonómicas cuentan con sus propios organismos pertinentes con un grado de decisión considerable (todo este estatismo no tiene un equivalente en el descentramiento privatizado del contexto estadounidense, aunque hay organismos “federales” con discernibles líneas “culturales”).

Sólo querría apuntar unas salvedades con respecto al lenguaje identitario usado por Harrington, por el que tenemos escasa simpatía, especialmente dentro de formatos nacional/istas, sean éstos los que sean. Este lenguaje se me antoja tremendamente insuficiente, en líneas generales, por su casamiento acostumbrado con toda una ubicación de “minorías” y el vaciamiento o descontextualización de unas “mayorías” (¿nos atrevemos a imaginar otras posibilidades expresivas que nos saquen de estos apresamientos?). Se me antoja insuficiente también porque intuyo que tiene que asumir casi por entero todas las exigencias e hipocresías de un oficialismo institucionalizado que da la bienvenida al adelgazamiento de las capas sociales en infinitas películas de color multicultural siempre y cuando  se dejen apresar por ordenamientos a priori. Digámoslo de otra manera: hay un poso o  supuesto de ontología represiva de liberalismo individualista en este tipo de lenguaje de diferenciación identitaria, supuestamente a la contra, pero en realidad cómplice con un status quo que lo que busca es reprimir el descontento, decorarlo con eufemismos, atomizar agentes sociales, ubicarlos en sus “identidades,” procurar que no haya mucha promiscuidad de éstas, y, graciosamente intentar reprimir en definitiva toda visión social transformacional y totalizante (la represión de apreciaciones clasistas es un procedimiento típicamente estadounidense, como lo es también la trivialización de ideologías políticas y la consiguiente naturalización y encumbramiento de cierto “liberalismo” de mundo plural jamesiano). Se puede decir así para aquellos que quieran fomentar una sensibilidad filosófica: “identidad” en un contexto como el estadounidense se construye convencionalmente de una manera no hegeliana, desdiciéndose de visiones diacrónicas amplias de mutación todo-incluyente; siempre más cercana a la “esencia” que a la “estancia” (el inglés carece de verbo “estar”),  más cercana a “estatismos” institucionales oficiales que a “procesos,” y por lo tanto esto de “identidad” se fragmenta de una manera más “primitiva” y cercana a “lo que es, es, y lo que no es, no es” y punto, a la manera de un Parménides, y se aleja de las querencias por las metamorfosis del “ser (río) que es y no es de la misma manera que yo soy y no soy” de un Heráclito. Una analogía geopolítica: la línea dura (“hard liners”) normalmente del partido republicano, o de “halcón” (“hawk”) se deja acompañar de otras líneas más suaves, eufemísticas, diplomáticas, de “paloma” (“dove”) de diálogo con instituciones como las Naciones Unidas, claramente doblegadas a intereses de naciones pugnando por la hegemonía. La sugerencia: hay que pensar conjuntamente las impermanencias de los dos filosófos y confundir ciertamente las supuestas claridades de las dos líneas, de la misma manera que estamos sugiriendo la asociación, ¿necesariamente monógama, indisoluble y de por vida, entre hispanismo y latinoamericanismo.

Pero hay más, y es que eso de la “identidad” no se suele construir, ¿quién lo duda?, con exquisiteces de crítica insistente y radical de sus propios supuestos de conocimiento (¿las seguimos llamando “filosóficas”?). Lo normal es verla pasearse por espacios profesionales e institucionales con ropas anti-filosóficas, e incluso anti-intelectuales, de maneras baconianas, sin tener mucha idea de quien fue Francis Bacon. Por lo tanto, con el conveniente apartamiento de todos los  ídolos de la caverna y del teatro, se naturaliza el método científico-numerológico de encuestas y porcentajes para eso de la “identidad” y se tiende a la cuantificación más que a la cualificación. Este mundo de ciencias sociales de positivismo vulgar, para no hablar de un costumbrismo trasnochado, superficial y apresurado dentro del mundo de todas las modas, es lo habitual en las tierras sobrevoladas por el águila calva. Y “diversidad” es así significante plástico, eufemismo de número ínfimo, cuota de especie en extinción, discriminación “positiva,” adornado frecuentemente con tipificaciones de sociología vulgar, e incluso producto “cultural” de un sicologismo grosero dentro de una segregación social que no va a menos sino a más. “Identidad,” y lo “hispano” están así muy cerca de estos ambientes “diversos,” con o sin la providencia oficial de unas maneras esencialistas-estratégicas, incluso foucaultianas, dentro de una institucionalidad como único marco aparente de acción, posibilidad, deseo, horizonte. Pero esto sobre todo para lo hispano estadounidense nativo o de segunda generación. La precariedad de la institucionalización o incluso la posibilidad real de la des-institucionalización de fenómenos sociales como el “hispanismo,” o lo que versa sobre la “cosa hispánica” es aquí síntoma inquietante de otros fenómenos sociales mayores que no se dejan atrapar fácilmente por ambientes oficiales, sean académicos o no. Eso de “diversidad” y de “identidad” se pone entonces en placas y en memorandums oficiales, si bien se dejará caer, como la hoja no-perenne del árbol, tan pronto como se detecten unos indicios vehementes de reoganización drástica de esos mismos parámetros institucionales en donde la desigualdad social está creciendo. La ubicuidad oficial del lenguaje de “diversidad” es precisamente lo que la hace sospechosa en primer lugar dentro de un silenciamiento de otras marcas sociales que no se quieren reconocer (como dijimos, marcas clasistas, ideológicas, etc.). En esencia, “diversidad” se nos antoja una medida de contención social que se corresponde a las discriminaciones negativas, o racistas, propias de una sociedad post-colonial, hoy imperial, “liberal,” dentro de una matriz hegemónica de economía de mercado normalmente “naturalizada” en donde no se van a tolerar cuestionamientos radicales, graciosas construcciones de contravalores ni rivales dignos de ser tenidos en cuenta. Y es aquí cuando uno tiene que tomar constancia y combatir el empobrecimiento de funcionamiento “mercantil” del inglés estadounidense que se dirige a sí mismo de unas (malas) maneras antihistóricas, con escasa predisposición a cuestionar de una manera “radical” sus propios supuestos de conocimiento, que no sea ab initio un conocimiento-servicio para el mundo de lo dado. Eso de “hispano,” en tanto que números mayoritarios ubicados en las “minorías” propias de una comunidad diferencial étnico-lingüística estadounidense, se suele meter, se quiera o no, en los canales de expresividad reducida de esta “diversidad” (y aquí la extranjería de lo hispano internacional sólo cabrá a duras penas). La mera posibilidad de divergencias o diversidades tiene que ponerse siempre en relación con unas matrices de convergencia, o mismidad “imperial,” que las quiere, pueda y suele tolerar, al menos hasta cierto punto que no sea de crisis permanente. Y esta lectura “filosófica” todo-abarcadora de identidades y diferencias suele ser anómala.

Este aparte viene a cuento de lo siguiente: Harrington usa este tipo de lenguaje con toda la soltura propia del contexto estadounidense y lo lleva a la península ibérica. Hay algo, digamos hegeliano en mí, que querría haber visto incorporar simultáneamente todo lo que pudiera ser considerado como lo no-identitario, o lo colectivo de cualquier individualidad, o lo totalizante de cualquier especificidad. ¿Qué tal la desindividualización del “ser” hacia la constitución de una sociedad o una historia? ¿Qué tal la “historia” que no hemos sido ni seremos nunca más allá de cualquier positivismo de nariz chata y de pies planos? ¿Serían fenómenos de convergencia una alternativa digna de consideración a toda desviación “diversa”? ¿Pero “diverso” de qué? ¿identidad de “qué” a “qué? ¿Lo que “es,” esencia u ontología, o lo que “está,” estancia, o “lo dado” y la reconstrucción historicista de todo esto? ¿Énfasis en la constitución de colectividad con todas sus tensiones, sus desniveles en lugar del encumbramiento de la singularidad de eso de “identidad”? ¿Pluralizamos siempre entonces este término? ¿O nos lavamos los dientes y la boca en busca de nueva frescura verbal? ¿O hay algo mágico en esta verbalización? Al rascar la cáscara de este huevo “identitario,” a veces tengo la sensación de que no es sino un enquistamiento verbal de una des-socialización aterida de frío, desubicada y descentrada, sometida a desconcertantes aceleraciones que la alienan de todos los marcos amplios de inspiración de espacio-tiempo pasados y futuros.

Cascardi busca entrelazar la expresividad histórica [“historical expressivism,” 146] de Américo Castro y el sociologismo historicista de Antonio Maravall, con sus “mentalidades” enmarcadas con convicción en un economicismo en última instancia. La narrativa cascardiana de “historia de las ideas (extranjeras)” busca un cierto acomodo, a su vez, con el existencialismo y estructuralismo de mediados del XX sobre todo el asentado en el contexto europeo. Los dos representantes sobresalientes de historiografía española tuvieron en su día una experiencia “vital” directa con instituciones estadounidenses, si bien puntual, y ambos tienen contactos claros con el existencialismo historicista de Ortega y Gasset, corriente no en boga en tierras estadounidenses[vii]. Cascardi adorna a estas dos figuras con otras: Fanon, Althusser, Fuentes, Lacan y Braudillard, etc. todo en aras de una mayor incidencia en procesos de formación de sujeto en unos horizontes históricos como son los de la España imperial, o los siglos de Oro, que fueron los predilectos de Maravall y de Castro, y en cierta medida también de Cascardi (no tiene misterio pensar que una cierta profesión de extranjería se verá abocada a los imaginarios históricos o sociales vinculables al perfil internacional de dicha extranjería, normalmente ubicada en formato nacional, y este mecanismo localizador nunca estará muy lejos de estereotipos simplificadores más o menos gruesos o incluso groseros).

Trinidad de conceptos: interpelación, mimesis y hegemonía en la cultura española en su dimensión histórica, esto es lo que nos cuenta Cascardi. Parece que se trata de ver cómo una serie de subjetividades se forman –y deforman– dentro de unas estructuras que las dan condición de posibilidad, o inhiben algunas de sus características. Cascardi muestra una predilección por la formulación de la subjetividad contradictoria, o de sujeto escindido, tenso, al mismo tiempo a favor y en contra, ni contigo ni sin ti, ni carne ni pescado, ni pan ni cebolla, con respecto de grandes marcos interpretativos como son imperio, pasado, autodefinición heroica y proyecto cultural dentro de un ámbito nacional español (153). Cascardi no gusta de buscar paralelos con la realidad estadounidense ni busca eso de lucha de clases sociales o cosas por el estilo. Todo se queda, más bien, en el contexto diminuto académico de “atraso” del hispanismo dentro de las a su vez diminutas humanidades “made in the U.S.A.” Hispanismo es, grosso modo, lo que hacen, letras y hechos, los españoles, y Cascardi es uno de los exegetas, si bien hay una cierta falta de pie firme en cómo la idealización intelectualista o academicista de eso de “España” pueda interpelar de manera convincente fuera de dicha referencialidad (o “Spain” en “America” en los descriptores temáticos de archivos y bibliotecas). Se sugiere la noción de “mimesis fracturada” para la re-producción de “identidades imperiales y coloniales” (156).

Confieso mi gusto por Althusser, pero no veo aquí en concreto como este añadido teórico (¿o pegote explicativo?) proporciona un plus de mordedura hermenéutica al binomio Castro/ Maravall (por cierto, los seguidores maravallistas y castristas siguen coleando dentro y fuera de los EEUU, mucho menos numerosos son los althusserianos). Digámoslo de otra manera: Cascardi “idealiza” el marxismo hermenéutico de Althusser, lo encoge y  retrotae a un cierto textualismo unidimensional literario en lengua española de los siglos XVl y XVll a ambos lados del Atlántico, y la historiografía pertinente al caso, que no fue, no creemos equivocarnos, en ningún momento, territorio favorito hollado por el pensamiento del pensador francés de posguerra (hay algo en todos estos “-ismos” de carencia esencial o de falta inherente en la supuesta profesión de fé, tal vez contenido en el mismo sufijo, como si toda y cada una de estas disposiciones fuera insuficiente, como si ahora tuviéramos que combinar, eclécticamente, siempre más de uno, o como si no nos tuviéramos que casar con ningún monismo, fuera el que fuera). Y es que parece que vivimos todos al margen de toda profesión de fe en cualquier tipo de creencia, sea la que fuere. Es así que Cascardi se sirve, sin excusas, del althusserianismo de una manera ecléctica, y así tal vez lo debilita un tanto, al menos según mi parecer. Aun cuando Cascardi cite con aprobación a colegas como Malcolm Read, o George Mariscal, en atención a la fórmula preferida de “sujeto contradictorio,” y no a una figura como la de Blanco Aguinaga por ejemplo, su acercamiento no se nos antoja de “izquierdas,” si es que todavía no está prohibido hablar así. No veo cómo las síntesis del Lazarillo, Don Quijote, del “Theatro de Virtudes” de Sigüenza y Góngora, etc. aquí introducidas se imbrican en relación a estas formulaciones mayores. Hay algo de gratuidad en estos añadidos explicativos (o “teóricos”) y un hincapié –no obvio por otra parte—en textos “literarios.” ¿El Reflejo del discurso hegemónico de Vuestra Merced se vuelve algo contra-hegemónico (150)? ¿El sincretismo de Sigüenza y Góngora se relaciona con la tratadística renacentista de los “espejos” de la Educación de Príncipes y estos espejos son distorsionantes? (155). ¿Y para esto necesitamos el “adorno” de Althusser? ¿Tal vez un acercamiento rogerchartriano a la reconstrucción de interpelación social althusseriana de algunas de estas energías sociales, con sus tensiones y dilemas, tal y como se podían haber puesto en circulación en un contexto interpretativo delimitado, en el XVl o en otros siglos podría haber levantado una tridimensionalidad más atractiva al aparato interpelador ideológico-estatal[viii]? Toda la noción de “lectura” –en el XVi o ahora ya en el XXI— se nos antoja tremendamente aplanada. Cascardi sugiere la necesidad de una síntesis de imperial y colonial, o dimensión todo-abarcadora entre Europa y América, lo cual está muy bien (esta tiene que ser la trayectoria menos dudosa de cierto transatlanticismo, si es que algunas de estas tendencias se llegasen a consolidar). Una objeción fácil: parece que se supedita esta coordinación al molde europeo y español, lo colonial a lo imperial, pero todo esto también a cierto molde internacionalista sui generis (¿delgada película estadounidense?) desde las atalayas californianas. Con cierta precaución constatamos que no hay grandes inspiraciones interpretativas autóctonas establecidas en el suelo estadounidense, que no parece proporcionar grandes marcos de inteligibilidad, aunque sí hay una inclusión de ciertos colegas siglodoristas en un territorio con una capacidad de interpelación de sujetos cada vez más reducida. Se achaca a los estudios coloniales no haber tomado en consideración esta sugerente noción de sujeto contradictorio (153-4), lo cual es un tanto raro porque esta es la línea de flotación de los estudios criollistas, para no hablar de las hibrideces epistemológicas, o de semiosis colonial, de cronología ancha o no, de figuras indígenas como Guaman Poma de Ayala, un nombre entre otros. ¿Y quien es el loco que se atreve a trabajarse estos textos hoy día? ¿Y en qué amorosa celda? Aquí, del lado “colonial,” el radio social y la bibliografía son más delgados. Pero como agarrar la cola de eso de “contradicción:” ¿qué sería un sujeto no-contradictorio? ¿Contradicción en relación a qué estado de cosas o aseveraciones?

No lo veo claro después de varias lecturas. Hispanismo, como supuesto conducto de mediación, y también como supuesta atalaya de reflexión, puede muy bien no ver, y esta es la acertada frase última, lo que la cultura española pueda andar produciendo, sea con respecto a un pasado asumido como propio o dejado de la mano de todos los dioses. Hay algo aquí de naturalización de una situación vital de sucursalía en el extranjero rodeada del desierto de oídos sordos de los nativos del país federal. Noto una cierta frialdad en todo esto en el acercamiento de Cascardi: aquí no hay “veneración” (histórica), por usar una palabra favorita de Castro. Claro que uno también puede suspender este doble supuesto de mediación, o reflexión, y sujetarlo, con o sin palabras suaves, como perro díscolo al palo del dueño que habita las mejores habitaciones en las circunstancias estadounidenses, y aquí, ¿quién se atreve a dudarlo en voz alta?, no van a dar a manos llenas muchas oportunidades que propicien desórdenes hermenéuticos de marco más abarcador. Mientras las cosas se queden contenidas en campos de estudios (digamos, Siglo de Oro, o colonial) o circunscritas a nacionalidades identificables y “menores” (digamos, España), todo está muy bien. Lo que está menos bien es explorar algunas de las desigualdades de una historicidad inter- o trans-disciplinar en un formato inter- o trans-nacional (para no hablar ahora de multi-lingue, multi-étnico, etc.). Por aquí no va Cascardi en este artículo. Aquí reina más bien el eclecticismo liberal de las lecturas plurales. No se contempla función social de todo esta construcción de saberes históricos, ni hay posible diálogo, digamos, con corrientes “díscolas” como el post-colonialismo. Queda claro que la función social de cierto Hispanismo, sobre todo el aupado en el “Siglo de Oro,” ha sido una de ornamentalismo de precedente de “guerra breve y hermosa,” fácil de ganar: Cascardi cita a Mariscal y a Read con la fórmula preferida del “sujeto contradictorio,” pero no en relación al interés, o ideología, que puede haber tenido cierto hispanismo estadounidense por promover la percepción común de atraso, desgaste u obsolescencia de su propio objeto (contradictorio) de estudio (amoroso) que así ayude, como menina, o incluso potencie, como conocimiento-servico, o servicial, o incluso servil, el expansionismo estadounidense con su despegue después de la segunda guerra mundial (la oportuna referencia es de Faber siguiendo a Mariscal, 74). Alguien algún día tendrá que acercarse a una serie de autores “chicanos,” la generación de Mariscal por ejemplo, y ver cómo es que recalaron en los estudios, otrora dominantes del Siglo de Oro, y cómo han mantenido este interés vivo, o no.

Me siento cercano a algunos de los descontentos articulados por Resina con una doble negativa: ni el gozo de un estatismo universitario de burocratismo (imperial) cesante, ni el pozo de un “profesionalismo” de difícil venta de mercancía “cultural” y poco beneficio en un contexto de economía de mercado para unas “manadas” de migrantes (que nadie se asuste, “manada” es un raro salmanticismo, lo que cabe en la mano). No queda otra que atrapar la utopía del contento por la cola del mundo letrado-burocrático, ¿enteramente kafkiano?, de escasísima incidencia social en la calle estadounidense con la doble opción de ornamentalismo y de desperdicio de las humanidades extranjeras dentro de la matriz de “los estudios de áreas (extranjeras),” y la naturalidad de la subalternización o simplificación de horizontes deseables de todas las nacionalidades no-estadounidenses. El enemigo parece ser la normalidad de un monismo universalista, y el diablo parece ser todo y cualquier tipo de monismo, e hispanismo es, al menos para Resina, santo y seña de esta normalidad tanto en la península ibérica como en los EEUU. Esta perspectiva de catalanismo disidente aboga por la bonanza de la diversidad cultural de distanciamiento de todo espectro de monismo, sea el que sea. No se atisba solución, salida, ni fuga ni hallazgo feliz intelectual del tipo que fuere dentro de un hispanismo grosso modo portavoz de todo un marco global de riqueza cultural plural (de hecho, cultura como pluralidad de oferta, gustos, opciones, etc. es una de las ortodoxias de nuestro tiempo y lo “contra-cultural” parece que se lo ha llevado el mal viento en esta primera década ya del nuevo y desordenado siglo). Y es así que la recreación del mundo académico estadounidense en la pluma de Resina es tremendamente desasosegante. No seré yo el que pinte otros cuadros más benignos: momentos de resentimiento y de desfallecimiento que habrá que vencer los habrá también en quien subscribe esto y con suerte en algunos de los lectores (aclaro que resentimiento no es en mi prosa una condición peyorativa achacable a otros, sino constancia, con o sin Nietzsche, de deseo de construcción agónico y de una lucha de una serie de contra-valores a los imperantes). Y el mantenimiento de este descontento se nos antoja lo más meritorio de este artículo tenso aun cuando no atisbe utopía del contento.

La recreación del mundo histórico “español” de la primera mitad del XX ofrece aquí manadas de desconsuelo. De la segunda, tanto de lo mismo. La brecha de guerra civil y del franquismo se saldan con intransiciones, disciplinamiento y castigo, represión simbólica y trauma o dolor, pasto de cultivo para las lecturas foucaultianas de poder/saber. ¿Descontento de quién, además de nuestro colega con comienzos en el medievalismo peninsular? Todas las figuras hispanas “clásicas” masculinas citadas por Resina, desde Nebrija, de nuevo el primer “malo” de la película, hasta Aznar, pasando por Unamuno, Menéndez Pidal, Martín Artajo, Sánchez Bella, Juaristi, etc. producen, al menos en su pluma, una tremenda desazón. Aquí no se salva nadie. Tiene uno la sensación de que Resina carga un poco las tintas, digamos con una brocha buñuelesca, lo cual es legítima estrategia para acentuar una apreciación intelectual/vital que acierte muy posiblemente en lo esencial. Este desasosiego sigue en pie (de guerra) hasta el día de hoy.A diferencia de Harrington, mucho más calmado, Resina combina aula universitaria, clase política y calle española para mayor desasosiego (la diferencia de tono vital entre los dos es digna de tomarse en cuenta). ¿Cómo se escapa Ariadna del minotauro en este laberinto hispánico? ¿Se lo preguntamos al minotauro porque aquí parece que no sale?

La “Hispania” de cuyo nombre incongruente Resina se acuerda, es páramo de nula inspiración de pasado, presente y futuro. Aquí no hay oasis, ni ilusiones de ningún tipo, ni siquiera para el desarrollo de tendencias ascético-místicas que hagan de carencia, virtud. El impulso europeísta extranjerizante (Bourdieu, Kuhn, Lyotard) es perceptible, y ésta es una convención de buen comportamiento profesional que dicta que los modelos explicativos sean extranjeros y el “material bruto,” el “territorio imaginario,” normalmente el autóctono, o el nacional asumido como propio, aun cuando denostado, y más o menos descontextualizado (180), al menos tal y como lo pone sobre la mesa de negociación el parcelamiento desigual estadounidense de las áreas del mundo geopolítico. Aquí, la voz de Hispania, hispanismo, es abrumadoramente “españolismo” en contexto universitario y de clase política, y esto sólo es nacionalismo central agresivo, patriotería, o impulso monista, reductor, empobrecedor y por lo tanto despreciable y este es el pan amargo y mohoso, el agua sucia, la celda y el castigo nuestro de todos los días. La prosa de Resina parece enredada, como pardal en el zarzal, de una lucha fratricida (161), casi a la manera de las pinturas negras goyescas, en el reducido campo simbólico (“subfield,” 162), de mal nombre “hispanista” que no se acaba de estirar de manera seductora a campos más abarcadores (Europa, América, Occidente, etc.). Estados Unidos es aquí única y exclusivamente departamentos de español: lo cual da miedo. Hay un intercambio de ojo por ojo y diente por diente con los fantasmas de algunos colegas que no se nombran, como el de alguien que no tiene nada que perder que no haya perdido ya. ¿O exagera mi descripción? Repetimos que no hay falta de simpatía por mi parte por algunas de estas apreciaciones que, sin embargo, se quedan con los vuelos, parciales y con las alas, cortas.

Ortega y Gasset, y Castro, entre otros, se llevan los varapalos, merecidos hasta cierto, por apoyar un castellanismo nacionalizador-homogeneizador (170). Esto está también en Harrington (123) y en Faber, quien menciona unas dañinas aseveraciones de Castro (77) con respecto a México, y esta ceguera de ciertos sectores intelectuales trasterrados de ideología liberal para con otras realidades nacionales hay que repensarlo cuidadosamente. ¿Cómo entender, sin embargo, estos deseos de convergencia nacionalista por parte de algunos de nuestros abuelos a principios del XX en sus contextos bélicos? ¿Cómo entender nuestras pretendidas desviaciones o disidencias, con dispositivos identitario-culturalistas, desde los sesenta para acá, con o sin trasfondos bélicos más o menos cercanos? ¿Toda convergencia, identidad u homogeneidad de algunas características, necesariamente repudiable? ¿Todo distanciamiento o diferencia,  “disidencia,” “heterodoxia” necesariamente deseable? ¿Pues no son la identidad y la diferencia, las dos caras de la misma moneda, una entre otras, lanzadas arriba, al aire del viento burlón, las lluvias frías y todos los tiempos desapacibles? Cuestiones mayores que viene bien recordar de cuando en cuando.

Este acercamiento sociólogico de inspiración bourdieana tiene sus limitaciones ya que no se abre a campos de “literatura comparada” y de “inglés” en los EEUU, lo cual es una pena, porque algunas de estas denuncias adquirirían nueva fuerza ¿No es cierta membresía en una cierta “literatura comparada” una estrategia de contención de departamentos de “español”? ¿Y no se reduce esta rúbrica en su inmensa mayoría a la mera enseñanza de lengua en un contexto no receptivo al poli-linguismo? Esta línea inter-disciplinar comparativa, no desarrollada en este artículo tenso, no nos abriría la puerta de la jaula de la melancolía “hispanista,” pero sí la metería en la perspectiva de espejos distorsionantes, recordemos la famosa escena final entre Rita Hayworth y Orson Welles en the Lady from Shangai (1947), y de otras jaulas de mayor cabida y de mitigada alegría comparada. Al menos uno puede intentar pasearse de una a otra, si así uno lo quiere y si le dejan. Siguiendo a Ninyoles, Resina constata, en el contexto peninsular, el mecanismo sicológico de adaptación social de mentalidad funcionaria cesante de una administración otrora imperial especialmente en relación a los administrativos estatales en las comunidades autonómicas (178-9). De nuevo, cierto impresionismo social se debería haber estirado para así contemplar otros espacios sociales (alta burguesía catalana, clase trabajadora migrante, por ejemplo). ¿Y qué poder decir con toda pulcritud de la clase social de los pedagogos de la lengua extranjera en los redes mercantiles de oferta y demanda en las “entrañas del ogro” imperial (estoy recreando la formulación conocida de Octavio Paz)? ¿Figuras aristotélicas dedicadas a la buena educación de los príncipes (y princesas) “cristianos”? ¿Vendedores de bisutería cultural en los mercadillos de frutas y verduras de los domingos? ¿Informantes nativos de mal disimulado origen pequeñoburgués de las costumbres de bienvenida del Sr. Marshall de un “allí”? ¿Meros traductores de la lengua extranjera? ¿Malpagados productores de un bien mueble, discreto,  portátil, de cultura “popular,” barato, propio de sujetos migrantes “contradictorios” equiparables, dentro de la estructura universitaria, a las afueras de las chicas de la limpieza, los cortadores del césped, los jardineros (lo que se llama en inglés “landscape management”), el servicio de cocina, basura, o entretenimiento “popular” y “cultural”?[ix] ¿No es cierto que el estudiante estadounidense tiene, en su inmensa mayoría, unas relaciones superficiales y esporádicas, no sé si gozosas, con eso de “español,” asignatura obligatoria de lengua extranjera, o de estudios internacionales, en algunos sitios, de doble titulación con otras hermanas disciplinares mayores (lo que se llama “minor” de un “major”)? ¿No es esto de “español,” de hecho, un servicio de acompañamiento de otras disciplinas más “serias,” “escort,” o incluso de “relax” de otras cosas más “serias,”para gente joven “liberal”?

Hispanismo se constituye, por si aún hubiese algún despistado por ahí afuera, como una parcela (“subfield,” 162), de práctica habitual represiva monolingüe en español (169), con la naturalidad de la gracia diglósica estadounidense en las calles y aulas más transitadas, y en las menos, con una Realpolitik implacable y asesina [“cut-throat,” 169] para el escarmiento de los herejes y los disidentes (170-1). Resina escribe con una cierta perspectiva de “outsider” dentro de estas minorías parlamentarias hispanas y latinoamericanas, pero sin querer profundizar en las condiciones de este “parlamentarismo” dentro de la represiva matriz estadounidense. Están entonces los catorce articulistas que forman Ideologies of Hispanism, y a duras penas el que suscribe estas páginas, quiéranlo o no, en un exiguo “minifundio ideológico” (233) en la acertada expresión de John Beverley, un hispanista y latinoamericanista poco usual, cuya inclusión hubiera sido tal vez saludable (estaba del otro lado del pasillo departamental de la coordinadora del volumen hasta fechas recientes). Y Bourdieu nos mete, claro, en la burocratización de la “jaula disciplinar” con poco más alrededor. Se habla así de la “disciplina” y del “area de estudios” [“field”], pero aquí casi todos están –o estamos— medio “fuera de juego” [“afield”]. Resina no halla ningún tipo de golosina hispánica por ninguna parte, ni en el pasado del siglo XX ni en el presente de espacios universitarios reducidos alienados de una circunstancia estadounidense más amplia. Aquí no parece haber “salvaciones” de ningún tipo ni en el contexto español, ni en el catalán, y mucho menos en el contexto estadounidense (la vertiente latinoamericanista no se desarrolla). En este desierto vital de nula inspiración, la expresividad resiniana se cuela por las rendijas de la aclimatación o institucionalización hispanista y cae, en inglés, en la nada de la circunstancia estadounidense (lo no-, para- o incluso anti-institucional no se contempla). Nos las habemos con el otro lado, el oscuro, el distópico, de la holgura: trauma síquico, aislamiento o des-socialización, disciplinamiento de una memoria selectiva, dominación simbólica en reductos diminutos, del lado de acá, con escasos conductos de publicidad o publicación, etc. La pregunta de Spadaccini es pertinente: ¿cómo gestionar este tipo de disidencias a nivel programático de atracción y retención de estudiantes de licenciatura en los niveles elementales de pedagogía rudimentaria del español? ¿Cómo promover el catalán, o conocimiento en catalán, fuera de la co-oficialidad en Catalunya? ¿Es la lógica del catalanismo diferente de la españolista, o son éstas unas muñecas rusas insertadas en el bolsillo del traje del europeísmo y éste al lado del otro, del americanismo? Repito que simpatizo hasta cierto punto con la narrativa de una profesionalidad “hispánica” que dista mucho de ser auspiciadora de seductores giros epistémicos para alegría de propios y de extraños. Simpatizo menos con el radio de intervención de este diagnóstico crítico que se queda deliberadamente autocontenido o simplificado en cierto acartonamiento de la disidencia catalanista, como si el catalanismo sólo fuera saludable disidencia, dentro y fuera de Cataluña, y no la ortodoxia de los primos más ricos para que los dejen en paz en el medio de un mundo goyesco de figuras negras “hispanas” desde Nebrija hasta Aznar (esta cierta achatada historicidad es sorprendente en alguien que principió su carrera profesional en el medievalismo, como ya se ha señalado, ¿y quién se gana hoy la vida en eso de las lenguas extranjeras con una pulcritud fiel y digna por estas historicidades?). No hay gordura diacrónica que valga. Los mil años medievales se han ido por insuficientes con viento fresco. Y con ellos todo lo anterior al siglo XIX. Anoxeria diacrónica como síntoma de nuestra pobreza de miras que “infecta” la imaginación histórica de todos: eso es lo que nos constituye de manera fehaciente aun con todas las hipocresías de buena salud profesional puestas sobre la mesa oficial en los momentos pertinentes. Y estaría encantado de ver argumentos a la contra. Cuando menos, Resina no lanza vivas. Si bien, no hay en este artículo ambicioso sociologismo de amplios sectores sociales, solo reconstrucción parcial de algunas tensiones individuales con nombres supuestos en reducidos ambientes literarios-letrados. Aquí, como dijimos, no hay líneas de escape, fuga o contento. ¿Todo monismo es dolor de madre? ¿Cualquier muestra de diversidad cultural es buen comportamiento ortodoxo de liberal bienpensante? El drama auténtico es ir de nacionalista de una nacionalidad menor –y noten que no estoy citando ninguna en concreto—en las circunstancias violentas e inciertas de una geografía mayor imperial que sólo (re-)conoce de forma desdibujada, parcial y desigual, o incluso caricaturesca, la historicidad (o mutabilidad) de sus propias demarcaciones y, con mucha menos liberalidad, las ajenas. Los propios y extraños no te van a dejar saltar con fuerza a la piscina global donde nadan al lado de todas las criaturas acuáticas todas las grandes cuestiones.

Molloy recalca un panorama de falta de acomodo (“discomfort,” 189) equiparable, ciertamente, al tríptico de trauma cultural, memoria disciplinada y dominación simbólica de Resina. La nueva terna tiene que ver con post-colonialismo, traducción y la normatividad del realismo mágico. Adoptando una sorprendente perspectiva klor-de-alvalista, Molloy se distancia de la rúbrica de postcolonialismo al que considera responsable de violar la “especificidad” latinoamericana y de forjar unos “destiempos” históricos con respecto a otros colonialismos tercermundistas (los estudios postcoloniales grosso modo representarían, según Molloy, la “negación de la coetaneidad” [“denial of coevalness” de Fabian] de pluralidad de mundos de vida humana). Es precisamente este desarreglo de la referencialidad de espacio-tiempo histórico-social, hermenéutico y vivencial, de sujetos y saberes, etc. una de las prendas visibles de fenómenos mayúsculos como los de colonización, que Molloy denuncia en este artículo breve: los “estudios postcoloniales” son grosso modo la mala nomenclatura en relación al signo de ”América Latina” y como tal constituyen un mecanismo colonizador de dichas especificidades que nuestra autora dice defender. “Traducción” alude aquí al trasvase monolingüe a la lingua franca global, con la consiguiente ilusión de familiaridad, competencia lingüística, constancia de la disparidad de ranking, prestigio, etc. Esto se nos antoja un comentario paralelo a la alarma cornejopolarista ya mencionada, locus classicus de cierto latinoamericanismo monolingüe en español que ciertamente respetamos al mismo tiempo que marcamos algunas de sus carencias, por ejemplo bilingüismo y cierta falta de sensibilidad con la circunstancia inmediata estadounidense en donde se dan (mal) acomodo a algunas de estas tensiones hermenéuticas. La xenofobia siempre lo tiene siempre muy fácil con las buenas maneras en la lengua extranjera de los extranjeros aclarándose estos costumbrismos, siempre que se queden allí enredados.

Lo que bien ocurre es que Molloy puede entrar y salir con soltura de ciertos espacios con sus lenguas ordinarias u oficiales (Francia, Argentina, EEUU). Todos habremos presenciado cierta profesión cosmopolita desaforada de cierto argentinismo en el extranjero. Estas son algunas de sus “virtudes de pájaro solitario” inscritas en ciertas triangulaciones que no se casan con nadie. Con la inspiración de García Canclini y Goytisolo, Molloy deja claro en sus escasas páginas algunos de los mecanismos simplificadores que operan dentro de los EEUU con respecto a la literatura extranjera, y a otras cosas tal vez más importantes. Hay elementos auto-biográficos que ilustran la condición normalizada de informantes nativos dentro de matrices de inteligibilildad no-hispanohablantes supuestamente todo-abarcadores. ¿Y cuántos no hay por ahí fuera que no se han visto alguna vez de alguna manera con las posadoras escuetas en la silla de ruedas rotas, sin pedales y sin frenos, dictando un tanto nerviosos con dicción gruesa y con todos los adornos de sombreros y atuendos típicos, la lección de informantes nativos, siempre bieneducados, nerviosos y respetuosos con el reparto de papeles de la benemérita casa de saberes institucionales? Queda bien claro que aquí hay poco de diálogo consensual en formato comunicacional-ideal habermasiano: a uno lo meten en este formato consular-colonial, con respecto a la aparente representatividad de su nacionalidad, separada de las otras, siempre dentro de las formatos y cuotas de decencia mínima de colectividad feliz de las “naciones unidas” en la actualidad en desaveniencia matrimonial con los Estados Unidos, y algo de esto, los saben los más viejos, se cuela también en las labores más modestas o “humanitarias” de las “humanidades extranjeras. ¿Y qué posibilidades de maniobra de expresividad significativa hay para aquellas nacionalidades que no han constituido migraciones históricas a los EEUU, como la argentina? ¿Nos colgamos todos de la historia apologética de la especificidad, como de las virtudes del pájaro solitario, en un mundo desigual de bandadas de pájaros, árboles, bosques, redes globalizantes? ¿Pues no estamos ya en desbandada?

La defensa de la especificad y la singularidad (“distinctiveness,” 191) de una continentalidad, como es la aludida por el signo “América Latina,”  o “literatura,” o “colonialismo,” se complica al contemplar las redes de circulación e importancia desigual, normalmente implementada en ordenamientos geopolíticos que tienen poco en cuenta las virtudes culturales y literarias de las naciones ahí incluidas[x]. Lo hemos dejado dicho en las páginas iniciales. Uno se puede colgar del columpio de la siguiente certeza: de que la reivindicación culturalista-literaria, aupada habitualmente en (malas) estrategias de esencialismo identitario, es tal vez la única posibilidad  de expresividad intelectual que surge de, o vinculable a, dimensiones extranjeras con poca o nula presencia de números dentro de la historia de las migraciones constitutivas de lo que hoy son los Estados Unidos, y con poco o nulo poder de voz y voto geopolíticos en un formato amplio trans- or internacional (por ejemplo, sin ir más lejos, la argentina en el caso de Molloy, que la explicita con cierta gracia). Si uno piensa los estereotipos nacionales, uno se da cuenta de la pobreza de circulación de éstos –de por sí pobres—dentro  del contexto estadounidense.[xi] Este sobrecogedor vaciamiento de la dimensión internacional, se da de la mano del “desierto imperial” (la fórmula es del periodista Robert D. Kaplan)[xii], sentido como propio. Y se puede aventurar que lo aludido como la “identidad nacional” podría ser en muchos casos indicio vehemente del desdibujamiento de todo lo contrario, la fuerza de la “desidentidad,” ¿o mutabilidad, o simultánea creación, amor y destrucción?, tanto en territorios académicos como en los no-académicos más amplios. Esto nos lleva a atrevernos a generalizar: ¿Y si toda enunciación de “identidad” no es sino deseo vehemente de algún tipo de permanencia de “ser” acechado por unas impermanencias más abarcadoras de “ser y no ser,” como si el inapelable Parménides fuese hojarasca llevada de la fuerza del río heraclitiano? ¿Y cuán llamativa la especificidad o la singularidad de este u otro evento en medio de todo esto? Molloy tiene razón: eso de “mágico,” al menos en cuestiones literarias, suena a cosa “exótica,” de candilejas distantes, las cosas curiosas de los otros curiosos, poco habituales de eso de “Tercer Mundo,” nomenclatura denigrante para Molloy, y en definitiva a cosa “no nuestra,” poco acuciante, superflua, mero pasar el tiempo o tontería dentro de lo escasamente mágico de la circunstancia vivencial inmediata, al menos en las descripciones poco amables de “cultura popular” de Kaplan y otros. Pues bien, en esas estamos los lectores de Borges en el original, juntamente con los argentinos, los latinoamericanos que van de latinoamericanistas, los latinoamericanistas exóticos, los más discretos, los chinos y la inmensa mayoría de las “minorías hispánicas,” entre otros tipos humanos, tipificados o no por las institucionalizaciones estadounidenses (¿qué decir de las tipificaciones sociales en los impresos oficiales que nos llegan por correo, supuestamente sensibles a las categorías étnicas, cuando se busca empleo?). Los más viejos saben que la denuncia de la simplificación “monista,” con o sin licencias poéticas, no significa en absoluto que este mecanismo de control social se vaya a volatilizar ipso facto el día de mañana, de la misma manera que la profesión entusiasta de “diversidad cultural,” hoy incluida como carta de naturaleza “civilizada” en todos los folletos universitarios, no permitirá ciertamente a las “minorías” estadounidenses y a las “extranjerías no-estadounidenses,” por este orden de prioridad, la participación “desordenada” en los presupuestos generales del estado, en la co-presencia igualitaria en los planes de estudio y visibilidad institucional, en las ganas y los gastos, deudas, y mucho menos la reubicación de bienes “culturales” muebles o no: gatos pardos, hispanos o latinos, en la noche de los tiempos. ¿Dónde está la bala mágica que disparada con toda buena puntería desactive todos los sistemas de seguridad para el robo de las joyas “culturales” (los cinéfilos podrán recordar el certero virtuosismo de un Yves Montand en la buena película Red Circle de Melville, que ya quisiera uno para sí)?

En lo que se me alcanza, Moreiras querría construir, de buena fe creemos, un tipo de conocimiento que se escapase de los servicios inmediatos y de las instrumentalizaciones institucionales convencionales, y tal vez se podría llamar este impulso una ensoñación anarquista. Y el texto aquí incluido nos presenta una densa tela de referencias que incluye a autores dispares como Teresa de Avila, Peter Handke, Lezama Lima, Sarduy, Perlongher, etc. que sirven como nudos literarios, o incluso excusas, inter- or trans-textuales para un segundo nivel “filosófico” de marcos interpretativos que incluyen a Spinoza, Lacan, Marx, Virno, etc. ¿Solapado eurocentrismo en definitiva de este latinoamericanismo poco convencional? Este es un tupido tejido lingüístico a la manera de Paul de Man, o “demanesca,” que combina promiscuamente unos textos de procedencia literaria y filosófica. Y esta enredada madeja se pone a sí misma en juego significativa dentro de una intencionada auto-referencialidad profesional en contextos inmediatos y reducidos de departamentos de español en los Estados Unidos, que es la línea primera de fuego –o “juego”– de todos los nombres incluidos en Ideologies of Hispanism. La propuesta-deseo es de una “desubicación” [“de-localization,” en el texto, y hacemos la apreciación de que “deslocalización” es la desafortunada traducción de fenómenos como el outsourcing no necesariamente circunscritos a espacios literarios-culturales). Y esta desubicación implicaría cuerpos, textos, mentes y escrituras que no se dejasen convertir ipso facto en el sector terciario, o de servicios, de unas formalizaciones institucionales, estatales, etc. Se anhela por lo tanto una falta de forma como virtud y no como carencia. Y barroco sería el precedente histórico inspirador de algo de esto, marco de un impulso neobarroco, que vendría a ser, en el mejor de los casos, una utopía de desubicación que anidase dentro o fuera de los mecanismos de control y poder, inclusive en la constitución de los saberes que se nombran como latinoamericanismo e hispanismo. El pasado se nos puede haber ya ido pero, parece que gracias al momento barroco, no del todo.

Apoyándose en el neobarroco latinoamericano, Moreiras se calza las botas de siete leguas y arma su multi-referencialidad verbal entre medias de dos conocidas y dispares figuras como son Roberto González Echevarría y John Beverley (con buen humor, habrá que agenciarse unos paparazzis para que les hagan fotos al star-team system a la primera ocasión en que se les vea juntos tomándose unos mojitos bajo el cielo estrellado del neobarroco). Barroco sería así exceso verbal, utopismo sucio [“dirty atopics”], bonanza de desorden de signos y significaciones que al menos posibilite el atrevimiento de repensar cualquier tipo de “ubicación ontopológica,” que parece que hay que tirar por la borda. No se trata de ser sujeto contradictorio, sino de querer escribirse como sujetos difusos. De querer desmaterializarse, liquidarse como líquido pronto a evaporarse e irse a no se sabe dónde: ¿pero no esto una ensoñación que nunca pierde de vista un interés profesional? Si bien se alegra uno, hasta cierto punto, del daño que este abuso del polisilabismo, con o sin el oficio de misas negras de la metafísica, o sin duda con cierta “diablura,” pueda acarrear al inglés norteamericano convencional, en sus exageraciones de claridad y simpleza.

Barroco sería, al menos en esta lectura moreiriana, un precedente histórico rescatable, tal vez el único que haya, y tampoco hay tantos, del lado latinoamericano, o mejor latinoamericanista en un sentido profesional del término. El barroco se rescata así con el momento cubano neo-barroco de primera mita del siglo XX (Lezama Lima y Sarduy). Moreiras quiere mediar entre las dos interpretaciones, González Echevarría y Beverley, de marcado asiento institucional estadounidense, y hacer sitio para sí mismo (no hay ninguna apertura a lo que el (neo-)barroco pueda significar en un contexto no-estadounidense ni no-profesional). La autoridad de cierto Barroco latinoamericanista fundacional-identitario por canales cubanos desarrollados por González Echevarría, que se puede llamar criollismo de espejo distorsionante de modelos europeos, se contrapone al deseo por circunscribir y poner límites y carencias a “lo literario,” lo “anti-“ hay que entenderlo como voz de contra-tenor a la melodía predominante, desde una sensibilidad de “izquierdas” digamos en Beverley. Si González Echevarría busca una serie de continuidades “hispanistas” entre España y América Latina, si bien supeditándolas al privilegio de una diferenciación latinoamericanista en contextos literarios anglo-parlantes, Beverley querría buscar, a la contra, una serie de discontinuidades, incluso con una sensibilidad “modernista,” con o sin revoloteos en las flores postmodernas, de “rompimientos” de moldes pre-establecidos dentro del espacio literario de constitución literario-letrada dentro de convencionales ámbitos nacional/istas, o incluso continentalistas promovidos por cierto latinoamericanismo (Beverley dialoga con Moreiras, y González Echevarría con ninguno). Digámoslo de otra manera: el profesor de Yale no parece interesado en absoluto en un sostenimiento de unos desórdenes, y mucho menos en rompimientos de grandes marcos interpretativos de “literaturas comparadas,” y tampoco desde luego en posibles “protestaciones” o insurrecciones que pongan en tela de juicio algunas de las limitaciones, tensiones, desigualdades de expresividades de la “latinidad,” europea o americana, dentro de los Estados Unidos; y el profesor de Pittsburg perseguiría todos estos intereses. De la misma manera, González Echevarría profesa una fidelidad profesional cubana (Lezama Lima y Sarduy), dentro de una disidencia anti-castrista y visión amplia y  panorámica, paralela por ejemplo a la línea calibanesca de “teoría” o convergencia explicativa de la literatura hispanoamericana de Fernández Retamar; y Beverley intentaría enriquecer esta misma línea desde una posición solidaria con el castrismo, si bien de una manera mucho más cosmopolita, ecléctica, “subalternista,” desordenada, infiel con respecto a nacionalidades propias y ajenas, fuentes de inspiración canónicas o marginales, modelos interpretativos establecidos o novedosos, trayectorias intelectuales predecibles o no, etc. Simplifico, pero sé que lo hago: veo en esencia al profesor de Yale montando una defensa de la especificidad de la literatura en la línea bloomiana de espléndida soledad de “la gran literatura,” si bien circunscrita comparativamente a las lenguas romances, y con escasos asedios a la hegemonía anglo, y veo al profesor de Pittsburg en una línea blancoaguinesca de historia social con un énfasis en lucha de grupos sociales, y con una predilección por grupos desfavorecidos y sus acordes maneras literarias sin ningún tipo de deseos de apartamiento social (ambos constituyen excepciones a la norma en la combinación de peninsularismo y latinoamericanismo con énfasis “normal” en la segunda vertiente del lado de acá del Atlántico). Y a Moreiras lo veo practicando una tercera vía, que a él siempre le ha gustado, de la diseminación, a la derridiana-demanesca manera, de algunas de estas transtextualidades de juego combinatorio, pero siempre circunscritas a las ubicaciones académicas. Moreiras diría algo así como que le gustaría pensar las negativas de no-conocimiento, no-literario, no-poder, etc. Y así explora, usa y abusa de la intertextualidad con un impresionante multi-referencialidad de signos textuales que no parecen tener ni medida, ni pudor, ni orden ni límite. Tal vez ahí esté la gracia. Llega a poetizar, nietzscheanamente, con los líquidos de los ojos del mulo de la poesía de Lezama Lima, y con los “pasos” de las serpientes de Perlongher. ¿Cómo se comen estas exquisiteces que rayan a ratos, o a menudo, en la (auto-) parodia? Parece que se trata de buscar alternativas de escritura/pensamiento a imparables procesos de reificación. Y aquí se nos incluyen referencias a Marx, mientras se critican algunos de los supuestos de los mecanismos identitarios propios de intelectuales “regionalistas,” es decir, aquellos latinoamericanistas que se quedan dóciles en las cajitas chinas, o las muñecas rusas, a ellos asignados graciosamente por los mecanismos imperiales de estudios de area de importancia desigual. Hay un impulso poético-lúdico en esta escritura que explicita un sujeto diciente que se cubre una y otra vez de identidades o de máscaras (y esto será lo que le criticará Epps). Y ¿qué es la vida (académica) sino este juego de identidades más o menos enmascaradas?

De “identidades,” parece, va el juego. En general, se puede decir que si eso de “hispanismo” lo suele practicar un individuo de malhadada nacionalidad española, el español va de españolista con todas sus variaciones o disidencias, por ejemplo el catalanismo, y a la vera de las ascuas de esta hoguera escueta en el descampado institucional estadounidense, el latinoamericano va de latinoamericanista con todas sus variaciones o disidencias, por ejemplo indigenismo, literatura testimonial, “culturalismo,” o subalternismo, y contados son los casos que se saltan este disciplinamiento de extranjerías “latiniparlas” (recordemos, con humor, la anécdota que nos cuenta que Dan Quayle “acertó” que en América “Latina” se habla “latín:” su literalismo perdió la pista al galicismo naturalizado en su propia lengua materna con escasa o nula sensibilidad para el juego de lenguas; algunos “nativos” se pasman de la infinita diversidad de la lengua inglesa diferente de la suya). Moreiras es una cierta excepción a esta norma adelantada que se iría más bien, creo yo, por un deseo cosmopolita que se escapase de todos estos apresamientos institucionales y disciplinarios, se den éstos en la nacionalidad que sea. ¿Lo consigue? O mejor, ¿se puede conseguir? ¿Es factible? ¿Lo hace su escritura factible o deseable? ¿Y desde cuándo nos creemos que vamos a apresar el oscuro objeto de deseo? La maquinaria verbal moreiriana –que no confundirla con la original latina del canciller inglés, autor de la primera utopía– “juega” con las alusiones combinatorias a la saeta, el paso, la murga, al carbón, al paso, al alpechín. No seré yo quien, en estos despoblados estadounidenses, silenciosos a morir a poco que se apaguen todos los mensajes publicitarios, condene el gusto por la exageración o barroquismo alusivo de la verbalización. Esto es, tal vez, una poetización de huida de objetividades institucionales: opción válida, que además coincide convenientemente con la suma profesionalización de deseo y actividad pública aun cuando se digan algunos descontentos. Empatizo, claro, ya desde algunos deslindes, con los deseos de salirse de todas las matrices de inteligibilidad habidas y por haber, en Moreiras y en otros, hasta cierto punto (y uno podrá servirse, al menos en contextos informales, de los mexicanismos que tienen el signo de “madre” en el punto de mira pasional). Pero no puedo evitar tener una sensación de lector como si fuera un ratón hamster dándole a la rueda de la institucionalización, y a la vírgula del lenguaje, que se cuelga de un signo, y busca el contrario, y lo duplica, y lo dobla y desdobla, y da un paso hacia un lado, y luego hacia otro, y se cuelga de esta referencia y de esta otra, y dice sí, y luego no, y poner límites a esto, para luego doblarlos, abrirlos y cerrarlos, para luego jugar con ellos, etc. No puedo evitar tener una sensación de bochinche y de escamoteo, como si todo esto fuese un virtuosismo de logomaquia, de “mero” juego verbal, de cierto tipo de burla, de boutade que en definitiva juega sobre seguro. ¿Cuáles son las prendas preciadas que se arriesgan aquí?

Hay algo de querer jugar a cierta ficción anarquista pero asegurándose bien de que se cumple todos los días con las obligaciones laborales de la burocracia cultural-literaria de eso que se llama “latinoamericanismo.” ¿Y por cuánto tiempo? Esta prosa provoca una sensación, al menos en este lector, de aplanamiento o unidimensionalidad de contextos dispares (Teresa de Avila, Peter Handke, Lezama Lima, Sarduy, Perlongher, etc.) y de universalización de autores filosóficos de la gran tradición europea. ¿Pues no es “filosofía” el signo de cierta exquisitez de los menos para con un cierto horizonte de europeísmo universalista, con o sin disidencias latinoamericanistas que Moreiras no practica al menos en relación a la tradición filosófica europea (y tampoco parece estar interesado en disidencias “hispánicas” con respecto a esta gran tradición)? El marco de inteligibilidad es un corpus literario-filosófico, o europeo-americano, con un centramiento, por necesidad profesional, en la materia prima literaria, en la modalidad hispanohablante “moderna.” Al final, uno se queda no con la reconstrucción pormenorizada de ninguno de los autores individuales traídos a colación; no se nos construye ningún paisaje histórico que no sea la inmediatez profesional estadounidense en la cronología de los últimos veinte años con las tensiones individuales cercanas a todos en diversos grados y con las que simpatizamos hasta cierto punto. Los autores filosóficos vienen y van para ilustrar uno u otro aspecto pero también son recreados con todo el mimo que se merecerían. Hay algo de apilamiento, de cajón de sastre. Hay también un fuerte grado de impresionismo alusivo que tiende más a la saturación antes que al minimalismo. Hay algo también de autismo profesional que tiene bien en cuenta a quién priorizar, cómo y dónde. Cierta familiaridad con el sujeto escribidor en cuestión, nos añadirá, tal vez, otros marcos de referencialidad alternativos, aun cuando no se explicitan. Este malabarismo verbal tiene algo de confesada “pasión triste,” con o sin Spinoza, de buen hacer, o al menos de suficiente quehacer profesional-burocrático, con o sin búsqueda de la salida de estas pesadillas, salvo que se trivialicen todas, y con ellas, la misma práctica de la escritura y del pensamiento. ¿Hay un afuera al discurso académico-universitario? La singularidad de todos estos signos incluidos en la interrogación es falsa: muchos. Otra cosa es que el reducidísimo espacio social por donde circula este tipo de discurso humanístico, un acusado idiolecto diglósico eminentemente para los pocos, o las “minorías,” y que defiende su propia supervivencia con distanciamientos y alienaciones de otros muchos espacios en la gran calle estadounidense en donde juegan a la pelota saberes otros, llámense de buena fe latinoamericanismo e hispanismo o no.

Epps parece de alguna manera haber caído en las seducciones “oscuras” del autor anterior. No en vano, su artículo queda prendado, y prendido, como nosotros de la aliteración, de ciertas opacidades imputadas a un cierto retraimiento biográfico (“strategic withholding,”250) ejemplificado por la escritura eminentemente profesional de Moreiras. Epps desempolva, hasta cierto punto, algunos de estas estrategias (y no seré yo el que achaque a nadie los pecados de opacidad, u oscuridad, especialmente en un trasfondo de “transparencia” de comunicación convencional estadounidense en ámbitos comunicacionales, publicitarios, mercantiles, etc.). Epps acusa a Moreiras de tener una relación elíptica, centrífuga (elliptical, “extimate” [sic] relation, 258) con respecto a su objeto de estudio, “América Latina,” tanto a nivel personal como profesional (258). Tanto monta: la personalidad y la profesionalidad. Y la falta de la primera sería no escribir y el desempleo, entre otras opciones (im-)posibles. Y el artículo de Epps se monta entonces en relación a esta supuesta falta de “claridad:” las prendas profesionales de Moreiras esconden la personalidad de Moreiras, y esto parece importarle a Epps que imagino que querrá llevar algo de todo esto a un plano de colectividad más allá de los posibles amores que podamos sentir por el objeto concreto de amor oscuro (aclaro que “profesionalidad” no es necesariamente un bien obvio, al menos en mi lenguaje). Pero Moreiras, imagino, que importa en la medida en que es signo, cifra, o síntoma, de un cierto colectivismo profesional, aterido o no, en el que se inserte. Pero hay falta de acuerdo, según Epps. Y esta falta de acuerdo entre profesionalidad y personalidad es estar, aparentemente, fuera del espíritu de los tiempos [“inability to be in sync of our times,” 258]. No entiendo bien qué se quiere decir esto, pero sí entiendo que Epps quiere desarrollar una versión “existencialista” o “personalista” no necesariamente indócil a las exigencias de los condicionamientos profesionales, aun cuando haya algunos apartes de un malestar mitigado con respecto a su propia institución que, aupada en Don Dinero, no carece de abogados defensores. Moreiras es, por lo tanto, culpable de un vaciamiento de cualquier particularismo biográfico-individual (260), lo cual es congruente, creo yo, con la propia crítica de éste con respecto a “gestos enfáticos [maniacal] identitarios, miméticos, y diferenciales” propios de intelectual regional/ista (221); y que también es revelador constatar la normalidad de la desproporción entre América Latina, que se codifica como región, sin que se suela “descalzar” habitualmente en ambientes pedagógicos en formatos naciones individuales a diferencia de “España,” ahora con sus cuatro nacionalismos, con o sin modalidad monista del disgusto resiniano, con escasas vinculaciones a marcos continentales más amplios. Regionalismo sería aceptación dócil de una metonimia de “parte” de un “todo,” y lo que parece importar es cómo llegar a este todo, y cómo pelearlo. Y aquí estamos más cerca de las pretendidas opacidades de Moreiras que del llamado eppsiano, canto de sirenas, a las claridades.

Hay un mucho aquí de cierto autismo profesional que mira “los muros de la institución mía,” los ve medio rotos, desfallece un tanto, se percibe medio mal situado en un “yo” escueto sin un eco social apreciable, y con o sin el ajuste de los quevedos frente al espejo, se desdice pronto de los desfallecimientos y retorna a los quehaceres, a la escritura, se aferra a esos mismos muros y a esas grietas, engorda el curriculum vitae y tira para adelante. ¿Para dónde sino? (la fuerte ausencia de un sentido del humor siquiera como modalidad hermenéutica poco respetuosa con la seriedad de lo dado, caracteriza la colección de artículos que ocupa nuestros ocios, como caracteriza también cierto academicismo de buen comportamiento, con su acostumbrado tono neutro, objeto, de pasión mitigada, de frígida experiencia existencial, con el correspondiente vaciamiento de la circunstancia más inmediata y tensa, como si ésta no viniera a cuento… y este academicismo el que sabe respetar muy bien la demarcación de líneas entre la pertinencia y la impertinencia en la arena de la playa sucia de todos los naufragios). Aquí tenemos un amago de lo contrario, pero que no llega a ninguna parte: la individualidad profesional de Epps pone en el “círculo rojo” la de Moreiras, pero no en una situación drástica de confrontación, o duelo, sino en una crítica finalmente elogiosa. Se podría tal vez aventurar que hay una asunción de cierta trivialización de la actividad crítica que sabe que tiene que comportarse bien, de manera comedida, para poder circular dentro de ciertos contextos institucionales y que nunca tirará de pronunciamientos drásticos o radicales. ¿Cuáles podrían ser estos? ¿Hay algunas de estas “perlas” en Ideologies of Hispanism que nos ayuden a descolocar los muebles disciplinarios dentro de marcos de inteligibilidad más amplios? Epps se mete en el “círculo rojo” y dedica y da las gracias a Moreiras y uno tiene la sensación de que ahí se queda en definitiva la cosa elogiosa, aun cuando publicite algunos elementos de su propia biografía, como cierto contrapunto “identitario” a un silenciamento biográfico de Moreiras que considera reprehensible e incluso exasperante (259). Hay en Epps una cierta actitud de agente de aduanas que nos recuerda a la figura de David (Christopher Plummer) y su interacción con Raffi (David Alqay) en la gran película Ararat de Atom Egoyan: Epps al final deja pasar a Moreiras presintiendo, o sabiendo, que hay trampa, como David deja que Raffi entre en Canadá de su viaje a Turquía con la sustancia ilegal escondida con los rollos de las películas de tema extranjero. Al vuelo de toda insinuación de nativismo, hay siempre xenofobias, solapadas o descaradas, también dentro, claro, de prácticas burocráticas de instituciones privadas, calculadoramente “liberales” en este país y en otros (“xenofobia” es, por cierto, una palabra que Epps no usa).

Que las universidades estadounidenses puedan no ser el lugar utópico-ideal para las mejores obras del pensamiento y de la escritura en la lengua que sea, nos lo recuerda Epps (233): verdad verdadera cuyo lento gotear estamos empezando a sentir ya en los huesos húmedos. Lo cual lo honra; lo que ocurre es que cierto reconocimiento a estas alturas del calendario del nuevo siglo, siempre que no se acompañe de una visión más amplia, digamos que “despersonalizada,” tipo Readings, o Aronowitz[xiii], para no colgarnos ahora de ariscas modalidades althusserianas, no hace ningún tipo de daño, más bien todo lo contrario, se agradece, desde ciertos contextos “deshumanizados,” todo este tipo de expresión sincera de cierto descontento individual, que, por otra parte, siempre es más fácil para unos “nativos” que para otros “nativos” de otros lares. Hay una serie de apreciaciones “nativistas” que son siempre un tanto complicadas de manejar de una manera sostenida: ¿Cuántos “españoles” conoces tú, querido lector, que puedan y quieran hacer una crítica radical a los asentamientos institucionales en donde se encuentran? ¿Y cuántos hay que sean, puedan y quieran ser, y les dejen ser, latinoamericanistas por ejemplo? ¿Cuántos latinoamericanistas, que sean, puedan y quieran ser, y les dejen ser “hispanistas” si es que hoy merezca esto la pena? ¿Cuántos extranjeros, naturalizados o no, que sean “minorías”? ¿Cuán gráciles se pasean las nacionalidades por las departamentalizaciones de conocimiento/poder dentro de la matriz estadounidense? ¿Qué tal se mezclan unos con los otros? ¿Cuántos espejos distorsionantes y sujetos contradictorios necesitamos encima de la mesa de negociación? ¿Cuán opaco es esto? ¿Qué tiene de raro que algunos muestren en el hojal el botón de muestra nacional (que yo recuerde ahora, sólo Molloy lo hace consigo misma, y otros hacen bien al ponerlo en el jarrón en el rincón del cuarto oscuro con todas las flores medio muertas).  Hay, si se nos permite, una apremiante individualidad –y como tal insuficiente– en el acercamiento de Epps que no nos ayuda a enmarcar unas estructuras cómplices mayores. ¿Qué sería aquí eso de “salvar las circunstancias”? ¿Y condenarlas?  ¿Y qué implicaría esto último? ¿Necesariamente la salida hacia no sé dónde? No es la condena, desde luego, la intención primordial de Epps que quiere, sin embargo, aclarar sus apreciaciones de oscuridad y exponer, hasta cierto punto, la profesión de un personalismo reticente de otro colega (que sepamos, lo de “personalismo” lo puso de moda en su día Castro para contrarrestar los “riesgos,” en su estimación, de las “excesivas” abstracciones hegelianas; algo de esto es lo que, salvando las distancias, hace Epps con Moreiras, pero sin “impertinencias”). Y uno está echando de menos –y tampoco tiene tanta edad como para estas cosas—una frescura de ciertas “impertinencias” que no caben en los sacos rotos profesionales y todas sus buenas maneras bienpensantes y profesionales de todos los días con sus noches.

Ahora bien, hay un salto excesivo, o de gato listo con las siete botas, entre lo que puede estar pasando por algunos departamentos de español en los EEUU y lo que pueda estar pasando por las geografías foráneas de América Latina y de España (o de China, Marruecos, Malasia, o Mongolia), que tal vez haya que filmarlo a cámara lenta en la cámara de vídeo doméstica para pensarlo detenidamente. ¿Son los departamentos los obligados pasos de aduana oficiales por los que tienen necesariamente que pasar los individuos sobresalientes y las mercancías codiciables de las geografías que sean? Hay, claro, contactos puntuales entre individuos, redes, debates, de poco más que cuatro gatos, con o sin botas, ninguneados por unos silenciamientos “deshumanizados” continentales, lo cual nos puede detener un tanto el uso de la lengua al lado de la goma de mascar ya desgastada con la fácil práctica de hablar de “América Latina,” “España” o “EEUU,” para no hablar de “identidad” o “diversidad” de una u otra dimensión mayúscula.  Dicho de otra manera: hay que echar un poco de sal gorda a la supuesta mediación que, de manera convencional, dichas institucionalizaciones de “español” se arrogan para sí como una presunta legitimidad, cuando otras muchas ya se han caído hace mucho tiempo: la de ser informantes nativos, exegetas de maneras “exóticas,” portavoces, comentaristas o incluso normales representantes, a la manera de figuras consulares, de lo que pueda estar pasando por ahí por un afuera. Para el “imperio,” y que no se asuste nadie con este tipo de lenguaje ya habitual en prensa y estudios internacionales, al menos desde los 1980s, es mejor que los foráneos cuenten lo que pasa fuera, pero que no lo compliquen mucho con los ordenamientos internos. Eso sí que no. Por lo tanto, las “ideologías” de eso de “hispanismo” no se desdicen de una constitución normal de foraneidad o de extranjería de sujetos productores de conocimiento de referencialidad socio-histórico-geográfica “externa” como marca subordinante de cierto tipo de estudios ornamentales, los “liberales” o las “humanidades,” dentro de una matriz nacionalista-imperialista xenófoba con magros disimulos. El latinoamericanismo, aun cuando más fuerte, participa de lo mismo, al menos hasta la fecha presente.

¿Y si fuera mejor “salirse” de los focos publicitarios de estas instituciones, y sus literaturas oficiales, al menos de cuando en cuando, y merodear por los ángulos oscuros, las partes de atrás de todas las fachadas, las aulas medio vacías, los cuartos sin ventanas, las buhardillas, los trasteros con baúles que guarden las prendas de los domingos y las de los días de la semana? ¿Nos atrevamos a levantar los manteles –algunas faldas—para ver las patas de palo del mundo oficial? ¿Algunas patas de palo en el artículo de Epps? ¿Algunas patas de palo en Ideologies of Hispanism? ¿Pues no es posible aprender español fuera de los departamentos de español, saber de “América Latina” fuera de los Institutos de América Latina, etc.? ¿No tienen unidades para-“españolas” un tremendo impacto significativo en eso de “español”? ¿No son unidades para-humanísticas la causa o el motor de transformaciones internas en estos espacios menores? Hay una cierta naturalización, con o sin descontento aparente, de los mecanismos institucionalizadores que se toman como la circunstancia fundamental (el volumen entero de Ideologies of Hispanism naturaliza esta pertenencia a la profesionalidad estadounidense de “español,” el que está fuera, está fuera, y hay muchos que están fuera y hay muchos afueras). Ya sabemos de manera vivencial algo de lo que esconden las maneras blandas y poco expresivas, los rostros hundidos y huidizos y en muchos casos la mala prosa de algunos mánagers de secciones de humanidades extranjeras, raramente extranjerizantes, al menos en ciertos contextos privatizados de supuesto conocimiento de nivel educativo avanzado y “liberal.” En estos ambientes, Epps remacha la difícil puesta en situación de compra-venta de la mercancía de “España” en el contexto estadounidense actual (234), y esta apreciación se hace con un amor ecuménico desde una profesionalidad peninsularista y  catalanista y latinoamericanista. Este apretado cocktail no se atreven muchos a bebérselo en público. Que el “yo” aislado no es sólo lo que diga o haga la institución, pues muy bien: de nuevo, gran verdad. Que este “yo” presenta un juego combinatorio, o strip tease, de claridades y oscuridades, siempre en la circunstancia profesional de las lenguas y culturas extranjeras, pues también es cierto, esto lo hacemos todos. Que lo mucho que sea ese “yo,” o “esté” donde “esté,” cuando esté temporalmente fuera de la institución, se lo puede guardar debajo del sobaco, porque a nadie le importa, pues también es verdad, salvo que haya algún atisbo de sombra de algún tipo, el que sea, de una colectividad. Bajo la lluvia de ahí fuera podrá cantar feliz el “yo” todo lo que quiera, pero cuando entre en la institución, tendrá que cerrar el paraguas, y hacer cola con sus identidades en la palma abierta de la mano para la recepción de los premios y castigos, disciplinamientos y desidias.

Epps le imputa a Moreiras un ejercicio de impersonalidad (236), o una cierta no-posicionalidad que cualquier paseo por las aduanas y fronteras desmiente en seguida (237). Le saca, entonces, del cajón algunos de los calcetines “personales:” nacionalidad, vida familiar, ubicación profesional, ciertos “excesos” de una supuesta radicalidad de anonimia o encubrimiento de las pertenencias a patrias grandes o chicas, como si hubiese algo de trampa gato listo en Moreiras (240), que lo hay. Se podrían haber añadido otras características “identitarias.” Y es bien cierto que la condición apátrida, la indocumentación, la anonimia, la apostasía, no son posibles en este mundo, de la misma manera que el anti-profesionalismo auténtico, el desempleo, no es plato de gusto de los más. ¿Será éste último alguna vez al menos síntoma de valentía, de valor y de honestidad? Se critica de manera no convincente el supuesto nihilista (la querencia al no-valor) de Moreiras, de raigambre nietzcheana, que consiste en criticar, para “dar la murga” que diría él (217), invocando el nombre de “nada” (242, 246). Esto de “nada” no le conmueve a nuestro amable profesor de cierta Universidad todopoderosa, explicitada en el artículo. Epps parece que se queda un tanto descolocado con esta suspensión indefinida, o deseo de transvaloración con respecto a los valores que se quiera. Y se acerca, no sin incongruencia, a Sarlo dentro de una serie de debates (Sarlo/Moreiras); y a Achugar, cuya cita inicial se incluye en debates conocidos entre cierto latinoamericanismo representado por Moraña y Achugar y sectores de estudios culturalista y subalternos, a los que ahora no nos vamos a referir en estas páginas que ya son muchas. Esto parece no venir a cuento. Epps propone la necesidad de las “monografías” puntuales y concretas, y defiende una sensibilidad, que parece ser la suya asumida profesionalmente, “minoritaria,” “identitaria,” experiencial, de amor a la literatura (260), individual/ista, que se sabe desplazada, frágil, subalterna, o desacostumbrada, queer o de “bicho raro.” Epps se “localiza” de la misma manera que Moreiras se quiere deslocalizar pero ambos están en la misma localidad profesional de “español” universitario en los EEUU. Todo queda aquí entre amigos porque la verdadera hostilidad profesional consiste en no nombrar nunca por escrito a la persona non grata.

Avelar pone certeramente la antes mentada condición de extranjería de sujetos y de saberes en el centro de la diana. Este es el quid de la cuestión, o la llaga de dolor y de fragilidad, tanto del latinoamericanismo como del hispanismo, si es que  vamos a querer seguir manteniendo, con toda pulcritud, una fidelidad a ciertas diferencias disciplinarias. A la extranjería la acompaña de cerca su prima hermana, la xenofobia, o repudio velado o descubierto de las cosas de “los otros” en el contexto estadounidense posterior al 11 de Setiembre. Avelar incluye unas viñetas procedentes de los medios de comunicación con respecto a un efecto distorsionante que dicho suceso ha tenido, y tiene hasta la fecha presente, en relación por ejemplo a horrores como la justificación ordinaria que uno se puede encontrar de la práctica de la tortura como “mal menor,” o fenómenos como Abu Ghraib y Guantánamo para no hablar del Patriot Act.  Y con este clima enrarecido en los espacios mayores se alude a los flacos departamentos de humanidades con sus beneméritos procesos de obtención de la plaza en propiedad [“tenure”] en donde también anida, ¿cómo podría ser menos?, idéntica constitución xenófoba de la extranjería. ¿Y quién puede dudar de que los  números son apreciables, incluso mayoritarios de los dos campos de estudios “transplantados” directamente implicados en estas páginas? Mutatis mutandis se puede hablar de estos dos campos de conocimiento (latinoamericanismo e hispanismo) como Octavio Paz habló en su día de la literatura colonial en el contexto de la literatura hispanoamericana. Y ahí dejamos que persigan esta sugerencia los pocos que se atrevan con estas grosuras diacrónicas en la lengua extranjera en la que está escrito este artículo-reseña. Tensiones, malentendidos, modalidades no consensuadas de conocimiento, convenciones de escritura del ensayo o  de trabajo escrito (el dichoso “paper”), etc. Concluye Avelar con lo dañino que toda esta situación resulta para el latinoamericanismo (diaspórico), una disciplina frágil, en un doble punto de vista epistemológico e institucional (279), dentro de la fragilidad mayúscula de las humanidades. Es encomiable esta declaración sincera de una desposesión cotidiana de las “humanidades,” en sus vertientes “latinas” y “americanas;” y tal vez dar carta de naturaleza de esta condición social de fragilidad sea el principio del fin hoy por hoy constitutiva de esta actividad de las “letras.”

El latinoamericanismo cabe aquí, aunque de mala manera, con su proverbial falta de autoreflexividad crítica (270). Distanciándose de Sarlo, Achugar y Perroné Moisés, el acercamiento de Avelar, llamémoslo con comillas “culturalista,” combina esferas de educación, los medios de comunicación de masas y algunas de las trayectorias institucionales de constitución precaria del latinoamericanismo diaspórico con un especial hincapié en el contexto estadounidense. Así, no es nada raro que el sambenito de “extranjero” adorne por partida doble, a manera de diademas, los saberes  y los sujetos productores de esos saberes enmarcados en unidades “hispanistas” y “latinoamericanistas.” Lo extranjero no se constituye habitualmente como saber extranjerizante digna, sino como una dimensión subalterna, atrasada, degradada, o a la baja, servicial y decorativa, para la constitución implícita o explícita de una supremacía americanista de sujetos nativistas y saberes autóctonos (el caso más claro lo constituyen algunas de las visiones amplias dentro de los formatos geopolíticos antes aludidos). Y es así que resulta desasosegante presenciar algunos de los gestos novo-conversos de los  “latinos,” con suerte no todos (estos gestos entre los “extranjeros” resultan anómalos, forzados, poco sinceros). Sin tener que fetichizar el uso de las lenguas, la disparidad de las dos lenguas nacionales (inglés y español) es, aquí, sencillamente brutal y resulta dificilísimo intentar levantar una “defensa” de la segunda, constatable “especie en vías de extinción” en las segundas y terceras generaciones “de origen hispano,” con otro tipo de argumentos que no sean los propios de utilidad, uso y consumo, poder adquisitivo creciente por parte de estos grupos sociales, superficialidad mediática, etc. Avelar denuncia con certeza la actitud general de escasa creatividad, incluso de cobardía y de complicidad del aparato universitario con las líneas generales político-administrativas de este país imperial. Es difícil no estar de acuerdo con esto en líneas generales, y es también difícil ser consecuente con las implicaciones de disidencia permanente de esta denuncia al menos para lo que conllevan las actividades de pensamiento y escritura con o sin sus ambientes pedagógicos deseables. Las matizaciones que se pueden añadir, como lo hace Spadaccini al final del volumen, no cambian en lo sustancial esta gran verdad. ¿Qué hacer y qué no hacer con la fragilidad y la denuncia dentro de espacios institucionales de “lenguas modernas”? La pregunta es complicada y no se trata de echar ahora escasa agua bendita a los cuernos alargados y retorcidos de la “bestia” que se nos suele presentar arropada con todas las banderas tricolores de la libertad, igualdad y democracia, que nadie se cree (la buena película El Día de la Bestia (1995) de Alex de la Iglesia representa una plausible inversión del valor convencional de lo que se suele llamar “diablo,” o lo “maldito,” o el anticristo, con una estética de horror “gore” contra cualquier tipo de nacionalismo). Esta falta de creencia en las buenas maneras propiciadas por el asentamiento “estadounidense” como modalidad universalizante, o incluso como formato deseable, no se las cree nadie, pero esto no quita que el mensaje, también el “hispanista” y el “latinoamericanista” en algunos casos, cese de repetirse el día de mañana y que estas maneras dejen de colarse por geografías insospechadas. Que un constructo de “exterioridad” se denigra de una manera sistematica en un contexto nacional-no-socialista estadounidense, esto no creo que a estas alturas de calendario lo dude nadie (sólo hace falta ver la presencia disminuida de dichos productos y sujetos “culturales” en los medios de comunicación ordinaria). Que este mecanismo es más difícil de desmontar de lo que parece, no cabe tampoco ninguna duda. ¿Cómo, cuándo y dónde contrarrestar la manufactura mediática de todos los consensos, según la conocida fórmula chomskiana, y la generalidad, antes señalada, de la simplificación de fórmula “hollywoodiana” que inserta la narrativa nacional-imperial de los EEUU de manera “excepcional” en la gran narrativa de la historia del mundo ancho y ajeno como el sumo bien, como la nación indispensable amenazada por todas las otras? ¿Pero no se arma cualquier modelo nacional/ista, implícita o explícitimante, sobre este tipo de bases xenófobas? ¿Y qué modelos alternativos convincentes de constitución de otro tipo de sociedad habría a esta normalidad nacional/ista? ¿Multiperspectivismo culturalista de ecumenismo tolerante con todas las diferencias tolerables? ¿Condición apátrida? ¿Cosmopolitismo? ¿No-clasismo de sociedad de clases? ¿El hermanamiento de sectores marginales? ¿La plasticidad o proliferación centrífuga de diferencias identitarias descentradas de cualquier “centro”? ¿La indiferencia de todas estas diferencias o identidades “culturales”?

La incómoda condición de “extranjería” se puede disimular, acallar, contener, asimilar, allanar, o todo lo contrario. Me quedo con la segunda opción en la disyuntiva[xiv]. Se la puede pintar de indeseable, como lo sugerido por lo “otro estadounidense” (aludido en inglés por “un-American”), o a la manera lírica kavafiana, verla a la contra como deseable deseo de renacimiento frente a carencias propias. Me quedo con lo segundo. Se puede poner dicha noción incómoda en relación con el mundo de las naciones (des-)unidas, y con sus negociaciones de aduanas y fronteras, dentro del marco del internacionalismo sacudido por la fuerte impronta de las relaciones de los EEUU con el resto del mundo; y también con las migraciones y trasvases de personas, ideas, objetos de unas naciones a otras, emigraciones y transplantes; también con la “inteligencia” oficial y sus secretos y guerras sucias (y aquí hay que constatar como el inglés norteamericano hasta la fecha no hay normalizado el concepto de “terrorismo de estado,” como tampoco lo ha hecho con “anti-hispanismo”); también relacionar extranjería con la esfera económica (el indicador “international investment position” en inglés, por ejemplo, que cuantifica la relación económica de transacción de Estados Unidos con el resto del mundo, como si ambas dimensiones fueran equiparables), etc. Uno puede pensar la constitución de extranjería de eso de “español” en contextos cercanos como el de la Modern Languages Association, sin olvidarnos de los contextos burocrático-letrados con sus mecanismos profesionales de aceptación, promoción, extrañamiento y alienación.

Si el concepto de “extranjería” se puede entender de manera xenófoba y racista como lo que ha llegado sin invitación, lo diferente o incluso incomprehensible, lo atrasado, lo rechazado, lo repudiado y abyecto, uno también puede insertarlo, digamos que a la manera hegeliana, como aquello que nos constituye íntimamente, como lo “otro” que somos con respecto a nosotros mismos y a otros. Tal vez como la misma falta de claridad, o nudo de contradicción, u opacidades de nosotros con nosotros mismos. La violencia de la abyección puede venir de nosotros mismos y llegar a constituirnos de una manera importante, y ser franco, coherente y hermosamente verbal con las abyecciones propias, sean conscientes o no, es poco usual. Ideologies of Hispanism contiene algo de esta ausencia de reconocimiento intelectual de esta abyección en tanto que emocionalidad propia de unas extranjerías más o menos mal ubicadas, a título personal y profesional, si bien de manera desigual, en casi todos los nombres incluidos (los dos extremos podrían ser el de Resina y Shumway, a quien veremos seguidamente). Y la constatación de las limitaciones propias en contextos no siempre benefactores con la vitalidad de la inteligencia humanística son de complicado manejo: toda una vida académica puede haberse constituido desdiciéndose de dichas limitaciones, ignorándolas, o pintándolas de otros colores, analizándolas anegando la buena o mala suerte individual en los menesteres rastreables de una colectividad profesional, aun a sabiendas de que dicha pasión crítica pueda no llegar a modificar en lo sustancial dichas limitaciones al menos durante la biografía de dicho sujeto diciente que se atreva a dejar constancia de ello. Y no hay tantos que se atrevan a ello.

Digámoslo así: la extranjería es “germanías,” barbarie, “germánicas,” incluso “germanescas,” con respecto a las “latinidades” civilizatorias de “mundo romano,” hoy asumido como precedente insistente por ciertos sectores portavoces del occidente liberal, y en fechas recientes como la moda televisiva y cinéfila. Es aquí donde todavía están todos los prestigios culturales, culteranismos y cultismos, si bien con acento de actor británico.  Kavafy, ya mencionado antes, nos puede ayudar tal vez a hacer estas extranjerías deseables en la medida en que se puedan atrever a formular una serie de propuestas convincentes de enunciación de una coyuntura o crisis, y la utopía de una mejoría del presente “orden de cosas,” incluso de un renacimiento, que como estamos viendo en este recuento pormenorizado dista mucho de ser ideal para la inmensa mayoría de los nombres recogidos en Ideologies of Hispanism. Puestos a imaginar: ¿cuál podría haber sido la condición utópica-ideal de las ideologías del hispanismo –sin olvidarnos del latinoamericanismo? Con el paulatino debilitamiento dentro del general distanciamiento estadounidense de “Europa,” el latinoamericanismo constituye una posible “identidad de extranjería,” una entre tantas, que puede permitir, al menos en ciertos contextos, encararse con la distópica naturalidad circunstancial estadounidense a pie de vivencia de calle, aula, supermercado, medios de comunicación, etc., y “extrañarla” en cierta medida. Pensar, con o sin Hegel, las promesas de desorden de esta “identidad de extranjería” que nos constituye, que no son los otros, sino que somos nosotros para con nosotros mismos, que es donde estamos, o de “sujeto contradictorio,” o de “sujeto enmascarado” situado en un haz multi-relacional, es una de las empresas más deseables e imperiosas que podamos acometer. Y eso es precisamente lo que estamos intentando con las aseveraciones sobresalientes incluidas en Ideologies of Hispanism. La erradicación de todo indicio o pulsión de deseo de bien político y social, intelectual o “cultural,” proveniente de una condición de extranjería es precisamente el horror xenófobo que caracteriza la cerrazón de mente patriotera, normalmente poco ducha en bilingüismos, y que está al alcance de la mano en el contexto estadounidense de principios del XXl. Generalizo y simplifico para captar la esencia de una situación coincidente con la descrita por Avelar, sabiendo que generalizo y que simplifico y que hay gloriosas excepciones dentro y fuera de esta nacionalidad inevitable.

El tono ligero de Shumway sea tal vez el más apropiado para algunas de las dificultades en la compra-venta al por menor de esa mercancía “cultural” mal llamada “hispanismo,” tarea nada fácil, como él bien indica, en el mercado estadounidense. Ni hispanismo, ni anti-hispanismo constituyen usos idiomáticos usuales en el inglés norteamericano contemporáneo, lo cual dice mucho de un plus de invisiblidad y desidia que no llega ni a registrarse a nivel de uso lingüístico en la lengua imperial que no estoy usando en estas páginas. Es así que parece que nos tenemos que decantar todos por la presunta “neutralidad” de “estudios hispánicos” o simplemente por eso de “español” (“Spanish” en inglés con la ambivalencia de nacionalidad europea y lengua que estamos aquí usando), sin entrar en muchas exquisiteces. ¿Y nos dedicamos todavía a promover todo esto? (los estudios latinoamericanos mal viven en algunos casos aislados como programas de estudios de área colgados de estructuras departamentales, sin llegar a consolidarse en la inmensa mayoría de los casos). El comienzo ligero del artículo de Shumway provoca, al menos en este lector, una inquietud que tiene que ver con las insuficiencias del sufijo (el “-ism”), como si ya no pudiéramos permitirnos la “profesión de fé” necesaria para el mantenimiento de la presencia regional “cultural,” como si todo “-ism” fuese ipso facto insatisfactorio, como si el gran señor metropolitano, con escaso conocimientos de geografía, de historia y de literaturas, y de paseo virtual por las satrapías “culturales” se maravillase del porqué merodeamos con cierta regularidad por los predios de estos dioses menores, los desempolvamos del polvo de la (post-)modernidad, ¿incluso los veneramos?, y damos en declarar “fe hispanista o “latinoamericanista,” cuando podíamos estar correctamente con los ojos puestos en los dioses mayores de cierto Germanismo, Anglofilia, Francofilia, Eurocentrismo y Americanismo. ¿Qué nos puede estar pasando?

Una analogía “secular:” es como que nadie quisiera sacar a bailar a la señora hispana, que parece ser la más fea en el baile de las disciplinas en el rincón medio oscuro de las malas sillas humanísticas. Porque está claro que la centralidad de referencia de eso de “España” que Shumway nos relata en una viñeta biográfica con un antiguo profesor suyo al que nos lo podemos imaginar, a la buñuelesca manera, con cierto espanto, no se puede justificar más, si es que se pudo alguna vez (no en vano alude Moraña a la tremenda desigualdad de repartimientos del mundo simbólico “hispano” entre España y las Américas, pero hay cierta “trampa” aquí porque en muchos casos la primera nacionalidad sólo existe ya bajo la cruz de calvario, y del gólgota, o el signo de negación de todo deseo frente a una característica mala representatividad de América Latina fuertemente subordinada al coloso “americano”). No creemos que las profesiones de fé disidente, catalanismo, postcolonialismo, indigenismo, o subalternismo, pongamos por caso, modifiquen en lo sustancial esta desproporción (Ideologies of Hispanism no incluye las “lecturas alternativas,” ¿coletazos del castrismo?, centradas en Al-Andalus or Sefarad de escueta presencia testimonial, y ya hemos señalado que la latinidad estadounidense brilla por su ausencia). En cualquier caso, ciertas rémoras de un (post-)imperialismo de función compensatoria, acompañan a modo de consolatorio imaginario algunas profesiones, las sonrientes y firmes, que son las menos, de “hispanismo,” etiqueta que Shumway no querrá para sí, y con esto se suma al grueso del pelotón de este volumen que nunca construirá un hispanismo deseable, ni siquiera a indicar qué podría haber sido eso en la historia del pasado y del futuro. Que la constitución post-independentista de la “América hispana” (Spanish America) se tuvo que llevar a cabo como un rechazo a la antigua metrópolis, no cabe duda. Pero, como hemos señalado anteriormente, los rechazos, sobre todo los que no son flor de un día, son siempre tremendamente significativos de cosas pertinentes para lo que (decimos que) somos y no somos, (no) hemos sido y tal vez (no) seremos (nunca): está muy claro que uno puede constituir su “ser” con la abyección sostenida de un no querer ser. En plata: dime lo que rechazas y te diré quién eres. Que el hispanismo aparece arropado, todavía al día de hoy, de las ropas de la Leyenda Negra es hoy el cliché prescottiano al que llegan algunos “nativos” del país después de inspiradoras experiencias en los cursos de instrucción graduada. Hoy parece que le tenemos que poner grandes bigotes a Nebrija, como Duchamp a la Giocconda, y cuernos largos, y reemplazarlo por el palmito camp de Almodóvar por la calle de Alcalá con la consiguiente subida importante en el capital cultural. ¿Y quién se cree esta estrategia a corto y medio plazo? La historia del “anti-hispanismo” está por escribirse e Ideologies of Hispanism ya nos da algunas pistas.

Shumway cita algunas de las perlas decimonónicas de Prescott, Preston y Roosevelt que dejan bien claro, hasta para los despistados, que esa dimensión foránea de América Latina y España no ha sido –ni lo es- considerada como crucial o vital para la “identidad nacional estadounidense” (estoy usando de manera deliberada este lenguaje convencional sin caer en ningún momento en las seducciones liberales de estos cantos de sirenas). ¿Y si la retórica de “diversidad cultural” fuera la puesta en escena moderna de las leyendas negras decimonónicas? Shumway nos permite, una vez más, constatar, cierta des-europeanización de eso de “español” y una “latinización” o “americanización” aparentemente imparable. Es así que lo de “latino” haya que hacerlo redundante en español como “U.S. latino” y este puede ser el futuro inmediato de las inmensas mayorías que vayan a poblar este país, tanto dentro como fuera de las aulas universitarias. Hay que intentar historizar todo esto, con suerte vinculándolo a una dimensión de pasado, sea académico o no, con la crítica analítica de todas sus limitaciones. Cómo estas migraciones recientes de ”nuevos americanos” van a mirar a las hispánicas diacrónicas, arrinconadas, envejecidas, de migración individual de primera generación en la mayoría de los casos, y de práctica monolingüe en español, “esencialistas” y “Españo-céntricas,” uno se lo puede imaginar. ¿Nos damos ya a la huida? ¿Ponemos pies en polvorosa? ¿O echamos cubos de estética camp a todos estas momias propias?

De la Campa nos puede ayuda a imaginar algunas de estas posibles huidas. La calle estadounidense nos pone a todos en una situación de una tremenda impermanencia (“flux,” 300) con respecto a cierta geografía unificadora de letras españolas e hispanoamericanas de otro tiempo. Esta parece ser la maldición, o para algunos la bendición, de la ignorancia y el olvido, que es el mundo de todos los días, como si la labor de las generaciones presentes fueran siempre llegar a constituir unas arquitecturas efímeras llevadas de todas las displicencias de las siguientes. De hecho, se puede pensar que “hispanismo,” con o sin una convincente yuxtaposición ambiciosa intercontinental y transatlántica, en la modalidad literario-letrada o “cultural” que sea, será mirado siempre con sospechas por algunos, que encuentran conveniente convertirlo en degradante chivo expiatorio, con los colgajos de ajos y sambenitos,  contra el que uno crea comunidad diferencial latinoamericanista, y lo sacan de paseo como “ideología” y como “pasado,” muñeco “monista,” como diría Resina, papamoscas o pelele de feria, como si no se pudiesen buscar yuxtaposiciones con otros establecimientos no necesariamente hispano-hablantes o arreglos en otros tenderetes de feria más abarcadores (y es cierto que algunos de los participantes en Ideologies of Hispanism se dedican con todos sus buenos intereses o “ideologías”  a estos menesteres simplificadores). De no haber buenos lugares institucionales, habrá que inventarlos con una sensibilidad “a la contra.” O habrá que imaginárselos. La verdad de la cosa está en saber si la inteligencia humanística intentará cuando menos dejarse llevar de algunas de estas impermanencias y saltar cuando menos algunas de estas asfixiantes parcelaciones disciplinares o departamentales. ¿Nos quedamos en nuestros regionalismos de color chillón? ¿Nos quedamos todos en una cierta fidelidad rancia al grupo étnico-lingüístico del que provenimos, nos encerramos en el imaginario nacional/ista a él asignado? ¿O tenemos, mejor, ganas y fuerzas de saltarnos todos estos parcelamientos? ¿Podemos imaginar el lugar de la significación del mal signo de “hispanismo” en otro lugar que no sea la yuxtaposición entre España y América latina?, esta sería una pregunta un tanto inquietante.

De la Campa se distancia de ambas rúbricas polisilábicas acostumbradas de Hispanismo y Latino-americanismo, y parece querer propiciar unas combinaciones más deambulatorias, esporádicas y promiscuas de todas las “especies” disciplinarias posibles e imposibles. Su prosa rápida parece no querer asentamientos permanentes, ni “seguridades” de ningún tipo (“seguridad” e “inteligencia” son palabras de moda habitualmente en singular y en espacios no-humanísticos). El antiguo matrimonio respetable (“Spanish and Latin American Literature” en inglés) en los pisos bajos de las “literaturas menores” no parece ser un modelo deseable en la sociedad estadounidense contemporánea (no-libresca, deshumanizada de las humanidades, virtualmente globalizada e insistentemente informatizada, “latinizada” y posiblemente ya al menos en cierta medida post-imperial). Desdramaticemos algunas de estas tensiones: “hispanismo” parece haber sido el primer matrimonio, de conveniencia o necesidad, de la señora “extranjera” que ahora dice, al menos en la pluma decampiana, no querer sujetarse al modelo de fidelidad monogámica de las letras hispánicas, y que dice “ir por libre” con todo tipo de bilingüismos mediáticos y redes interdisciplinares. ¿Cómo se juega al nuevo juego intelectual? ¿Quién se pone con un micro a hablarles de una manera significativa a los cuarenta millones tipificados como “de origen hispano” y “de cualquier raza” en este país? ¿En inglés o en español o en ambas? ¿Y de qué tradiciones, traiciones y columpios nos vamos a colgar?

Globalización, postmodernidad y medios de comunicación: ésta es la circunstancia englobante e ineludible en la que se incluyen las humanidades, también en sus modalidades extranjeras. Y uno percibe como si todo un lenguaje convencional, de presunta legitimación de éstas, se nos hubiera quedado prendido, casi por inercia, como las legañas de los ojos tras una mala noche de sueño, de las osificaciones decimonónicas de los departamentos de lenguas romances que no pueden ya, si es que han podido alguna vez, con las aceleraciones y descentramientos de espacios y tiempos del siglo veintiuno (las rúbricas habituales suelen ser las de departamentos de español y portugués, lenguas romances, lenguas, culturas y literaturas, lenguas del mundo, es decir “no-inglés,” estudios latinoamericanos e ibéricos, etc.). Vivimos ya en “la indeterminación epistemológica” (305) y estamos todos, parece, a verlas venir: como si no supiéramos para dónde tirar. Y esto puede causar desosiego o incitar a la aventura de todas las incertidumbres, o las dos cosas a la vez.

La profesión de fé textualista no parece conmover a las inmensas mayorías, ni siquiera en las defensas de “literatura” que se llevan a cabo sólo en contados congresos y en algunos, pocos, departamentos de “literatura” (de hecho, “cultura” es intento de operación de salvación de la escasa interpelación de su prima hermana más “tradicional”). ¿Pero cambiamos las rótulos a los mismos changarros, ponemos otras sedas a las mismas monas, otros collares a los mismos perros? De hecho, uno puede pensar dónde nos ha puesto cierta fidelidad tradicional y dónde nos puede poner cierta infidelidad. De la Campa apuesta, creo yo, por esta última, y describe a brochazos rápidos los borramientos de algunos de los parcelamientos concernientes a todos los conocimientos, naciones, disciplinas, instituciones, etc. Suena a operación deleuziana. Habla de procesos de “de-significación” en la sociedad de consumo y de cómo las colectividades no se identifican ya de una manera única con la ecuación de nación-estado tal y como los podemos conocer en la actualidad (306). De hecho, la inflación de los signos de “cultura” e “identidad” responde a toda una erosión de lenguaje, pensamiento y sensibilidad política y ya veremos a ver lo que dura todo esto.

 

De la Campa recrea, a la manera braudillaresca, estos fenómenos de dispersión, diseminación, constante movimiento heraclitiano sin el asomo de sombra inquietante de ninguna permanencia parmeniana de ningún tipo. En estos bosques inciertos no hay ninguna certeza de lobo feroz. Tampoco parece haber ni Prósperos ni Calibanes. Uno, parece que va construyendo la utopía de la comunidad de una manera improvisada, virtual, con las astillas de todas las ramas rotas, con los fragmentos de las (malas) maneras de nuestros antepasados que desconocemos, y con la percepción clara de la fragilidad de la misma noción de conocimiento, llámese “hispánico” o no. Uno se imagina la utopía, si es que se la imagina, y si es que uno se atreve, de la mano malholienta de la la prima hermana, la distopía de todos los días. Pero De la Campa escribe, al menos en estas pocas páginas, de una manera desdramatizadora y con un tono un tanto “neutral,” como si se dejase llevar con gusto de las aceleraciones de carácter vitalicio que parecen permitir ningún poso emocional duradero. Siguiendo un manuscrito inédito de Huyssen, cita De la Campa tres posibilidades para la fenomenología social de tremenda inestabilidad de avatares mayores que tienen que ver con las disciplinas académicas y sus elecciones “libres” de presuntos objetos de estudio: 1) futilidad, o no hay nada que hacer; 2) resistencia, o el intento por mantener un orden disciplinario; y 3) la exploración de la teoría crítica de nuevos nexos entre los mercados culturales y las artes (307). De la Campa opta por esta tercera vía en lo que parece un bosquejo de mapa rápido. Su artículo se cierra con seis sugerencias rápidas: potenciamiento de todo tipo de mezclas, preferencia por las relaciones horizontales, interés por los medios de comunicación mayoritarios, recuperación de la categoría de “estética,” “re-ideologización” de todo tipo de prácticas “culturales,” fomento de la interdisciplinariedad entre los estudios culturales, la antropología y sus historias literarias y artísticas.

Spadaccini, responsable de la serie Hispanic Issues, en donde se incluye Ideologies of Hispanism cierra Ideologies of Hispanism con un tacto tal vez excesivo. Describe algunas apreciaciones de los colegas anteriormente incluidos, levanta algunas preguntas y pocas, mesuradas reticencias, pero no tiende a enmarcar estas problemáticas de una manera estructural dentro de marcos mayores. En este sentido el comportamiento es paralelo al de Moraña en el prefacio. O mejor, Spadaccini no “cierra” nada, sino que afirma ciertas suspensiones y reafirma, de nuevo, intransiciones (“a profession in flux,” 320) que no parecen gloriosas, sino todo lo contrario, si bien el tono aquí es, de nuevo, “neutral.” Uno hubiera querido haber visto desplegar algo las alas a un cierto impulso valorativo o axiológico, sobre todo con autores que ya no tienen miedo de perder los puestos de trabajo, pero bueno, tal vez la factura de este volumen de trescientas veinte páginas no dé para más (para otro día las menguadas posibilidades de publicación de estos temas en los EEUU). Tenemos todos que repensar lo que estamos (no) haciendo, y parece también que nos ponemos todos de vuelta de todo, con cierta falta de frescura, con tensiones, desalientos y desfallecimientos, que no se suelen verbalizar del todo, a la cola de todos los pescados insuficientes, entre el prefijo “post-“, y mal colgados del sufijo “-ismo/s,” con escasa fé en renacimientos, escurriendo los colores cara al sol y contra la pared, como las lagartijas al principio de las Industrias y Andanzas de Alfanhuí de Sánchez Ferlosio. Se nos parece instar a profesar un mismo amor politeísta, igualitario, tímido, indiferente, falso y liberal, insuficiente y tolerante, de todas las diferencias e identidades y parece que no conviene que metamos los dedos en las matrices monoteístas más abarcadoras de convergencia o mismidad (¿dónde están las Summas de nuestros tiempos?): admiremos las flores individuales sin preocuparnos de conjuntarlas en un haz. Como si todo sustantivo en singular produjese sospecha o inquietud grandes (¿será acaso por una intuición de radicalidad?): nos quedamos al final con las ideologías de todos los hispanismos habidos y por haber, aun en temporada de rebajas a principios del XXI.

Spadaccini se pregunta si ciertos conceptos ya no son tan relevantes como parece que lo fueron alguna vez (320). Y no contesta, con lo que una cierta timidez epistémica evitará la trampa de cualquier imputación de aseveración, o de cerrazón, que zanje la cuestión. Parece que se trata de dejar abiertas todas las puertas a todos los vientos en todos los campos para que así zumbe con más fuerza el viento, y tal vez con burlas, y que se lleve todo, o casi todo, de las arquitecturas efímeras, los textualismos, los cánones, los hábitos, las tradiciones, etc. a estas alturas desapacibles del primer decenio del siglo veintiuno. Abiertas bien quedan: tanto Moraña como Spadaccini van uno a uno con los articulistas, tal y como lo hemos hecho en estas páginas que ya son muchas. El lector que nos haya acompañado hasta estas páginas finales, si es que alguno hubiere, podrá jugar, entonces, al juego de comparaciones y contrastes entre todas las voces incluidas, que son quince. Y se podrán sumar otras, claro. Esta composición coral es lo que se ha pretendido y creemos que se ha logrado. Un chiste final: “le pregunta el camarero al señor en el restaurante, ¿qué va a ser, vino o cerveza? Y responde el señor, ¿Y por qué “o”?” ¿Destrucción “o” amor, con o sin Alexandre? ¿Latinoamericanismo o Hispanismo, y por este orden a principios del nuevo siglo? ¿Y por qué “o,” por qué la disyuntiva, el monismo, el monoteísmo, o la monogamia del objeto de deseo del  conocimiento (humanístico) que se nos antoja de manera insistente tremendamente frágil e insuficiente? Algunas de estas fragilidades e insuficiencias hemos recorrido con la yema de los dedos ateridos y tenemos, digamos, los “labios de chupar cansados,” en la “lengua extranjera.” ¿Destrucción “o” amor: disyuntiva convencional o unión copulativa poética y no-convencional? ¿Latinoamericanismo e Hispanismo y la bienvenida a la posibilidad de otros ayuntamientos? ¿Tolerarían los más incluidos en Ideologies of Hispanism o los más de las humanidades liberales, extranjeras o extranjerizantes o no, la liberalidad de estas relaciones esporádicas con o sin las bendiciones institucionales y parabienes oficiales? Y susurra el río Charles: ¿Quitamos hierro, herrero, a estas “cosas” o lo intentamos digerir amorosamente entre todos?

¿Incumplimiento de las reglas del juego, las reglas de Moscú?

Vayamos cerrando de alguna manera estas páginas que ya son muchas: esto de “hispanismo” es anglicismo que no acaba de prender ni en las calles ni en las aulas estadounidenses, y como tal, neologismo. Igual ocurre con “latinoamericanismo,” y con “chicanismo,” y soy consciente de haber abusado de las comillas, como marcas de cuidado o peligro, o llamadas de atención, como el distrito rojo de ciudad liberal, o como el farolillo rojo de ciclista a la cola del pelotón. La “novedad” permanente de dicho anglicismo conlleva, con incertidumbres y tensiones, barajar con cierta gracia al menos dos contextos, allí, o ahí, y aquí, entre otras cosas no del todo gratas, como ha quedado, yo creo, que bien claro en las páginas precedentes. ¿Quién se llama hispanista a gusto en los EEUU? ¿Y quién está a gusto? ¿Quién de los incluidos en Ideologies of Hispanism? ¿Quién de los no incluidos? ¿Quién se llama hispanista en España? ¿Quién latinoamericanista en América Latina?, ¿quién en la China mandarina?, etc. Y sigan los lectores inteligentes con el juego de posibilidades combinatorias de prácticas de conocimiento y lugares más o menos predecibles. Estas páginas no han querido disimular la mayor abundancia del disgusto sobre el gusto a propósito de eso –anómalo, oscuro y lábil—de “hispanismo.” Alguna bonanza se podrá vislumbrar en nuestros días más inspirados con esta estrategia de revelación de un descontento que excede cualquier avatar individualidad. Hay algo de “doble conciencia,” de nudo apretado de pañuelo conceptual al respecto de irresueltos desarreglos de nativismos y extranjerías, con todo lo que ello implica (disimulada o explícita xenofobia, sin ir más lejos). (Des-)ordenamientos de espacios y tiempos significativos acompañan a todos estos neologismos (hispanismo, latinoamericanismo, ¿“latinismo,” o incluso “latinidad,” sólo ahora para los “latinos en los EEUU”?, ¿y qué hacer con “chicanismo”?). Y nos tendremos que morder la lengua a ratos todos cuando el habla “latiniparla” de todos estos sectores no será tildado de cultismo, ni de gongorismo, pero sí de tolerable “diversidad cultural.”

Los aficionados a las novelas de espionaje se habrán encontrado alguna vez con las famosas reglas de Moscú, que supuestamente seguían al pie de la letra todos los espías estadounidenses a imitación de los espías soviéticos, al menos durante los años de la guerra fría: “No des nada por cosa obvia; nunca vayas contra tu instinto; cualquiera puede estar bajo el control de la oposición; no mires atrás, nunca estás completamente solo; sigue la fuerza de la corriente, piérdete en ella; varía tus hábitos de vida pero permanece fiel a tu identidad secreta; adormécelos en una sensación de falsa confianza; no violentes a la oposición; elige cuidadosamente el lugar y la hora para la acción oportuna; mantén todas tus opciones abiertas.” Y uno puede acordarse del fingimiento, secretismo, sigilo, cautela y crueldad oportuna, la alegoría de la astucia de la zorra y la fuerza del león, del famoso toscano del dieciséis a la sombra alargada del imperio hispánico y, a propósito de las abyecciones medio inconscientes y medio verbalizadas antes mencionadas, “posmodernizar” algunas de estas sugerencias en estos tiempos inclementes. ¿Han violado estas páginas precedentes las reglas de Moscú del juego académico, con respecto a las tensiones que (de-)forman las precarias cosas hispánicas? ¿Nos agradecerán la morosidad algunos de los incluidos en Ideologies of Hispanism cuando nos encontremos en el lobby de hotel, los aeropuertos, las tiendas de moda, los bares? ¿Y qué agente moscovita se atreve a acusar públicamente de haber violado las reglas (no) escritas de la profesión académica, universitaria? En mi descargo: hay que dejar constancia de algunas cosas para el posible aprendizaje de los muertos y de algunos vivos que conocemos y que no conoceremos nunca. Hay que escribir como quien no espera que la cosa cambie grácil y hermosamente el día de mañana.

Queda bien claro que eso “oscuro” de “cosa hispánica,” académica o no, se constituye social e históricamente en el día de hoy en los Estados Unidos de una manera insoslayable y primordial por las fuerzas mayores no-hispanohablantes a ella indiferentes, o incluso antagónicas, aunque digan lo contrario. Ideologies of Hispanism constituye botón de muestra: este es un discurso parcial e interno a contextos institucionales de departamentos de español, y por ello sumamente insuficiente. Menos sería no tener ni esta raspa de la sardina. Una insospechada sugerencia a vuela pluma: ¿Y si la misma institucionalización de los departamentos de español, dentro del mastodonte académico estadounidense, constituyese un vivo ejemplo de fenómenos mayúsculos como el imperialismo y colonización, el retraimiento del análisis del signo de “historia,” la “de-significación” de muchos de los signos que hemos heredado, etc. de una manera analógica a como una institución como es el zoo es ejemplo elocuente de nuestro apartamiento cotidiano de formas vivas salvajes en espacios no-domésticos? ¿Dónde cae entonces eso de “hispanismo” académico? ¿Animal doméstico, animal en el zoo, animal salvaje a pie de asfalto, especie en peligro de extinción, muestras disecadas de especies exóticas para el deleite de los paseantes por las cámaras de la maravilla exótica del Imperio? ¿O cabe mal este tipo de saber –letrado, literario, cultural—en las normalizaciones de la circunstancia inmediata estadounidense? El sí de este malestar ha sido la tesis principal de este artículo-reseña.

Constatamos la (latino-)“americanización” de dimensiones euro-atlánticas de la cosa hispánica, ayer imperial, y hoy “mezquina” porción, bien cultural visible, y “vendible” a duras penas, en la circunstancia (latino-)americana dentro y fuera de los EEUU. ¿Somos, querámoslo o no, una reencarnación de Willy Loman en la conocida Death of a Salesman de Arthur Millar? Ideologies of Hispanism nos ayuda a pensar algunos de los violentamientos propios de las agonías de historicidad que constituyen la mezquindad de nuestro presente y el retraimiento axiológico de porqués y paraqués del conocimiento “humanístico” arropado con toda sarta frígida de eufemismos malintencionados para lo que constituye su presunta esencia. Cualquier formalismo de lectura interpretativa que hayamos aventurado en relación a cualquiera de estos capítulos individuales incluidos en Ideologies of Hispanism lo hemos intentado estirar hacia las posibilidades, reales o no, de función social de significación meritoria en la primera circunstancia social en la que dichos formalismos se insertan, la estadounidense. Lo hayamos conseguido o no, es otra cosa, y en todo caso, el juicio será para el lector cuidadoso que pueda haber de estas páginas. Uno, mientras tanto, tendrá que sacar fuerzas de flaqueza de donde sea para poner algunos de los límites a la institucionalización, o burocratización, de cierta profesionalidad “hispánica,” ya que eso “de origen hispánico” como estamos apuntando es más numeroso, y tal vez relevante, y fuerte, al menos desde un punto de vista numérico, con criterio grueso y grosero, en aquellos ambientes paralelos, alternativos, normalmente no-hispanohablantes en las sucesivas generaciones, muy posiblemente distantes e indiferentes y tal vez incluso antagónicas a dicha profesionalidad no siempre plato de gusto en estas horas intempestivas.

Concluyamos a un nivel obvio: la pedagogía elemental de la lengua española es la que da visiblidad,  pero también lastra, con toda la naturalidad institucional de números apreciables, la “subida” del hispanismo a otras dimensiones “superiores” (literarias, “culturales,” históricas, filosóficas, económicas, etc.). Para no hablar ahora de lo que podría constituir un conocimiento “revolucionario” que pusiera patas arriba y cabezas abajo el mundo de lo dado. ¿Se imagina alguien a estas alturas del calendario histórico unas clases de historia del derecho o de historia universal en español en la facultad que sea en la universidad que sea? ¿O clases de informática o de geopolítica disidente de la normalidad liberal de cierto tipo normativo de “Occidente”? ¿Se imagina alguien una universidad que publique sin ningún aspaviento, y con la mayor naturalidad del mundo, sus documentos oficiales en una modalidad bilingüe? ¿Un decano que se dirija a su público a veces inspiradas en un español gramaticalmente correcto? ¿Un presidente de universidad que se dirija a sus cuadros directivos de cuando en cuando en un español hermoso adornado con citas literarias? Cuando uno ya constata cierto bilinguismo en los cajeros de las dependencias bancarias, los medios de transporte, o en algunos negocios, la institución universitaria, cosa rara, no se apresura, con la celeridad propia de Mercurio, dios de los ladrones y viajeros de todos los caminos, a ocupar los primeros puestos en la carrera competitiva por la significación social. Parece más bien que la institución universitaria se afana en atar la pata coja de la pedagogía de lengua extranjera a la mesa rota de las humanidades para colocarla en todos los sótanos institucionales, apagar las luces y cerrar todas las puertas. Y excepciones gloriosas, las habrá. ¿O nos equivocamos? La generalidad más bien no dictará que ciertos gerentes apuntarán con el dedo al departamento de español, y si le preguntan sobre eso de “español,” si es que lo pueden encontrar en el mapa del glorioso campus universitario, si es que se acuerdan de dónde lo han metido, dirán cualquier hipocresía eufemística que a nadie llama a engaño. Cuando una diglosia brutal es la historia normal de este país, ahora resulta que tenemos que alborozarnos por el enquiste de puntuales anglicismos linguísticos dentro de la textura normalmente frágil, o incluso rota, de la lengua subordinada que no se atreve ni a mirar cara a cara, de tú a tú, a los focos de luz cegadora y sucia de todas las policías alertadas por las grandes narrativas autóctonas estadounidenses interpelándola con toda su insignificancia. Un bilinguismo no-ortopédico, no osemos ya un uso equitativo “español-inglés,” resulta de una manera rigurosa impensable para los EEUU a estas alturas de la historia mundial, mucho menos en el mundo de las Universidades (y el contraste con el contexto europeo y latinoamericano no puede ser más brutal). Pero, claro, una cosa es un bilinguismo más o menos grácil, y otra cosa es la posible, y deseable, dimensión intelectual que se tendrá que encarar axiológicamente con unas panorámica amplias y un cuestionamiento crítico (dicho de otra manera, el software podrá ser en un español escueto, pero el hardware raramente lo es). El “constitucionalismo” de inmensa mayoría de eso de “español” se constituye hoy por hoy eminentemente como un anti-intelectualismo, más o menos encubierto, y la intelectualidad del ejemplo de Ideologies of Hispanism es ortopédica minoría, “gloriosa” excepción a esta norma. Esta es la generalidad inapelable que (des-)alienta a esta escritura volandera al aire de esta antología de factura reciente. Con esta naturalidad de fuerte diglosia de especie en peligro de extinción, ¿suena esto a liquidación cornejopolarista?, persiste una inflación del lenguaje de la “diversidad,” o la “identidad,” con respecto a unas “minorías” sociales, pero siempre dentro de una implícita macronarrativa estadounidense de democracia liberal imperialista como modelo único del “Occidente liberal,” o la historia que importa. Esto no habrá desaparecido para la fecha que vea la publicación de estas páginas. A la sombra alargada de este ciprés inquietante, eso de “español” se servirá a duras penas del argumento de vida intelectual que nos pueda poner el saber del anticuario con respecto a una cierta herencia que en el mejor de los casos será trasterrada y de discreto poder seductor para las inmensas mayorías sociales en un contexto tan desconcertante como es el estadounidense. Pero tal vez cambien las tornas con eso de “español” o “hispánico” en los tres territorios desiguales, América Latina, España y los latinos en los EEUU. Si bien ya hemos indicado que hay una escasa o nula circulación de cuerpos deseables entre unos y otros dentro de una representatividad porcentual poco equitativa entre estas macro-unidades como Europa y América caracterizadas como poco esenciales para la formación del corazón de la identidad nacional estadounidense, al menos al nivel oficialista de clara disposición imperialista. Pero la seguridad de estas geografías se están desordenando y los pelos de todas las inseguridades no hay barbero que los peine con cierta soltura a estas alturas globales de calendario del veintiuno. El argumento de proporcionalidad representacional de todas las partes habidas y por haber de la totalidad de lo dado, o “mundo,” lo escucharán sonrientes y plácidas todos los planes de jubilación anticipada e incluso sus amigas, las Parcas, mientras eso de hispanismo sigue asentado en los aledaños inmundos, o incluso el “submundo,” de la utópica co-oficialidad de lenguas en los EEUU (esta sigue siendo la idea de “desecho” de todo tipo de conocimiento instrumental y útil, dócil y oficial con la que principiamos estas páginas). El argumento de números crecientes de clientes de “español” dentro de ambientes universitarios tiene cierta cantidad de público, pero no la que debiera. Este es un clientelismo chato que tiene como horizonte la heredada asimilación de generaciones precedentes y la virtual desaparición de la competencia de otras lenguas que no sean el inglés (las lenguas asiáticas cuentan con un cierto repunte en la actualidad). Yo, por mi parte, apuesto un par de dólares con el atento lector a que va a ser difícil, o imposible, ver una restructuración de planes de estudio que formalice una cobertura disciplinar proporcional de la totalidad del mundo habido y por haber: vivimos, más bien, todo lo contrario, en unos momentos donde cualquier noción de estándar, requisito, marco o canon está tremendamente erosionada, desregulada y descentrada, salida de todas las matrices de inteligibilidad, o de “todas las madres,” si se nos permite la destemplanza de una mala educación. ¿Podemos pensar en la mera posibilidad de algunos re-centramientos, sean los que sean, o seguimos con el vértigo de las aceleradas dispersiones supuestamente disidentes del centro espectral, sea el que sea? ¿No vivimos precisamente hoy en el resquebrajamiento de cualquier intuición o atisbo de “totalidad,” o me equivoco? ¿No se escurren los bordes inciertos de todas las identidades ateridas de todos estos rompimiento de la totalidad, se conciba ésta como se conciba? Eso somos: sujetos contradictorios, tal vez ya magullados de forma vitalicia, y por lo tanto enmascarados, por las aceleraciones, impermanencias e incertidumbres, que se afanan, ¿todavía?, por llenar los odres viejos con los nuevos vinos. ¿Cultura por literatura? ¿Y la bonanza de una y otra para las generaciones venideras en estos destemplados tiempos de rebajas globales? ¿No es este mismo artículo, a la sombra de Ideologies of Hispanism, una cierta vuelta del perro a su vómito, una insistencia que quisiera pensarse como la mejoría posible de todos los esforzamientos aislados? Lo más acuciante es la historización o problematización de estas configuraciones de desigual importancia, “hispanismo” a la sombra alargada del “latinoamericanismo” como queda bien claro en este volumen desigual: ¿primas hermanas lejanas en la familia de conocimientos?, ¿cenicientas? ¿herramientas inútiles en el cajón de sastre de todas las disciplinas humanísticas? ¿Cantamos valerosamente el canto del contravalor de la inutilidad del saber en las tierras donde la abogacía del pragmatismo la practica el inconsciente de la inmensa mayoría de los estadounidenses con toda la naturalidad del mundo y normalmente sin lenguaje filosófico convincente? ¿Es esta antología un toque de descabello de una tipificación convencional, otrora excéntrica, poco liberal, incluso montaraz, de espacios “hispanos” o “latinos” más o menos dóciles con cierta naturalidad de mundo conocido, con sus dimensiones implícitas de “inmundicia,” “submundo” e incluso “trasmundo” antes señalados. Digámoslo de otra manera: el hispanismo es inmundicia del mundo académico-institucional estadounidense convencional y su menguante expresividad está condicionada por esta matriz cultural represiva que lo circunscribe, en su inmensa mayoría social, a funciones sólo “culturales,” y cada vez menos “literarias,” o a funciones serviciales de dar cauce a costumbrismos de tipo   turístico. Pero tal vez haya aquí, favorecida por todo el descuido oficial, una posibilidad de sorpresa que, sin pasar de momento por una cuidadosa argumentación de tipo intelectual, pueda hacer descabalgar, con certero tiro de honda, los desfallecimientos y las agoreras predicciones de la escéptica Casandra con los que comenzamos este artículo.

Estas problemáticas nos constituyen en la inmediata circunstancia estadounidense: (des-) colonizaciones de sujetos y objetos de conocimiento; macro-unidades interpretativas formuladas por todos los imperialismos de ayer y de hoy; deslocalizaciones o migraciones con todos sus bienes culturales portátiles y precarios, o incluso efímeros; establecimiento de nativismos y extranjerías; “indigenismos” y humanidades “foráneos;” y las posibles lecciones de supervivencia por parte de los sectores desheredados en relación con los sectores dominantes;  la dominación simbólica, el mal acomodo, el trauma, el disciplinamiento de la memoria histórica, o en mi fórmula, las agonías de la historicidad que caracterizan la sardina escueta y escurridiza de la actualidad que se nos escapa de los dedos; la disposición del mejor bilingüismo, el no servicial, ni el servil dentro de un  monolingüismo ciertamente de lobo feroz; la constitución del hispanismo a la sombra del latinoamericanismo y ambos en una convencional falta de relación amorosa con la latinidad estadounidense de números sociales más numerosos, al menos fuera de la academia; la falta de relación natural entre el mundo mínimo del academicismo y la vida social más abarcadora; la sopa de cierto cosmopolitismo de naciones (des-)unidas; los condicionamientos de las xenofobias y los racismos ahora con un trasfondo bélico; los descorazonamientos, las huidas, las líneas de fuga, las supervivencias… La lectura clasista con el adorno de unas citas althusserianas nos ha pintado el discreto encanto del grupo pequeñoburgués al que pertenecemos en su vertiente transplantada en un contexto académico nacional-imperial. ¿No son las  “humanidades,” o los estudios “liberales,” en su misma rareza verbal, índice vehemente del carácter arcaico, de saber de anticuario, incluso anacrónico de este mismo grupo social, digamos en una cronología aproximada de finales del siglo  diecinueve a finales del veinte, o desde la generación de tus abuelos hasta la tuya, y que no hoy día, tiene muy poca razón de ser y de estar?

Dejemos constancia de la creciente inquietud que se deja percibir a las calladas en la opción universitaria de eso de “español” por parte de los estudiantes y de los profesionales que lo profesan: la coincidencia de la declinación de la influencia global de superpotencia aislada de los EEUU, y de una imparable “hispanización” o “latinización” de contextos mentados como el de Durham en Carolina del Norte, Redwood City en California, Marshalltown en Iowa, Hartford en Connecticut y en otros (Wallerstein y otros nos ayuda a constatar un paulatino declinar imperial, en caso de que la experiencia vivencial se deje llamar al engaño de todo lo contrario). Y colocamos la fresa encima de la nata que medio esconde la hojas de la espinaca: el post-imperialismo y la latinización se dejan acompañar entonces de la deshumanización de las espacios académicos llamados de humanidades donde se inserta eso de “español,” conformado, o deformado, con toda naturalidad a la altura de los tiempos por una acuciante agonía de historicidad que lo aparta de las posibles visiones deseables y amplias de formas significativas de pasado, presente y futuro (sólo hace falta echar un vistazo al listado convencional “post-historicista” de “español” con la “permanente actualidad” del siglo XX, ya pasado, y la presencia testimonial de una cierta dimensión diacrónica de toda cronología anterior). Otro tipo de material sin asomo de pretensión intelectual, llamémoslo de “cultura popular,” nos ayuda a entender todo el lenguaje anglo-norteamericano convencional de las “minorías raciales y étnicas” (Who we are now: the changing face of America in the Twenty-first century de Sam Roberts o documentos oficiales como el ya mencionado Statistical Abstracts, o artículos en la prensa el tipo “Racial and Ethnic Minorities Gain in Nation as a Whole” New York Times (Aug. 12, 2005), etc.). Una consulta a este tipo de material, digamos tipo Barnes and Noble, tal vez nos ayude a desgajar la vitalidad de lo “hispano” de lo mortecino que pueda haber en “hispanismo”[xv]. En caso de que queramos tirar de este hilo de la generalización: la constatación existencial irá por el crecimiento insospechado de estos números “hispanos,” siempre desde un punto de vista oficial, tira de la falta de atención de la importancia histórica, social, intelectual, de estos números, racializados y etnificados, por parte de esos mismos organismos oficiales cuantificadores,  “controladores y castigadores” y todo esto tira de la correspondiente escasa “naturalidad” en la participación de estos números hispanos crecientes dentro de unidades académicas mínimas de eso genérico de “español.” Esta yuxtaposición de relación inversamente proporcional, e incluso de desconexión, entre “hispanismo” de sectores “de origen hispano,” nos constituye, y excede todo empeño individual/ista, querámoslo o no, dentro de la visión más abarcadora de la sociedad estadounidense. Esta es una de nuestras ironías de la historia, seamos estadounidenses de sangre vieja, o de la nueva, de los viejos Estados Unidos o de los nuevos, del Nuevo Mundo o de la vieja Europa, pulcros pequeño-burgueses convencidos, o arrivistas, declassé, artistas de circo, viajeros de reciente estadía con o sin los papeles en regla buscando hospedajes, o peregrinos de pies volanderos buscando incluso amores, en ciertas malas posadas (virtuales). Y es así que el fantasma histórico, la edad de oro del imperialismo/colonialismo “hispánico,” ahora ya dentro de un contexto más amplio de una Europa post-imperial, puede tal vez retornar con la posibilidad incierta de punto de relevancia histórico para la plataforma pública de los EEUU, ya camino de su momento de edad de plata, o su constitución post-imperial de paulatina latinización y “deshumanizado,” como ya hemos señalado no sin cierta aprehensión (hay que hacer notar cómo el adjetivo “cultural” suele adornar con las banderas y carteles de la publicidad los intentos de planificación urbanística por volver a la vida ciertos centros urbanos despoblados y empobrecidos habitados por racializadas “minorías hispanas”). Y esta contextualización de distancias cortas da otra vuelta a la tuerca del pensamiento que se querría pensar historicista y “radical:” como cierta profesión de “extranjería” académica del “hispanismo,” o incluso de cierto “latinoamericanismo,” con su persistente mirar afuera de los muros de la patria ésta a la mía, se constituye como una auto-alienación excéntrica que no quiere saber nada de lo que tiene al otro lado “hispano” de la calle estadounidense y que, por lo tanto, es cómplice con las estructuras indiferentes u hostiles para con dichas minorías estadounidenses, sean ya hispano-hablantes o no en las generaciones siguientes. ¿Pero quién se atreve a acusar los mecanismos de supervivencia y de adaptación de los sectores desfavorecidos sometidos a todos los rigores “nativistas” de desprecio de lo foráneo? ¿Acaso son otras sociedades más acogedoras? Y cuando parece que lo no-intelectual tiene más fuerza que lo intelectual, y que lo no-académico es más abarcador que lo propiamente académico, y de cómo lo podrido, aterido y mezquino de esto conquista las ganas y deseos de conocer, ¿nos aguantamos las ganas?, ¿las colgamos del aire frío de la mañana de todos los tiempos? ¿Está todo en contra? Y damos acomodo a la pregunta incómoda, de si hay por ahí algunas posibilidades para la vida intelectual que no sea dentro de las vertientes académicas convencionales, y de si esto es factible o incluso deseable a medio o largo plazo. ¿Pues acaso no es seña de identidad de intelectualidad, al menos la de cierto tipo, la incomodidad, o el malestar, o la infelicidad de mala coincidencia con las circunstancias que sean en las condiciones en las que caiga? Las marginaciones y deformaciones que el mundo de las redes informáticas puedan deparar a eso de “hispano,” quién las sabe[xvi].  Las deformaciones que la “cultura popular” del mundo “latino” pueda deparar, quién se las imagina[xvii]. Se cultive el minifundio que se cultive, el impulso ha sido aquí un ir en pos de un “plus ultra” y dar vuelos a la imaginación al menos en relación con la mezquindad y la insuficiencia que nos rodea. He querido cuando menos violentar las expectativas de un cierto decir convencional normalmente en lengua inglesa que no dudo en calificar de violencia con toda la naturalidad del mundo (estadounidense). Y eso lo he hecho con el mal signo de “hispanismo” a la vera de Ideologies of Hispanism. Este ejercicio de escritura y de pensamiento se ha hecho sin certezas: sólo hay que ponerse a mirar por las ventanas a las afueras de la inapelable circunstancia estadounidense dentro del mundo ancho y ajeno de todas las naciones desunidas, o atisbar la acelerada y oscura tensión de la matriz capitalista con sus pertinentes managers y soldadescas, o los papeles mojados del quehacer burocrático-literario-cultural de lo “humanístico” con o sin eso de “hispanismo,” con o sin sus adornos culturales-literarios, dentro, claro, de sus jaulas, grillos y grilletes, pan seco y agua sucia, los apresamientos, disciplinas, y desigualdades de los estudios de área, los focos de “crisis,” los arreglos, las luces y sombras de la política exterior estadounidense, la liberalidad de los mentideros de palacio y las modalidades culturales de las caballerizas de todas las instituciones, normalmente extranjeras y en el mejor de los casos extranjerizantes. Y ya somos todos conscientes, a estas alturas de calendario geopolítico, de algunos comportamientos arriesgados que descuidan los rituales humilladeros del emperador desnudo. De los mecanismos de exclusión de propios y extraños ya vamos sabiendo alguna cosa. Espero no haber asistido con estas páginas, que ya son muchas, al entierro de la sardina de mi sincero interés vital e intelectual para con eso de “hispanismo,” y estamos dejando el término con comillas hasta el final.   Este juicio de valor se lo dejo al criterio certero de los lectores de estas páginas. Quién sabe si les habré conseguido convencer de alguna cosa prometedora, si algo de calor ha chisporroteado de estas ascuas. Nadie, creo yo, duda del tremendo desconcierto de los momentos actuales. Otra cosa es ver quienes se atreven a verbalizar los rasgos sobresalientes de algunos de estos desconciertos. ¿Hubo conciertos en otros tiempos? ¿Nos importan? ¿Nos importa dejar constancia de nuestro propio momento histórico o salimos en desbandada, o jugamos a las calladas y buscamos todos los escondites habidos y por haber? Este ha sido un cierto gesto de desvelamiento, y quién sabe si me he conseguido convencer a mí mismo de la validez de este tipo de gestos contra toda la naturalidad de las circunstancias inmediatas propiciadas por Ideologies of Hispanism. Y si al vuelo de algunas de las problemáticas anteriores, las abejas nos zumbasen en los oídos, ¿y tú qué?, ¿y tú de qué vas?, tendremos que hacer como si uno todavía se creyera que la vida de la inteligencia nos fuera a salvar la vida, y si no hay más remedio ponernos ese sombrero, deformado o no, del hispanismo, si es que cabemos en él, si es que nos cabe,[xviii] si no está roto del todo, y dar fé, y señalar rutas, o no darlas, mientras apuntamos con el dedo el plato de las lentejas, ya vacío, en estos despoblados americanos, y contra toda buena lógica pragmática, repetir que uno no se va todavía a ninguna parte, y que no hay de momento certezas palpables, ¿y sobre cuáles de éstas montar qué que no hayamos ya intentado con este discurso en mal “español”?

Agosto 20, 2006

Somerville, Massachussets

 

Bibliografía Citada.

Althusser, Louis. Lenin and Philosophy and Other Essays. New York: Monthly Review Press, 1971.

Aronowitz, Stanley.The Knowledge Factory: Dismantling the Corporate University and Creating True Higher Learning (Boston: Beacon Press, 2000.

Gómez Herrero, Fernando. “La identidad nacional estadounidense según Huntington,” Casa de las Américas 242 (enero-marzo/2006): pp. 22-35.

______________ . [reseña de] “Who are We? The Challenges to America’s Nacional identity (Simon & Schuster, 2004), Revista de Crítica Literaria Latinoamericana XXX/60 (2004): pp. 405-18.

______________. Diálogo Crítico. Foreign Sensibilities (III). “Avatares de la Inteligencia Histórica con/tra sus Circunstancias Inmediatas: Entrevista con José Rabasa,” Revista de Estudios Hispánicos 39 (2005): pp. 273-96.

______________. Diálogo Crítico. Foreign Sensibilities (II). “On Avatars of Historical Scholarship of the Colonial Americas in the Home of the Brave: An Interview with Rolena Adorno,” Revista de Estudios Hispánicos 39 (2005): pp. 181-203.

______________ . “A vueltas con el legado histórico del Imperio,” Anuario de Estudios Americanos 61/2 (2004): pp. 619-48.

_______________ . Diálogo Crítico. Foreign Sensibilities (I). “Re/Visitations of (Latin) American geographies. An Interview with Mary Louise Pratt, Revista de Estudios Hispánicos 38 (2004): pp. 557-80.

________________ . “Plights and Flights of Historical Reason Within and Against Pax Americana,” Nepantla: Views from the South 4/3 (2003): pp. 567-589.      _________________. [reseña de] Kagan, Richard L. (comp): Spain in America: The origins of Hispanism in the United States (Urbana and Chicago: University of Illinois Press, 2002), Anuario de Estudios Americanos LlX (2002): pp. 706-711.

__________________. [review of] Wiarda, Howard J.: The Soul of Latin America: The Cultural and Political Tradition, (New Haven: Yale University Press, 2001): Anuario de Estudios Americanos LlX (2002): pp. 737-741.

Harrison, Lawrence E., & Huntington, Samuel P. Culture Matters: How Values Shape Human Progress. New York: Basic Books, 2000.

Heidegger, Martin. Parmenides. Bloomington: Indiana UP, 1992.

Huntington, Samuel P. American Politics: The Promise of Disharmony. Cambridge: The Belknap Press of Harvard University, 1981.

___________________ . The Soldier and the State: The Theory and Politics of Civil-Military Relations. Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press, 1959.

Kaplan, Robert D. An Empire Wilderness: Travels into America’s Future (New York: Random House, 1998).

______________ . Warrior Politics: why leadership demands a pagan ethos (New York: Random House, 2002).

López, Ian Haney. “Race on the 2010 census: Hispanics and the shrinking white majority,”Deadalus: Journal of the American Academy of Arts and Sciences (Winter 2005: pp. 42-52).

Loveman, Brian. Strategy for Empire: U.S. Regional Security Policy in the Post-Cold War Era. Lanham: SR Books, 2004.

Moraña, Mabel, Ed. Ideologies of Hispanism. Nashville, Tenn.: Vanderbilt University Press, 2005. Readings, Bill. University in Ruins (Cambridge: Harvard UP, 1996).

Rodríguez, Richard. “Between Canada and Mexico…,” The John M. Olin Lectura Series in National Security and Defense Studies, (Final Report for Academic Year 1999-2000. June 2000, United Status Air Force Academy): pp. 53-76.

_________________.  Brown: the last Discovery of America. New York: Viking, 2002.

Scanlan, John. On Garbage. London: Reaktion Books, 2005.

Schlesinger, Arthur M. The Cycles of American History. Boston: Houghton Mifflin Company, 1986.

Statisical Abstract of the United Status, prepared by the chief of the Bureau of Statistics, Treasure Department. Imprint. Washington: G.P.O., 1879-

Wallerstein, Immanuel. Alter Liberalism. New York: The New Press, 1995.

Zizek, Slavoj. Did Somebody Say Totalitarianism?: Five Interventions in the (Mis-)use of a Notion.

New York: Verso, 2001.


[i] El liberalismo “clásico” de Arthur Schlesinger y el conservadurismo militarista de Samuel Huntington representan dos muestras longevas y sobresalientes de la narrativa de un “Occidente liberal,” o civilización asumida como propia. The Cycles of American History (1986) del primero y The Soldier and the State (1959) o American Politics: The Promise of Disharmony (1959) del segundo constituyen dos coincidentes vías del tren en el horizonte que nos constituye, querámoslo o no: América, Imperio, visiones amplias de eso de “historia,” o “lo que importa,” con sus atlántidas sumergidas, y la incierta viabilidad del mundo díscolo ancho y ajeno ya en los años posteriores a la Guerra fría. Un tercero en discordia, Immanuel Wallerstein en After Liberalism nos ayuda a replantear las diferencias entre ambos en el marco trans-nacional más abarcador de un sistema-mundo de convulsiones capitalistas. Esta “externalidad” de matriz geopolítica afecta sin duda el quehacer disciplinar y “humanístico” más restringido, y por supuesto las culturas populares de la calle estadounidense: hispanismo, y lo mismo ocurre con latinoamericanismo, “cabe,” pero mal, dentro de esta doble construcción americanista de identidad nacional-imperial asumida como propia con su distribución desigual de las particiones o zonas del mundo. Las referencias completas a todos los textos citados se incluyen en la bibliografía al final del artículo. Las traducciones son todas mías, salvo que se indique lo contrario.

[ii] Wallerstein nos construye una cierta genealogía de renacimiento de la benemérita “cultura” situada en la matriz oficialista propia de la ideología modernizadora en los años 70 en ciertos organismos internacionales como UNESCO (After Liberalism, pp. 162-175). Esto sobrevive en contextos no humanísticos vinculados a la “inteligencia” geopolítica oficialista, como botón de muestra la colección de artículos incluidos en Culture Matters preparado por Lawrance E. Harrington y Samuel P. Huntington (cierta sensibilidad humanística rescatará el artículo de Richard A. Schweder en este volumen). Rémoras y coletazos de esta ideología desarrollista siguen coleando con cierta vida, con o sin la decoración cultural, con o sin el impacto de los “estudios culturales” via el Reino Unido, desde los 1980, etc. cuya neutralización, una veintena de años después, nos sonríe hoy con todas las sonrisas tímidas y las maneras flácidas de los gerentes universitarios. Zizek ha hablado del supuesto generalizable del relativismo historicista de los estudios culturales (Did Somebody Say Totalitarianism? (pp. 219-229, sobre todo pp. 218-21) , me atrevo a decir que dichas supuestas disidencias centrífugas de éstos tienen su mayor sentido dentro del apresamiento del “Occidente liberal” anti-hispanizante antes aludido.

[iii] Pueden pensarse, además del binomio Schlesinger-Huntington antes sugerido, otros tipos de grandes narrativas como las de las ciencias naturales (Jared Diamond), o las de las ciencias informácticas de redes globalizantes (Manuel Castells), o las del transnacionalismo del sistema-mundo (Wallerstein), o las filosóficas autóctonas, tipo Richard Rorty, “pragmatismo” a caballo entre disciplinas como filosofía, “continental” y la “analítica,” y la literatura (comparada), hoy cuando casi nadie ya parece dedicarse a reconstrucciones nacionales (o nacionalistas) de una literatura asumida como propia, y cuando eso de “literatura global” ha demostrado ser una nueva intentona de “golpe de estado” por parte de las nacionalidades fuertes, o las de siempre, en donde no caben, al menos en las fechas presentes, las cosas hispánicas. ¿Y dónde se puede caber bien en estos macro-formatos “para-humanísticos” anteriormente citados? ¿Son las humanidades un regionalismo idiográfico, textura gruesa, saber situado, o sabor local, con o sin ordenamiento nacionalista, dentro de panorámicas nomotéticas transnacionales más amplias? ¿Son las humanidades qua humanidades “regionalismos” zarandeados por la gigantomaquia intercontinentalista de las otras ciencias, el ratón de campo siempre asustado ante las convulsiones de parto metropolitano de montes de estas últimas?

[iv] Huntington, autor que no puede ser acusado de albergar muchas simpatías hispanistas, incluye en casi todos sus libros una periodización de la historia estadounidense del siglo XX, que es la convencional. Los “seis y sietes” [“sixes and sevens”] se refieren en inglés a “la creación, existencia o incapacidad de eliminación de  confusión, desorden y tension,” que él centra en los años 1960-1975, dentro de una concepción universalizante, de raigambre y misantropía hobbesiana, que afecta a la ordenación del espacio-tiempo del mundo de la humanidad más ancha y ajena, llena también de disharmonía con todas las posibilidades para las violencias de los  más fuertes, en American Politics: The Promise of Disharmony (pp. 167-220). ¿Y qué tiene que ver esto con “lo hispano,” “hispanismo” o “latinoamericanismo”? Los interesados pueden leer mi extensa reseña de su ultimo libro, Who are We?: the Challenges to America’s National Identity, incluida en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Hay una segunda versión con ligeros cambios: “La identidad nacional estadounidense según Huntington,” Casa de las Américas 242 (enero-marzo/2006): pp. 22-35.

[v] Por cierto, este autor, cuyas tensiones respetamos, aun con todos nuestros desacuerdos, propone en Brown un neologismo polisilábico, “hispanicidad” [“hispanicity”] que no despertará el entusiasmo de muchos, pero a lo mejor nos equivocamos, y lo gracioso es que ninguno de los articulistas incluidos en Ideologies of Hispanism, excepto tal vez algún insistente cubano o cierto mexicano de primera generación, si se lo sabe montar,  tendrá carta de naturaleza “diversa” o “hispana” a la manera estadounidense. No creemos que la educación de Rodriguez en Stanford incluyese apreciables estancias en cursos ofrecidos por el departamento de español y de portugués de dicha institución. ¿Cómo hablaría Rodriguez de cultura, literatura e identidad a los soldados estadounidenses, cuyos números incluyen apreciables números de “hispanos”? Los interesados pueden tener en cuenta la interesante conferencia, no sin abyección, incluida en la bibliografía: “Between Canada and Mexico…,” The John M. Olin Lecture Series in National Security and Defense Studies, (Final Report for Academic Year 1999-2000. June 2000, United Status Air Force Academy): pp. 53-76. ¿Y cómo les hablarían a los mismos soldados estadounidenses los autores incluidos en esta antología?

[vi] Kamen nos ayuda a relativizar algo todo este tipo de “éxitos” de máquina aplanadora en su reciente Empire: how Spain became a world power (2003). Al respecto de este humanismo latinizante e italiano-céntrico de ciertas élites hispanas, yo me quedo con las reconstrucciones filológicas de Francisco Rico, salvo que ya hayamos tirado todas las filologías al cubo de la basura. Los interesados en estas evaluaciones post-imperiales al aire historiográfico pueden tener en cuenta mi extensa reseña “A vueltas con el legado histórico del Imperio,” Anuario de Estudios Americanos (pp. 619-48 [619-634].

[vii] La ortodoxia hermenéutica seguiría una línea “elliotiana” de empirismo textualista, o incluso si se nos permite, de cierto “positivismo vulgar,” dócil siempre con las grandes narrativas del Occidente liberal y por supuesto naturalmente prendada, y prendida, con toda naturalidad con la prioridad eurocéntrica y anglosajona, al menos en la profesionalización de la disciplina de la “historia” asentada en este país, que deja bien a las claras que no es literatura ni cultura, sino todo lo contrario. Véase nuestra crítica de esta línea a propósito de la antología sobre hispanismo a cargo de Richard L. Kagan, Spain in America: The origins of Hispanism in the United States (2002), datos completos en bibliografía. Esta es una línea paralela, con escasos puntos de intersección dialogante, a la de ideologies of Hispanism.

[viii] El artículo muy conocido sobre la ideología y el aparato interpelador-estatal se puede consultar, en la versión en inglés, en Lenin and Philosophy and Other essays (pp. 127-86). Cascardi no es “fiel,” al menos en nuestra lectura, a la profesión de leninismo estratégico no-esencialista ni identitario althusseriano contra todas las formas insuficientes de todos los “-ismos” (empirismo, positivismo, cierto materialimso, naturalismo, sicologismo e historicismo, tecnocratismo, economicismo, humanismo (p. 7, 50), etc. Claro que, ¿qué tal, y cuán lejos, viaja esta profesión de fe in partibus infidelium y con todas las inquisiciones de “diversidad cultural” asentadas en la circunstancia estadunidense? Ignoro si el artículo de Cascari es parte de un trabajo más exhaustivo.

[ix] Lenin and Philosophy tiene palabras duras para la ”intelectualidad pequeñoburguesa” en la Francia de los 1950-60, y esta parece ser una redundancia digna de ser entrecomillada también en este contexto del hispanismo (y latinoamericanismo) diaspórico. Marx y Lenin son, para el pensador francés, ejemplos mayores de una revolución de las conciencias que trabajosamente va contra sus propios asientos, tendencias, herencias, manías, inconsciencias, inercias pequeño-burgueses adoptando una perspectiva proletaria totalizante y deseando la mutación drástica de lo “dado.” ¿Es pensable este desgarro del conocimiento en ambientes de socialización profesional de sectores burocráticos-letrados o culturales-literarios a la vera de las pocas brasas y la ascua de la sardina de eso de “hispanismo”? ¿Quién de aquí se puede atrever a violar de una manera digna, franca e insistente las fronteras existentes del status quo? Cierta retórica contestataria sólo seducirá y rescatará a algunos pocos casos puntuales, Althusser condena a dicha clase in toto (pp. 9-20, 100-1, 203).

[x] Strategy for Empire de Loveman nos enmarca algunos de los “valores culturales” dentro de modelos desarrollistas incluidos en el citado Culture Matters de Harrison y Huntington. El adelgazamiento de la conexión humanística “hispánica” entre América Latina y la península ibérica es muy claro: la primera se incluye en el área de responsabilidad militar, la USSOUTHCOM, con las siglas en inglés, sin América central, y la segunda se incluye en la USEUCOM, con sus siglas también en inglés, que incluye la práctica totalidad europea y el continente africano, excepto el Oriente Medio (la buena introducción de Loveman un mapa con otras referencias virtuales al Senado y organismos militares). No hay que perderse la visión romano-imperialista de Michael Ignatieff (43-52); ni la “nada comparada” de América Latina, según Lars Schoultz, en estos diseños de tipo macro después de los años de Reagan (254, 257, 258, 267). Tokatlian nos detalla la cierta visibilidad internacional del mundo andino con su punta de lanza en Colombia (Tokatlian, 265-87), y la buena película Traffic (2000) de Soderbergh se arma sobre estas redes continentales de las drogas. España no existe desde este ángulo geopolítico. Los humanistas todavía reacios a explorar algunos de estos ambientes geopolíticos con sus correspondientes visiones de historia, literatura,  o cultura, pueden consultar mi artículo en Nepantla y la reseña extensa en Anuario de Estudios Americanos a propósito de la línea “dura” huntingtoniana-harrisoniana de Howard J. Wiarda. Y es que “no hemos dejado de pensar la política como los romanos, de manera imperial” (43), Heidegger dixit en Parmenides, si se nos permite un embellecimiento en el medio sucio de estos desosiegos. Es éste un hermoso texto que anhela un retorno a lo griego y que repudia la convencionalidad del historicismo de corte empirista-positivista y la latinización del Occidente, con o sin la reconstrucción de Víctor Farías en la inmediatez del nazismo.

[xi]Una historia a título personal que complemente la introducida por Molloy: los estudiantes de cierta catedral de conocimiento universitario no habían oído ni hablar de Maradona, ni de Gardel, ni de Borges, mate, etc. Es decir el signo “Argentina” era, y sigue siendo, un signo virtualmente vacío para la inmensa mayoría de los estudiantes estadounidenses, al menos los que yo me he encontrado en las bancas de las aulas de clase, lo cual es lo más normal de la vida. Y a mí se me ocurrió verificar esto, en relación a la generalidad mastodóntica llamada “América Latina,” o una posibilidad de otra “América,” que se podría relacionar de alguna manera con algunas de las cuestiones levantadas en un texto como el Sarmiento, que aparece en esta tabula rasa. Ni que decir tiene que el par de clases dedicadas a esta especifidad textual, o a cualquier otra, al no apoyarse en nada vivencial, ni inmediato, ni acuciante, al no tener “residencia en la tierra,” se las lleva el viento burlón a los olvidos de todos los tiempos. Esta es la naturalidad pedagógica cierta en las tierras en donde vuela el águila calva y en donde el amor (intelectual) no brota a primera vista con toda la espontaneidad con que debiera, ¿o acaso lo hace alguna vez?

[xii] Mensajes no-académicos y no amorosos que llegan con toda facilidad al rellano de la puerta de casa: belicismo, paganismo con respecto a toda piedad y un desierto imperial sentido como propio que se lanza al mundo: Warrior Politics: why leadership demands a pagan ethos y An Empire Wilderness: Travels into America’s Future . ¿Jugamos al corro de la patata con Kaplan, Ignatieff and Huntington?

[xiii] De Bill Readings, el conocido University in Ruins y de Stanley Aronowitz, el menos citado The Knowledge Factory: Dismantling the Corporate University and Creating True Higher Learning. Habrá otras muchas posibilidades.

[xiv] Pro domo mea: los interesados pueden tener en cuenta los diálogos críticos con tres conocidas figuras (Rolena Adorno, José Rabasa, Louise Pratt) sobre algunos de estos temas en Revista de Estudios Hispánicos.

[xv] Pero “desracializarlo” del todo es complicado, y aquí los “nuevos americanos,” los de asentamiento reciente, o aquellos despistados de primera generación, o los que tal vez van y vienen de paso, o los foráneos mal adaptados, tienen que tener todos sus cinco sentidos bien puestos. Véase el artículo de Ian Haney López, “Race on the 2010 census: Hispanics and the shrinking white majority” incluido en un número monográfico de Deadalus (Winter 2005: pp. 42-52), dedicado a algunas de las tensiones propiciadas por la clasificación racial en los Estados Unidos según sus mismos documentos oficiales.

[xvi] No creo que nadie dude del arrinconamiento del academicismo por las modalidades “maleducadas” de la “cultura popular,” aun cuando aquel diga dedicarse a reflexionar sobre éstas. ¿Qué puede significar eso de “clasicismo” y “manierismo” en este contexto mayoritario? Cito del lenguaje no-poético de Mac OS 9 en el original: “If the classic [énfasis mío] environment is frozen, the whole environement will quit [si se congela el espacio virtual “clásico,” la totalidad del espacio virtual desaparece, en traducción libre].” Una relación, aunque sea esporádica, con el mundo de los ordenadores y con el lenguaje informático, pone al academicismo humanístico en la lengua extranjera en su sitio liliputiense. ¿Qué significa eso de “clásico” en estos ambientes, o en el uso habitual en inglés convencional, en relación a la música de pop, rock, el cine de Hollywood, o productos como la Coca-Cola?: ¿Modelo original, formato originario, primer producto comercial en una serie ininterrumpida, marco de inteligibilidad primordial y reconocible, precedente significativo de utilidad inmediata o referencialidad interna y directa, normalmente de unas pocas décadas dentro de unos océanos oscuros de oscuridad de un ayer y de un después? No cabe duda que esta reificación también afecta al mercado de las ideas y al “producto intelectual” sujeto a aceleraciones, novedades y modas. Scanlan habla de la muerte prematura, u obsolescencia planificada inscrita en  muchos de los productos comerciales que consumimos, de cómo se acorta con toda intencionalidad la durabilidad de un producto de consumo con una fecha de expiración ideal de unos dos o tres años, con el consiguiente incremento del desperdicio, la alienación de la memoria con el “pasado,” etc. (Garbage, ibidem, 38, 129, 132). La generación se hace acompañar de la degeneración, el encomio de la utilidad, la novedad, la última moda, del reino del desperdicio, del desecho, de lo que ya no es de actualidad, de lo que ya no sirve, lo cual también afecta a la presunta desmaterialización de la inteligencia, humanística o no, que se quiere así “salvar” de la acumulación de desechos, con su propia generación de novedades y modas, pero malamente.

[xvii] Uno puede pensar cómo la dicotomía convencional de “hispano/latino” puede funcionar, en inglés o en español, en contextos estadounidenses no académicos, por ejemplo, dentro de ambientes de deportes, en especial en el deporte nacional del béisbol, o en contextos de cultura, música y entretenimiento, por ejemplo, la sección “latina” en los establecimientos de venta de música “ligera” pop y rock, y el marcado arrinconamiento de la música “clásica,” o la planificación de eventos “culturales” organizados por organismos locales en los centros abandonados de las ciudades, normalmente en los meses de verano, o en los ambientes comunicacionales de televisión y radio con un  bilingüismo incierto, o incluso en ambientes “subculturales” de visualización del deseo sexual, o la pornografía, con sus tipologías expresivas “latinas,” al menos según nos cuentan algunas de nuestras amistades lúdicas, musicales y libidinosas aficionadas a todas estas cosas.

[xviii] Althusser habla del “coqueteo” de Marx con Hegel, y recrea la formula leniniana, de origen en el mismo Marx, del sombrero, o gorro (intelectual): “si te sirve para algo, póntelo” (mi traducción libre del texto en inglés, “[i]f the cap fits, wear it” (111). Por supuesto, Althusser criticará la seducción hegeliana en la que uno tiene que caer para luego quitársela de encima en pos de otras cosas. Ahora no vamos a entrar en la tragedia biográfica del intelectual francés cuyo fantasma nos ha acompañado en este artículo.

Seek the Thought of Native America: An Interview with Gordon Brotherston.

SEEK THE THOUGHT OF NATIVE AMERICA

AN INTERVIEW WITH GORDON BROTHERSTON.

By Fernando Gómez Herrero (fgh2173@gmail.com).

 

 

 

FGH: In relation to native American literature, I would think that the reading business is a rather difficult business and there several reasons for that difficulty. I would very much like you described the contemporary situation which I see as a post-textual, and even a post-literacy moment. So I am just wondering how your emphasis on communicability finds an outlet for native American literature. I feel my students do not go that easily into the interrogation of all those notions, like text, literacy, textual coherence, etc.

GB: Indeed, I’d agree. Though we shouldn’t forget Harry Potter: my grandchildren tell me there is stuff in the books you will not get in the first reading, in fact, the film is all right and they play the computer games very expertly, yet the book, you see, has things going on in many more directions. So I do not think the book adventure is over by any means.

A specific example. Just last week we were looking at the Popol Vuh and the question of its structure, the way it fits itself together and demands that the reader thinks about how it does if he or she wants to understand what is going on, you know. Therefore in the process the reader rehearses what the writers have been through in writing the story of creation, so there is a kind of analogy really between the process of construction of the text and construction of the world, word making and world making, an argument which is demonstrable as it were within the text. Now, in this particular case, how should I put it?, it is not just a technical matter, although of course it is that as well, but is mostly a question of the relationships among the suns of creation or multiple ages of the world. One thing that is clear is that it is not 1,2,3,4… a serial thing.  It is much more complicated than that and has to do with levels and modes of time coexisting as in music for example. I mean, precisely that is what you are asked to think about. You are asked to think about by the actual focus of the narrative in the respective ways the various world ages are narrated. So that you will notice that you do not have particular characters or personages at levels 1 and 2, but you do at levels 3 and 4. These are formal distinctions that anyone who’s used to reading at all will very quickly pick up.

A key bit of this argument concerns the episode of the bird reptiles at level 3, Seven Parrot or Seven Macaw (according to translator), and his wife who have these reptilian sons and who all engage with the hero twins when the twins are still boys. Now we are discreetly told or may deduce two things about this episode, which enable us to fit it into the world-age scheme of creation. One is that it took place  during the time of the doll people, stiff giants who exploited everything, had feelings for other creatures or other species in their world. They meet with a horrible end, in a narrative of wholesale domestic rebellion and cosmic revolution already told at level 2. The time-space here is comparable to that ascribed to that of the Biblical Genesis in Mimesis, and this is still truer of the time-space at level 1, the great cosmic forces of hurricane (a Maya word) and electrical storm impinge on proto-vertebrate life forms, the shining feather-snake of the ocean. So we know Seven Parrot existed in some sense “during” the age of the doll people, but now, at level 3, the focus is on individual named actors, like Seven Parrot and the boy twins, who as it were emerge from the undifferentiated mass of the doll people. Furthermore, and here’s the other clue, the twins who are involved as boys with Seven Parrot go on to appear at level 4, in what is a yet more “realist” narrative in Auerbach’s sense, the epic journey to the underworld they undertake as young men and which leads into the beginnings of political history in Guatemala.

In order to fit all this together, you have to bear in mind the narrative modes respective to each level of time, the world-making in the way of telling, the specificity of focus, use of proper names, verb-channels of exposition, etc. You also become aware of how time is being perceived in the first place, because if it is true that these twins are interacting with these monsters when they are small, they are interacting as a child of our species if you like, and they are looking at monsters which are physically bigger because they themselves are very young, and their notion of time will be conditioned by the fact they themselves have not been alive long therefore every single year will be a significant addition to what they already have lived. In this way, the outer and inner time-spaces of the world ages are actually embodied, incorporated into the text itself. Nothing has to be made up or surmised, it’s all there in the text awaiting the eyes and mind of the careful reader the same text explicitly appeals to in these terms. All this is set out at length in Book of the Fourth World but does it make sense here? Ninety or so students I tried it out on just now in a lecture seemed to like it.

FGH: It does make sense. What do you think they liked about it?

GB: They said it had to do with the fact that it was a text, a text that rather than preach told stories, enabling you to see how it constructed itself as it went along. All the things you’d most like to hear, really. That it was a readable analogy for the idea of genesis itself that did not necessarily owe anything to western creation myth.

FGH: This may be a nasty word, but in hearing your language, you talk about structure, the [singularity of the] text, how it fits itself together, how some proto-human epic is incorporated in the text itself, and I don’t know if “incorporated” is actually the right word, and you try to put it together, side by side with the big monster of the West. How would you respond if I said that what you sound to me like you are doing  formalist reading? Is this a fair call?

GB: I once met Julia Kristeva at Essex, when David Musselwhite  had her over to the Sociology and Literature program. We had lunch together and I don’t know I must have been talking this sort of stuff and she turned to me, rather on me, and said, “Mais Monsieur, vous êtes formaliste?” [But Sir, are you a formalist?].

FGH: And what did you say to her? (laughter)

GB: I said, well if you think so (laughter), you know, how could one disagree with such authority on the matter. Yet clearly there’s formalism and formalism.

NATIVE AMERICA IN THE AMERICAS.

FGH: Let us go to the section called the aboriginal or the native dimension of the Americas in the Americas. You are teaching with Lúcia de Sá a course entitled “American Genesis: Indigenous Texts and Their Resonance.” What arguments could you put forth to your students, and perhaps you already did, as to why they should bother with this indigenous dimension”?

GB: Well, let me start with things they have said, and I have this in writing, which is exactly what we had initially hoped. As you know, all first-year students at Stanford must take one course in the “Introduction to the Humanities” sequence, and we’re told ours is the only one which, at least in the students’ perception, does not start off from or build on the usual Western premise. That,  in their view, is very good and it encourages us to keep doing the course.  In planning the course, in thinking about it, in one of the first discussions about it with the people who run the program, this question came up: here you are with your American Genesis, but can you be sure that US students know what the Biblical Genesis is in the first place? You know, obviously a few will, but many might not, so what are you going to do about this, in order to make your implicit comparisons meaningful?  So we began to think maybe we should after all start off with the Biblical  Genesis and the Book of Daniel, Hesiod’s account of his world ages, and perhaps a bit of Ovid and Virgil.  But then, surprise. They very ones who were asking the question suddenly supplied the answer: no, you mustn’t do that, you must hold on to your premise. Otherwise, we realized, we would be walking into the territory of the Other and alterity and all that. So we held our ground, resolving to say at the start: “ You know, you may or not like what we have to say, you may think it’s all untrue, a myth, or alternatively that it was all made up ultimately by western intelligence; we’ll handle these feelings and questions as they come up. But there’s more to it, stated in texts that are undeniably native, saliently our logo, the Aztec Sunstone, which everyone agreed dates from before the European invasion, and which records the paradigm of the world ages. If you want to make comparisons, then why not let us help you start from the other side, start with what we are learning here and making it the norm against which then to measure Old World belief: this looks like a bit the Biblical Genesis but this has a different feel, etc.”  This was a  simple enough maneuver but it cost us a bit of effort because this Western thing is so powerful, obviously it is, it’s so deeply ingrained in western logic and everyday language. So, it’s been an interesting exercise, anticipated a bit in the Book of the Fourth World, in the sense that the only authorities I would use were native American, certainly preferring them to those consecrated European chronicles and treatises at every stage. It is of course just this intellectual fact of America that one might wish were at least noticed by those philosopher- theorists who claim to expose the “exhaustion of Latin American difference” (Moreiras’s terms): who is it who differs from whom and in truth which is the imaginatively exhausted party, one might irreverently wonder.

FGH: The student keeps asking, so Prof. Brotherston,  is this about the comparative game, or maybe not, between the aboriginal and native dimension in the Americas side by side with the West? If so, what is the point?

GB: I suppose implicitly it will always be. In the first quarter, not really. If comparisons are made, it is first of all within the Americas, in an effort to resist centuries of suppression that at first was pretty deliberate, the burning of “libraries” – as they Christians themselves called them – of codices and Inca quipus, in the great metropolitan centers of Mexico and Peru. We operate as bona fide Amerikanisten here, striving to uncover those paradigms of creation, and once undertaken, the task proved not impossibly hard, with adequate chosen texts to hand, the Sunstone of course, the Popol vuh, the Legend of the Suns, Watunna, the Huarochiri manuscript, Guaman Poma, the Emergence dry-painting of the Navajo, and so on. Some are even available in paperback. One of the joys of the course is having native Americans in it who enjoy the comparisons made on the continental scale while holding firmly on to what they learned at home – and clearly knowing a lot more about this last.

And this leads me to another simple point. If you listen to experts in say architecture, agriculture, and to a lesser degree, mathematics, or philology, especially in the heyday of nineteenth century diffusionism, those who make comparisons between the Old World and the New do so to the disadvantage of the latter. They take isolated examples from different parts and times of the New World in order to compare them with what is considered to be central, essential or sound in the Old – you must be familiar with this [way of operating] – and of course it generates a necessarily balkanized America. Needless to say, when some phenomenon or other of significance to these academic disciplines is discovered to have occurred earlier in America than in the Old World, as in fact happens increasingly, then diffusion is promptly forgotten. It’s clearly an ideological matter, with psychic roots so deep that they have been rarely examined. During the McCarthy era, Sauer, then Professor of Geography at Berkeley, suffered directly from this; he was ostracized for arguing against the then orthodox (and diffusionist view) that maize was an Asian import, saying it was rather the triumph of aboriginal American plant science, which of course Radio Carbon 14 soon conclusively proved it was. In the 1980s I spent some time working on calendrics, the articulation of time, not least in the calendar instituted in revolutionary France and why socially it was doomed to fail; but most of all of course my focus was America. For me, the most urgent thing was to compare like with like, so you compare Aztec and Maya, systems different in some respects yet also with a lot in common, and then both with Inca, or Sioux. The number of people  who have done just this is rather small. Most will have something to say about the Maya or something to say about the Aztec, or other cultures, but consistently trying to work through to ground common to all is rare. Even the Mesoamerican system common to Aztec to Maya is ignored more often than not and in this respect the brilliant mathematical restitution offered in Munro Edmonson’s Book of the year (1988) is completely welcome, as for that matter is his learned translation of the Popol vuh, that bible of Mesoamerica (and America) which he was the first to translate into English directly form the Maya-Quiché. The northern extension of this Mesoamerican system has scarcely ever been examined as such, although the arithmetical and even textual norms are readily comparable: the nine-night cycle, the seventy-year cycles of human and star life, shifts through dimensions of time (days, years etc) by means of chosen ciphers, history that emerges from the epic and the world-ages, and so on. Indeed, only when we respect the continental frame of things do we begin to see not just the shared paradigms but the categorical differences. Perhaps the most striking of these is the pastoral economy of the Andes – nowhere else did appropriate animals flourish as the llama did there – and the pastoral ideology that grew from it. This particular regional difference not just throws light on why Inca theology differed from, say, Aztec; it puts into broader perspective root choices made in old world belief, between pastoralist Abel and agriculturalist Cain and so on, that profoundly affect philosophy up to and even after Rousseau.

All this to indicate the context and purposes of our efforts at intra-American comparison.

FGH: It must be tricky business because we happen to be inside balkanized America and also inside the U.S., which could be hastily defined as also a rather fragmented [society] with a hegemonic Anglo-centric European heritage. It seems to be that you try to build a togetherness, let us call it American togetherness, “America” in the continental sense, by keeping or pushing away some notion of “Europe” inside an Eurocentric country such as the U.S. So this must surely be a complicated operation. In relation to the frame that you talked about before, you keep talking about American texts, with all those internal complexities…

GB: Could I just catch something? The way you are using frame is not the way I was using it. Frame is the formal kind of definition, going back to the formalism of before, simply the edge of the paper. I don’t mean it in any other way whatsoever. I mean it in a technical sense. Must a text have a frame? That kind of question. So, this is a different matter indeed. Of course and absolutely [in relation to this latter point]. But it is a bit like advice one gives to doctoral students: just get on with it! Just do it, rather than standing back, ghastly and complicated as the whole operation is going to be! Just try it! It is only by trying, and in collaboration with people who come from the inside, like the native Americans doing our course, that you can begin to see how all this may be possible.

At the beginning of the course we set up the Aztec Sunstone (Piedra de los soles) as a yardstick, a basic textual reference. We know that this is a pre-Columbian, pre-Cortesian text, and that it tells the story of creation and we have the names of those creations, all translated in Nahuatl narratives. So we said: “Whatever else we are going to be doing, don’t forget this image. Remember that this image was carved, it is there, you can go and see it, and we know where it comes from and we know what it says. So wherever else might happen, if it gets too complicated or fragmented, etc. remember this : whatever else you want to see in the continent, you know one way or another maybe you can make those connections!” And that helped anchor things.

image  I Am Crow © by Kirby Sattler;  kirbysattler.com

FGH: Nativism, aboriginality or the indigenous dimension, how far do  you think you can go with these labels within the matrix of a latecapitalist, post-literacy image-dominated mobile and migratory increasingly Anglophone global society? What kind of foreign eloquence could you use in the official neighborhood, or corral, of Uncle Sam, self-styled as the one society for the rest of the world?

GB: There you go! Quite a few epithets in there. I don’t know if I can remember them all at once. The business of the English language – I don’t think it makes much difference because if it weren’t English it could be Spanish. Meanwhile, there is just as much interest in the Quechua language outside Peru as inside. The post-literacy image-dominated aspect interestingly enough might almost work on one’s favor. Take the case of the Sun Stone, it is indeed literary but it is also, should we say, an instance of visual language. It’s not just the printed alphabetic page of Doctor Samuel Johnson’s Dictionary. It actually expands the notion of literacy maybe to allow for people already with that kind of heritage today more readily into what you are doing. As for the notion of [late-]capitalist, are we post-socialist? How late is it? Indeed one of the most interesting engagements is with how main line socialist thinking relates to bodies and traditions of native knowledge that are still very much alive. Ward Churchill and Vine Deloria’s, Marx and Native Americans would be an obvious reference here, along with Rigoberta of course, and Silko. There are numerous other critics in this line of thinking in Brazil, certainly in Mexico, Peru, Bolivia, Guatemala… where you find people, should we say, from the left engaging with this other knowledge trying to see how it may or may not teach them. And all this is being brought to some fruition now with the planning and founding of indigenous universities again in America, 500 years on. Well, after all, in China we saw a profound rethinking of Marxism, also in Vietnam, thanks to the astounding Giap, and in Che’s idea of Cuba (El hombre y el socialismo en Cuba, a work I translated in the 1960s). But what I am trying to get at is those areas where mainline socialism is having to rethink itself. Feminism is an obvious one.

Why should any student be interested in this now? Well, one of the answers is that we can learn from native cosmogony, its long-range evolutionary perspective and the healthier location of humans with regard to other species and their environment. Having had little to say on such issues, Capitalism unsurprisingly enough, is now battling discursively with itself. In its day, Soviet Communism hardly had a better record. It seems to me that this tradition of knowledge helps us, if I can be inclusive about it, to conceptualize not just our gender, race, etc., but our species in a way which mainline Western thinking has not really helped much. For example, it may help us explore the pastoral ideology at the heart of the Semitic religions – Islam Judaism and Christianity – yet confined to the Andes in America, and help us see how it redefines human kinship with other animals, in ways that may lead to psychic and cultural disruption of Nietzschean proportiones.  Does that answer your question?

FGH: In the course description you use the language of “genesis” and “cosmogony” and “dispossession,” are you fated to seek cosmologies? Does Gordon Brotherston sin the original sin, the sin of origins? Do you feel you always have to go that way in relation to your work?

GB: Let me turn that around a little, Fernando. Do you mean that I am condemned, compelled to wanting to go back to first sources?

AN AMERICAN TRADITION OF KNOWLEDGE?

FGH: Not just in relation to sources, but in relation to your work. You look at the notion of “indigenous,” the “native,” the “aboriginal,” etc. There is the push, the attempt, the tendency that “forces” you trying to generate non-Western narratives of genesis. You go for cosmological arrangements. Is this a sin, a virtue, the only way of getting this done? Let me make clear that “a situation of force” could be good and desirable, or bad and undesirable, or perhaps neither in the sense of perhaps being the only way to do these things, something inevitable. I would like your thoughts on this.

GB: These “non-Western narratives of genesis” you ask about have existed and resonated for a very long time in America, they could hardly be “generated” by me. I think the problem may in part have to do with what you touched on before, that is, “science”. Keeping up with what that is pronounced to be and casting back to what it has been has always informed my sense of literature, and to hear most often a delightful, beautiful kind of curiosity, that has enthused astronomers, mathematicians, geologists, and even old Darwin in his way, brought down as he was by (capitalism’s) awful survival of the fittest. That I enjoy, I mean I enjoy musing on why the caracol turns this way or that – as in the double-helix of Augusto de Campos’s concrete poem – , prompted by what kind of forces, the whole numeracy prefigured in our bodies as limbs, digits, orifices, teeth, and the rhythms of the sky that humankind spent so long observing and theorizing minutely already it would seem in the paleolithic, and the sad decline of scientific interest in the sheer experience and  phenomenology of such things. Try for example looking up something as rudimentary as the synodic period of Mercury, and you’ll sooner be told all about that planet’s surface temperature, its density and so on. Again, you would have to have been privy to Freud and Einstein’s possibly apocryphal conversation about time to recover the perception of inner and outer articulated in the Popol vuh. In this sense, the modern Western notion of science excludes so much, has left so much behind, of what have been the sustaining roots of human culture and intelligence. And there it is, articulated in American accounts of genesis, which have been successively updated in response to the dramatic changes the continent itself has undergone.

So, let us say that that could be part of it and go on to your cosmological point. Genesis is more than origin in the sense that, when you were talking just now, it occurred to me it is not because the first people in the continent were the ones who thought so cogently, that may well be true, but the reason is not just “because they were the first.” It’s rather because from my experience from talking, listening and being with Indians today, my experience in Latin America and in this country, and certainly in reading quite a few texts over many years, I suppose I just believe, as simple as that, that there is such a thing as an American tradition of knowledge, which I do find very interesting. Why do I find it interesting? You are right, it is partly political. It is because these peoples have been dispossessed, the word you quite rightly used, not just territorially but also intellectually, and this for me is a recurrent argument as you can see, and one really don’t want to let go of. You remember when you kindly asked me to collaborate with you in your colonial course, we looked at evidence in the Aubin Codex and elsewhere that shows how in 1559 the Aztecs contrived to hold the New Fire ceremony due in that year (2 Reed in their calendar), staging it under the very noses of the Spaniards, who by then would not have tolerated it, within what was officially the nocturnal ceremony organized to commemorate the death of Charles V. There are of course many other such clues to intellectual survival of this kind: one I’m sure I’ve mentioned to you is how the unearthing of the Sunstone in 1790 was interpreted as a cracking up and eclipse of the Spanish colony, by locals who were still in the habit of consulting codices. Another example: there is a direct formal and textual link between the Mexicanus Codex of 1583, which offers a wholly expert critique of Gregorian attempts at calendar reform, and native-paper screenfold texts produced today, in much the same contestatory spirit.

An immediate target is of course the kind of triumphalism which has afflicted the Western powers one after the other, and which is most certainly afflicting the US empire now. That conviction, which [the Stanford President] Hennessy lamented, “we are so right that we really know it.” And which could also be seen to afflict “science,” – let’s keep the term in quotation marks -, as someone remarked the other day in the New Left Review, or maybe the rather racier Private Eye, identifying it as a species of religious fundamentalism. No doubt that science is congenetically incapable, certainly institutionally reluctant, to remember what it said yesterday, this synchronic science that is true only because it is synchronic. You can’t after all admit “well, actually I was saying something different yesterday, and maybe that was wrong, how was it that we thought it was right when, etc.” , exception being made of course for such admirable bodies as the Union of Concerned Scientists. On the planetary stage the West and Europeans particularly enjoy projecting this sort of synchronicity into the past, a paradox no doubt but a familiar mental operation, as if they had always somehow known everything,  when they absolutely did not, most often they were the ignorant and  destructive pillagers they behaved as in America.

FGH: I would like to kind of repeat, a bit differently, a question I already asked you. So, Prof. Brotherston, what are you up to in this American Genesis and why should we bother with this? Is this about a non-West continental American awareness that should do something to the way we live in this society today? Because they may be a few international students but you are talking for the most part to the descendants of European migrants who also carry that European culture in fragments, for whom Europe may perhaps be some distant, if prestigious location they may be willing to visit for a honeymoon, a semester or spring break. US American culture is something else that is also not that close to Latin America. One subquestion may be about how happy you are about the visibility of Latin American inside the US? If you use the foreign affairs model of engagement with the world, then there is no engagement with the Third World intellectually.

GB: Your question includes two parts which could have a common answer. Actually, as others have remarked,  the students  who have chosen our course, out of the six or seven on offer in the Winter and Spring Quarters, are mostly a solid concentration of non-Europeans, with a few exceptions of course… (laughter). One could ask, looking at them, where were these students before and wonder about all the places they have effectively come from and in that sense represent.  It’s a great group and they have given us great feedback. They requested that we should have question time at the end of the lecture –  ninety people, not easy to do! – and so we said, o.k. as long as you ask the questions. And they did, revealing a keen interest in the very epistemological questions we’ve been asking ourselves.

FGH: Is the point to highlight the riches of magnificent worlds of invention inside the subaltern bodies or what?

GB: Subaltern bodies being the students in this case? (laughter)

FGH: No, not the students (laughter), let us say the indigenous bodies, the Indian bodies, the bodies of those who come from dominated worlds of human experience, if you want to put it that way.

GB: It is not the way I’d have chosen to put it and “subaltern” is not really one of my terms, but all right, I’ve no real objections here. The way of answering that would be that it is amazing the difference that recognizing someone can actually think can make to human relationships, the revelation that someone actually had a mind all the time. Films have been made and short stories have been told about it, it’s a favorite punchline, the twist in the tale. There are plenty of examples that involve Native Americans, about how writers and artists have actually been converted almost in a religious sense as a result of getting to know something about the tradition of knowledge we have been talking about, even if it is in a very local way. A really significant case is Miguel Angel Asturias, who as a writer started off diagnosing his Maya compatriots in Sociología guatemalteca: el problema social del Indio [Guatemalan sociology: the social problem of the Indian] (1923). And what is the problem? Well, according to him at this stage it was that the Indians are all degenerate, they all get drunk, just can’t help themselves. They are just useless and Guatemala will never advance or progress as long as there are all these Indians in it. So what are we going to do about that? A lot of immigration, etc. you know the usual Sarmiento kind of stuff.  And then he read and translated the Popol Vuh and as a result he completely changed. The very same behavior patterns which before seemed to him disgusting  or evidence of irremediable backwardness then came to seem proof of something quite different. So it is the eyes of perception really, isn’t it? It is not the whole story but I am trying to answer your question. I do believe it can happen.

IMPOSSIBLE SPANISH SILENCES

FGH: The Course syllabus of American Genesis, but also the anthology of translated poetry entitled The Sun Unwound: Original Texts from Occupied America (1999), wishes to cover mostly pre-1500 and then “jumps” to the 20th century. In “American Genesis,” you  include Guaman Poma de Ayala, an exception to the norm,  but I think it is fair to say that there is no one single Spanish (or peninsular if you will) source in your course that deals directly with the colonization of the Americas. Which is like dealing with India for example and not including any English source. But you do not forget to include Early Modern and Enlightenment authors (Montaigne, Voltaire, etc.). What was the rationale? Do you still think this is a good choice? I must say this silence puzzles me a bit.

GB: O.k. Now, let us be clear about one thing from the start. It is only in the first four weeks of the Spring Quarter where this question will be raised because otherwise all the texts in this course are Native American,  Guaman Poma de Ayala being therefore not an exception at all, it is part of this same thing. Then clearly in the second quarter we will be going on to look at modern writers in languages that certainly include Spanish and Portuguese and all of that. Now, what you put your finger on is that particular early colonial bit, which is the result of our wish to try and demonstrate the intellectual impact of Native America on Europe. In fact, that’s not so easy, it goes against the grain, it goes against all the usual ways of thinking, which cannot admit the idea that America had an intellectual impact, an actual input at that level. If we accept the idea then we have to be extremely careful about what we offer as evidence, about which authors we choose, they all have to be solid in this sense. Maybe it’s my ignorance but remember, Fernando, that my first job at King’s College London obliged me to teach a whole year of  Spanish Eighteenth Century (laughter). Maybe I should go back and revisit José Cadalso, Feijoo, Jovellanos and the others, and of course the Golden Age that preceded them. I just did not see it then, maybe I’d see it now, I don’t know. Throughout, the intellectual framework seemed so inimical. Now, where you can find some sort of evidence is in those authors you just mentioned. Montaigne is our prime exhibit, he is amazing, there’s nobody better, an individual contemporary with the sixteenth-century invasions, and seminal for the Enlightenment. He invokes America most on two main issues, one is the creation of the world, the other, cannibalism, both highly sensitive topics for the Christian thought of the day. They are literary disquisitions that as everyone knows deal with Christian dogma, imperial grandeur, social justice, European self-contradiction and intellectual limitation, all with full reference to American discourse, the Sunstone account of the world-ages, Tupi poetry, and so on. The connection is so direct and we want to make a lot of it; and without Montaigne, Rousseau would have had decidedly less to ponder. For his part, Montaigne’s contemporary Christopher Marlowe openly preferred native American to European estimates of how long ago the world had begun and relished the anthropophagic roots of the Eucharist: both were charged with heresy. Elsewhere, like Italy, Spain and the Holy Roman Empire in general, such dialogue is hard to find, as it is after the shutters came down again and everywhere Europe preferred to talk to itself. One Spanish-language text from the Enlightenment we have thought about is Lorenzo Boturini’s Idea de una nueva historia general de la America Septentrional [Idea of the new general history of North America] of 1746. An Italian, Boturini was a disciple of Vico, the “founder of history”, but he was more far intrigued than his master by America: his history transcribes the codices he had collected in Mexico and had struggled to read, and for that reason, revolutionary as it is in Europe, it’s an ungainly work for pedagogical purposes; and there’s no translation of it.

When you have asked me this question before I said, all right, you name me, you know, a text, or two, that is coming from the Spanish-speaking world that we can use for our pedagogical purpose and we will go for it.

FGH: I do have a response to that question but let me go on with the questions as planned. Your scholarship does not do political, legal, institutional, economic history at least not at the official level in relation to Native American literature.Is the focus on the indigenous dimension incompatible, or does your focus preclude the simultaneity of an engagement with institutionality? I do not see, for example, going into greater detail to explore Spanish or Portuguese colonization of the Americas. You do not wish to enter the colonial territory forcefully. And thus this is why you recreate “indigenous” cosmogonies persisting, resisting “Spanish invasion,” and I am using your language. Is this fair? Am I wrong?

GB: No, it’s a fair call. I think the answer to that has to do with the length of human life,  how much we can read in a lifetime. I remember a thought from long ago published as “The Comparatist in Babel,” [Arion (University of Texas), viii (1969): 110-21]which suggests how the Cartesian model, the probes that extend indefinitely from the severed head, just does not work in the global field of “comparative literature”, a hot topic at the time. As we stagger along past shelf after shelf like the librarians of Borges or Eco, our retinas can ever know only the tiniest chapter. People have quite reasonably made careers just studying, say, colonization in Brazil over half a century, and that is more than enough. Such thoughts were very much in mind when in 1990 when I retired from Essex in order to finish Book of the Fourth World, you know: how strong or not you feel, how good or not your eyes are, the amount of work you can hope to put together, memory that starts to fail after 45, and what there is left to know. It is a condition that justifies the methodology or (to be theological for a moment) a methodology which justifies the condition, but that’s why I’m sticking principally to indigenous texts, and aware as I am of the limitations here, I do not think that doing what I am doing precludes other answers to the problem. It’s rather a matter of who is going to do what they can? We will have to do it all together. It has to be group work.

FGH: I see a double tendency at work. One is to keep the “indigenous” dimension separate and distinct from, for example, Spanish and Portuguese, the “colonial” dimension, the “native” separate from the European powers. And two, to build an indigenous continuity maintaining also a continuity of these separations from pre-fifteenth century until today. Is this double tendency fair? Are these continuities even possible?

GB: I’m sure you’re right in wanting to ask this kind of question. In any case it has a lot to do with how you define “indigenous” in the first place. I must say, on this I have shifted ground steadily over the years. At first I’d hold verbal language to be indispensable: if people were not writing in an indigenous language, or speaking it, then what they had to say was already of a different order. I also put less emphasis – and I am talking twenty-five years ago – on social groupings and behavior than I would now. I think in that sense my ears have become more intellectualized, as it were. It is not that old “history of ideas” I have in mind, it’s much more to do with histories of knowledge, accepting the difference, and the many sorts of text and languages through which they may be conveyed. It is practical knowledge a lot of the time. Medicine is a good area to talk about in this regard. As you know, the middle classes in Chile or Brazil, who do they really go to when all else fails? They go and talk to the curanderos, who of course carry forward with them knowledge that has been around in America for very much longer than Old World immigrants.  Maybe I’ve been slow, resisting the idea of intellectual continuity being only too aware of the pitfalls it can imply. But if you then accept that it exists, and you do look at, say, the Navajo today, then you begin to hear the way they talk about their  own tradition, reinventing it like any other tradition, but from absolutely specific precedent. What is continuity in any case? We all secretly know that the dominant West freely invents and invests itself with “traditions” and values on evidence which elsewhere would be mercilessly deconstructed by its science, a true privilege of power. Take all that “medieval” architecture in Cambridge, some of it that old maybe, some of it definitely not, yet the overall illusion or aura is seamless.

This could just about bring us back to that synchronicity of science we were talking about earlier, so as to feed it into that question of language. For linguistics began to exist, as it were, just because of its synchronic understanding of language, and a famous deprecation of philology (a subject Stephen Ullmann taught me how to love at Leeds) and its “hopeless” diachronicism. As a result, given the largely unchallenged ascendency of linguistics, the word continuity itself has acquired a certain bad breath. For some, it appears, continuity is synonymous with intellectual limitation, like a failure to advance, adapt, incorporate, and that is of course not at all the way that I like to invoke it. You said that I don’t talk about colonization. Well, I think it is not quite true in the sense that I am very interested, and I have written about, native texts which incorporate the experience of colonization and the ideas of the colonizers, reworking it all in their own terms. These constitute the best kind of texts because you see the continuity, you see where it is coming from, you see how this interpretation of the zodiac in the case of the Codex Mexicanus is coming from an earlier interpretation of the zodiac and mixing it with new or imported ideas, etc. There are many examples of that kind. So it is in that sense, I think, that it is not as though I just ignored the existence of coloniality. The way the very word is used in Gruzinski’s La colonization de l’imaginaire [1988; translated into English as The Conquest of Mexico], bothers me because if you start from that basis, well then it’s all over really. That is the problem I have.

FGH:  One could perhaps critique you for avoiding “Spanish” and “colonial” in relation to “American Genesis” and perhaps also in relation to your work. It is like you are not really quite into explaining the transformations, mutations, processes of domination and subordination of all these categories, or is this not so?

GB: Actually you lost me in the last bit of that one, what is being subordinated in your view?

FG: The Native American dimensions.

GB: So I want everything to be subordinated to that as it were?

FGH: I see a tendency in you that is going for fission and not for fusion. And you said it very well in relation to Gruzinski, your work stops where Gruzinski’s work begins chronologically. I am not saying that he is going further than you. Or the other way round, you begin where he stops. But I also think that Serge Gruzinski’s work, and you said it very nicely, unlike Mignolo’s work for example, contains, let us say, a melancholic feeling about it. Gruzinski’s good work focuses on the early moments of colonization. He celebrates the notion of a rich hybridity and then it is almost like everything goes downhill from here. It kind of has to. Your work does not do that because also does not focus on that historical moment and you keep this moment at a distance.

GB: It has to go down. Yes, that is very fair. I think I also look for all the support that one can get, in works like Peter Gerhard’s The historical geography of New Spain, which reminds us how long how much American territory remained outside European control. And these brute geo-political facts remind us again of that phenomenon of “back projection,” in which somehow the European domination of the Americas was always there, was there even before Columbus arrived! (laughter), was expected and needed as even Neruda could hint in his high Stalinist days (“A pesar de la ira”, in Canto general).

CODEX MENDOZA, POPOL VUH, AND NATIVE AMERICAN LITERATURE

FGH: Let me elaborate a little bit how I see your work in relation to two specific examples, just to characterize what I mentioned earlier about fission and not fusion. In relation to the Codex Mendoza, your reading does not go for what I would call the colonial condition of production of this historical document that has the Viceroy Mendoza supposedly presenting this “text” as a gift to Charles V. And I  must say that I do not quite find convincing Escalona’s approach that cleans up the alphabetic letter from there. I would say reading the puzzling, fragmentary juxtaposition of glyph and alphabetic letter inside the colonial setting is the way to go. Of course it goes without saying that this is a tremendously difficult, challenging perhaps even impossible task that, at least according to Escalone, will take two or three generations. Or in relation to Popol Vuh, a favorite text of yours, and you are definitely the expert here, there is however a rather loud silence about the insertion of this testimony inside the massive chronicle produced by the Dominican Friar Francisco Ximénez [or Giménez], born in 1666, the Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala. You don’t go to explore how this “indigenous” document is inserted in Ximénez’s big narrative, “Libro l que trata del tiempo de la gentilidad,” and how indigenous intelligence is thus coopted by the frame of colonial monasticism, obviously operating inside the Europe-centered institutionalization of Christianity as hegemonic and official belief-system in the XVl century onwards. In the name of the reconstruction of an indigenous cosmogony, what is now Popol Vuh is routinely detached from Ximénez’s account in the alphabetic letter in the vernacular Spanish language. I guess I am saying that I am resisting detachments, delinkings and separations. So, indigenous cannot be understood with colonial, colonial cannot be understood without Spanish, Spanish cannot be understood without English and so on.

GB: Regarding the Codex Mendoza, I am wondering if it was a gift or not. Everybody has assumed that it was when in fact it’s not that clear. The vice-regal name appears to have been attached a lot later, and the logic of its argument, its exposition, is entirely indigenous and stems from the classic codices. It’s a bit like referring to the actual Nahuatl authors of the Tepepulco manuscript or Primeros memoriales as nothing more than Sahagún’s “informants”. Or again, I’ve just been reviewing a book, some seven or eight hundred pages, called In the language of kings: an anthology of Mesoamerican literature–pre-Columbian to the present (2001), edited by Miguel León-Portilla and Earl Shorris with Sylvia S. Shorris [et al.],  a magnificent anthology of Meso-American texts. But it claims that the indigenous authors in question were taught the alphabet by the Christian missionaries. I resist this because I do not know that it’s true, maybe it was in some cases but perhaps wasn’t in others. If you read native texts like as the Book of Chilam Balam of Chumayel, the Maya say they learned the alphabet from the Spaniards that they captured and who lived with them and learned Maya and fought on their side against other Spaniards. There’s no reason why this shouldn’t have been so yet few historians entertain the idea, rather the underlying preference is always for the white bringer of culture. It tends always to go in the direction of “these Indians are less intelligent than the Europeans”, yet, you know, it seems to me that if you make comparisons of that  kind, then it is clear that the Indians are likely to be better informed about their own affairs than the Europeans ever could be. But this is not what it is assumed. So much for Mendoza’s “gift”. Another thing that you must know from looking at my stuff is that every page of that text can be shown to belong to a chapter and that those three chapters can be shown to belong to a genre or type of discourse, which existed in the codices from pre-Cortesian times. Few people are interested in such literary notions. Now, to be able to begin to demonstrate that this might be so makes an enormous and definitive difference to how the text is best read and interpreted, and one hardly need spell out why. Because to describe Part three, which is perhaps the most interesting of all, people have even used, quite anachronistically, expressions such as “ethnographic account,” you know, as if the Indians were saying to each other, “see how interesting we are.” I mean this idea of gift just will not do. It’s humiliating, it seems to me, like Luis XlV getting the poor Flemish in Lisle to weave the tapestries of their defeat. It’s that kind of argument, it’s bad news. A former student at Essex, Joanne Harwood just did her PhD thesis on this very subject. In two volumes, she goes through every conceivable source and she shows when and how this idea of a gift was first introduced into the discourse, which was quite late, like over two centuries later. She also distinguishes two approaches to the text, one Spanish-Mexican and the other Anglo-German, and how this latter one favors far more, interestingly enough, the idea of viceregal and patriarchal imposition. Ten or more years ago, Enrique Escalona  made a fine 60-minute video of this codex, reconstructing how the first page was written/drawn with immense skill; contrary to all expectation, it actually became something of a commercial success, above all in provincial cinemas. Escalona had as a consultant Joaquín Galarza, who did a great job on the whole, though it is interesting to see how Galarza’s insistence on Nahuatl phonetics in reading the codex both illuminates and in certain ways reduces the text, the visual language of the codices having much more to offer, as we’ve been saying, than can be easily rendered phonetically. Again, that misguided notion that the alphabet was the great step forward in the experience of humankind, as if there were no matching loss.

In the case of Popol Vuh, the history of that manuscript and the copies of it is devilish. I read other people and in Book of the Fourth World I give their sources. Munro S. Edmonson gives a very fair account when he says is that the Popol vuh was written in 1550s by Maya of the Kavec clan in Santa Cruz Quiché, and we know where that is, and opens “within Christianity” as the Maya text puts it, there’s nothing obscurantist about that. It’s a statement in a very particular genre, known as the “título” in Spanish, which favors just the literary strategies we see at work in the Maya text, in order to justify the petition for rights being made within the Spanish colonial system. This is not a pure word coming in from nether space. The authors are a socially privileged group who intend to hang on to that privilege. But being native Americans they base their claim on evidence and knowledge that the court was very far from being able to refute, establishing a much fuller concept of precedent and legitimacy. They rehearsed their story from the very beginnings of time, in terms overwhelmingly more persuasive and coherent than the Biblical Genesis, as we were suggesting, only then to move into a historical mode, the story of the Guatemalan highlands into which Alvarado eventually intrudes. In other words, the law upheld by the court judges is shown to have entered American history very, very late. A far cry then from the Biblical history that the invaders proclaimed as uniquely valid through America and the world, even though America appeared to have been overlooked in that text (hence the Mormons etc). It’s that old question of who entered whose history, which the West on the whole has remained doggedly reluctant to ask. Witness again the Neruda of Canto general.

So those Maya strategies seem quite important. So, that when you say to me that I am delinking the text, I would say maybe, but I’m delinking it from a particular set of Western categories, pigeonholes, hooks, or whatever, putting it back where it belongs, in the corpus of native writing of that period that has similar objectives and perspectives, like other títulos, the Cakchiquel Annals, the Nahuatl histories of Chimalpahin that query the date Vespasian is supposed to have razed Jerusalem, and so on.

Beyond this again we should ever bear in mind that as far as really good philosophy goes native America has always preferred story to treatise, a narrative which like the Popol vuh demands your absolutely keenest intellectual attention.

FGH: Isn’t it true that GB wants to get caught as little as possible with the post-XV human geographies in between “indigenous” and “Spanish,” so that “indigenous” must be in some sense “non-Spanish” and “Spanish” non-indigenous is this dichotomy-based way of operation? And isn’t it true that your work mostly “jumps” from the pre-XV to the XX century? You have highlighted, more than once, your disagreement with Leopoldo Zea’s comment that philosophy begins in the XV century for Latin America. And you got a really strong point there. It is a weakness on the part of Zea’s vision, but you do not go all the way with this critique, which somehow would rescue Zea’s critique of the standard manufacturing of the discipline of philosophy. I do not quite see you inserting the Spanish invasion inside the larger horizon of Eurocentrism and Western expansionism or am I wrong?

GB: No, you are right. But how am I going to do this in a lifetime, Fernando? (laughter).

 

FGH: I am very aware that I do not want Gordon Brotherston to bring the whole truth of the human dimension in his work. I am aware that we are probably pushing the envelope too much. Wanting to stay close to your work, don’t you feel that it is a little bit in this country that pushes all of us towards bigger entities and dimensions? We have the labels of the Americas vis-a-vis Europe, we also have transatlantic literature unevenly in between English and non-English, we also have Third World literature, etc. We are dealing with bigger and bigger human geographies in environments that in some cases are less than conducive to a thorough, careful, meticulous approach to really complicated material. I would say some of this is implicit in your own work. I think it forces us to push the envelope and maybe reach perhaps some impossibilities and I confess that I do like these moments. I learned this from [Antonio] Cornejo Polar. He would say from time to time, “O.k. I have reached this point, this is my limit, I feel I am not entitled to go, I just cannot go there.” For example, I do not know the Quechua language well. And as you put it nicely, it is for others to tell or teach me something about this. I am also trying to rescue some notion of self-critique or a self-awareness of some limitations and of course we cannot do everything for everybody all the time in every single piece of writing. So that was going in that direction.

GB: It is very interesting how you steer things in this way and I hope we can go on talking along these lines. In what you were saying just now, for me a far greater preoccupation, that is, than whether or not I am engaging with the latest must-read analysis of colonization, is how I can collaborate with and not offend native scholars of the Americas. That interests me far more interested to me. Western scholars can look after themselves, we really can. Whereas few ever notice native view. For me the greatest satisfaction has always been, when someone who is native American sends a letter, an email, or comes up after a lecture saying they know my work and they think this or that to say about it.  I’ve had face to face experiences of that kind all over the continent.

FGH: So whatever “native” is, is clearly something you do not want to get caught up too much with colonization processes, Eurocentrism, etc. In this regard, you go for separations, the “native” separated from something else…

GB:  Yes, I suppose if you want to put that way, though it’s not as though I’m an apostle of apartheid. It’s much more out of a sense that these people have been completely trampled on, denied and lied about all the time. In the spirit of Voltaire, if you see someone being lied about, you’ve got to be indignant, particularly when the lies justify extermination, dispossession, the most appalling kind of racism which if it were directed at Jews or blacks, it would not be officially tolerated for one second. It appears native Americans have come to be housed in another room in the Western psyche. To counter Voltaire, as it were, St Augustine had this idea that the longer you involved your mind with something, regardless of how you thought you judged it, you could not help being dragged into it. And this apparently is what happens much of the time with the mendacious history of America the West invents and keeps repeating to itself. Whatever you think you think, however you expose and lament those lies, it will not in the end make much difference one way or another, because you will be part of it, the story endures. You have no other term. The “for or against” argument therefore has to be recast, in less rationalist or Cartesian terms. So in this sense I suppose I’m a bit pre-Descartes. My sense of intellectual limitation, not least my own, is considerable, and this propels me into wanting to hear and be part of this other story, their grand narrative, rather than the one I was born into.

FGH: Yes, I completely see that. You are pre- but also post-Descartes, no?

GB: It is more modest to say it simply one way.

FGH: Under the rubric “native american literature,” Gordon Brotherston goes native. Is this so? Or this is not the point?

GB: Not long ago I was mentioning to you Elicura Chihuailaf’s translations of Pablo Neruda into the Mapuche language, which he has published in a fine anthology called Ti kom ül/Todos los cantos. The thing is completely interesting for the way we get an entirely new view of Neruda through the poems Chihuailaf chooses to include, and which not to, and of course from the way they are translated, which in some exemplary cases of American landscape actually inverts the thrust of the Spanish with incredible finesse. It is beautiful to witness. Now, to be able to talk with a native American who is doing this kind of work, whose first language comes from there, is this going native? I don’t think so. It is enjoying a literary conversation.  If this is what going native is, then that’s fine by me.

FGH: So, you go to the native dimension, you go there, and then what happens with that indigenous intelligence? You go to the house of the West and you tell those inhabitants, take a good look at this and respect it.

GB: Certainly as long as there’s anyone there to look and listen, and given our training, even if there isn’t. At a conference on translation not too long ago, in Pittsburg, someone spoke about how in his view alerting the US to the subtleties of Vietnamese poetry might have made it that bit harder for GIs to kill speakers of that language in the way they did. All over this continent, Native American peoples continue to be killed and dispossessed in the most horrifying fashion, and the last one hundred years or so have been no less disastrous than the previous four hundred.

 

 

 

BULKY EUROPEAN HISTORY OR:  WHERE IS THE MONTAIGNE OF SPAIN?

FGH: Let us continue digging what we might still want to call the “indigenous dimension.” I remember your question in relation to your course “American Genesis:” where is the Montaigne of Spain? Which I decoded as, Where is the good guy who, inside intellectual history, is genuinely welcoming, in your view, the otherness of America inside Europe? Which is in a sense asking for southern Europe to follow the modelic traces of the French, English and Germans, no? And in so doing, you interpellate me at the national level of almost official representation of historical dimensions, especially so since this was the only question you asked me. What would you say to this? A more elaborate answer is to follow after your response.

GB: There are a lot of quite heavy-duty connections and divisions being made in what you ask about. Perhaps the most striking of the latter is that between northern and southern Europe. It could just be that the absence or apparent absence of Montaigne in this instance in so far as we are talking about reverberations of his ideas in what you called southern Europe, has something to do with that kind of North-South geo-binary which gained certain currency over the last few decades. Yet I don’t really believe in North-South in that sense, I suppose, especially not when it’s stretched over the entire globe, shrinking the tropics. And I certainly do believe in Rome, West Rome as an ideological force that goes on operating over centuries, not least through its apparent antitheses. The Graham Greene model of the Catholic-Communist and the Communist-Catholic is what I have in mind. Also that brilliant excursus in Paz’s essay on Darío (“El caracol y la sirena”) where he invokes that Germano-Latin coherence of continental Europe (no division here) which insular England has tirelessly tried to deny and bring down, in Anglo discourse “fraternally” adopted whenever convenient by the US. As you know, Britain (though not Celtic Ireland) disappeared altogether from André Breton’s map of Europe.

FGH: I am working with what I perceived to be the assumptions in your question, the reversal of that would be to do the following move, and there is little novelty in my procedure: where are the jarchas [Islamic-Hispanic love poetry] in the U.K.? Where is the Siete Partidas [massive legal treatise in the thirteenth century, the Toledo translation school, the collaboration of the three religions of the book, Christianity, Judaism and Islam], in Germany? Where is anything equivalent to  the Valladolid Debates and the resulting legislation, the New Laws of 1550-51, on the nature of Indians in imperial France [and one could take further this argumentum ad adsurdum musically, who is the Chucho Valdés of the Soviet Union, the Michel Camilo of Palestine, the Tito Puente of Pakistan, the Jerry González of the Philippines, the Camarón de la Isla of Liverpool, etc.].?

 

 

GB: We seem to be in danger of turning this into football league, and we also seem to be losing sight of America.

FG: I am aware of that. But I still believe that this might be a way of dealing with this rather bulky Europe, often thus with no adjectives. It is true that two traditions that have been articulated inside Europe as the German-English and the Romance Languages house, what was called in the good old days Germanística and Romanística. And for example in relation to intellectual history, I do something similar to this in relation to the notion of utopia. Where is the utopia in sixteenth century Spain? And I develop this reasoning in chapter one in my Good Places and Non-places in Colonial Mexico: The Figure of Vasco de Quiroga (1470-1565) (2001). There is something about that way of asking that is a little bit like placing a void or a blank space in an outside or another place, and then almost like the whole gesture has a schoolteacher tone to it, and this would perhaps take us to the notion of the “native intellectual.” But let me go on with the answer I would give to your question: the XVl Century is too early a time for the recognition of the genuine American hermeneutic impact at a global level. Is the twenty-first century already the right century for this? The way I see the Sixteenth Century, and this is my narrow focus if you will, the Western Indies (or better Indias Occidentales) cannot compete with the intellectual proximity of the Islamic presence and the Jewish presence inside the Iberian peninsula (there are no massive migrations, there is only a trickle down of a few intellectuals, el Inca Garcilaso de la Vega for instance, the dramatist Juan de Alarcón, viciously satirized by Quevedo as “Corcovilla,” etc., the label “Indian” would be one possibility among the motley crew of “in-between” populations, mozárabes, muladíes, moriscos, conversos, etc. I would not know how to talk about these in-between sectors post-XVl and early XX century. We may imagine [some of this intercontinental connectedness near] criollo circles, for example Simón Bolívar. There is the 1898 moment. There is the Modernismo group, that you know well, in the early twentieth century, the Boom-Barcelona circle in the 60s, etc. Going back to the Sixteenth Century, one could mention a few names: Vasco de Quiroga is as far as institutional/official Spanish Empire could go. Bartolomé de las Casas becomes the prophetic voice in the wilderness, nothing to do with the stature of Francisco de Vitoria, for example, inside the Order of the Dominicans. I am afraid I will always resist Frenchifying in the manner of a lack, or a bad thing, the intellectual production of the Iberian peninsula in relation to historical processes especially in the context of the United States… Perhaps the challenge is for us to think this “lack” not in the manner of an automatic repudiation, and almost demanding an apology on behalf of others out there, but instead the suggestion would go on about thinking of the lack in relation to something that is hiding underneath our throbbing skin here in the immediate circumstances. America, always in the continental sense, is still finding its meaningfulness globally in this new century. This is perhaps too lengthy and you will have a chance to rethink, correct and add. Yet what do you think of this way of dealing with your question?

GB: It is true that being a Hispanist, because this is what one was, and what one was called, one did deal with this kind of question. As we noted at a recent meeting, the Iberian peninsula was severed from the rest of Europe nearly two centuries ago at the Congress of Vienna, which certainly put Spanish and Portuguese in a special spot within Romanistik. The problem has after all been diagnosed by Américo Castro in España en su historia: Cristianos, Moros y Judíos (originally published in 1948). The wealth of that Toledo environment and the whole translation school, wittingly elided in order better to invent the (Italian) Renaissance (those Germans again), a wealth testified to amply in Cervantes, inexhaustible, immense, the key to most subsequent European literature in prose. So none of that is difficult for me. Though we do have to admit that more recently, in the 20th century, those Iberian dictatorships have hardly helped the debate along, fomented as they were by the US, especially Franco’s, far more than legally-elected governments like Atlee’s socialist government of 1945: El Cid as Christian crusader, sword on high, groomed already for Hollywood; the Golden Age as honor code and wife murder (something rather savored in the 1950s, it would seem, by a certain style of US Hispanist); the demeaning of modernism as French decadence (its true origin, America, being dismissed in colonialist terms); the Premio Nacional de la Fecundidad that women strove to win…. (Can this really have happened?). But yes, overall the Américo Castro thesis persuades me easily. We English are now buying lots of houses in southern Spain and feel comfortable remaining in complete ignorance of the language, the culture and the history, which is pretty offensive. No question about that, about my loyalties there at all. However that is not really the issue. When I made that remark about, you know, show me the Spanish-speaking Montaigne, it was not made in that spirit at all.

FGH: I do know that. I do not quite see you [as the type that will drink Spanish wine and eat calamari like someone out of the recent film Sexy Beast]. And yet there is something about that way of questioning. I guess I am quarreling with the notion of intellectual impact as you have used it. That is what I have in mind. How could I put this? You are looking for some notion of intellectual knowledge production inside some areas that are not, let us say, inside economic realms, or not inside legal realms, or not inside institutional realms. So this takes us to ask, what does mean to be an intellectual in the sixteenth century? You are looking for something that you say you find in Montaigne that is [not elsewhere] and feel free to elaborate what it is that you find in Montaigne that implies the impact of the Americas at the intellectual level inside what we quite reductively call Europe.

GB: Yes, all that. Not just implied, Montaigne actually states and exemplifies that impact. A big factor in all this, for me anyway, is the Counter-Reformation. I do confess that I have an undying antipathy for everything that that movement represents from every conceivable angle, particularly in relation to sexual behavior. And after all it slammed shut that tiny window on America and found Montaigne heretical, along with many others, some of them Spanish. All this is reactionary, a closing down. At the same time it’s clear that in terms of intellectual ambition, the Council of Trent’s Contra-Reforma had not given up entirely in terms of intellectual ambition, of being the authority for the western Christendom. In the whole business of the Gregorian Reform and correcting the Julian Calendar, by then ten days out of sync, the Vatican really tried its best in availing itself of the science of the day. In fact, it was the Protestant countries which were reactionary in refusing the Reform, because of course it was papal and came from Rome. But what Rome did at that time was by contrast “progressive”: in trying to discover the exact length of the solar year – measured quite ineptly in the Julian Calendar and quite brilliantly American calendars already in the first millennium BC  – the Christian experts actually built observatories and busied themselves with what would later be called the scientific enquiry, astronomical research (though as we know that unfortunately did not prevent them from going on to burn Galileo to death). So, what should we say? If my antipathy is undying, at least my sense of the complexity of the Counter-Reform has perhaps increased a little (laughter).

FGH: Having made all these comments, let us return to the “witches’ brew” of the native American dimension. I must confess I am always a little puzzled by the vocabulary of “native,” “indigenous” and “aboriginality.” I do not quite know how to negotiate the language of the authocthonous, the rooted, the grounded. And perhaps we may juxtapose these notions with “identity,” “strategic essentialism,” if aware that these notions are mostly operative inside academic circles in the U.S. I do not know what utensils to use, how to taste and swallow what appears to be the witches’ brew of nativism. What face should one present in the high society of cultures of scholarship? I see the dangers of the telluric and a-historical freezing often put forth by the “identity” talk.

 

 

 

GB: You’re using an ingestive model here, one which has an impressive pedigree in America, especially Brazil (in Oswald de Andrade’s Antropofagia). Discussions of identity here must surely include people who identify themselves as native Americans in the various parts of the continent they continue to occupy. Maybe they were the first settlers, they probably were, yet that in itself is not the point. Rather it’s better to refer to their accounts of the culture they have and have demonstrably held on to over centuries and longer, the languages they still speak in some cases in large numbers, the customs they still have, the food they still eat, so as to build up ideas of American identity, without getting caught up in ahistoricism or any of those unhelpful essentialisms. A tiny example. A group of native Americans in this Native American course has asked now as part of the course, to institute a ceremony involving a meal of ground grains of blue maize, to indicate the kinds of significance that millennial food may have. Now, what do you say to that? Our first reaction is, let’s see. One withholds judgment, one does not immediately go on automatic pilot, saying this is superstitious nonsense, or folkloric or whatever, you know.

FGH: Yes, and I am absolutely sympathetic with this attitude. And yet there is something a bit worrying about the freezing of any notion of identity and the use of that notion a bit too dangerously close to the verb “to be [or not to be]” as a precondition for knowledge production, which I guess it means that I am much more interested in identity formation, identity processes that “travel through” the status quo, even in non-identity or identities in the radical plural form. What I am saying, and I do not have now anyone particularly in mind, is that some dangers in making those big or small identity proclamations in this postmodern multicultural society which ultimately boil down to not much of anything. This precondition does not go anywhere, does not quite allow for debate, does not grow into anything else, does not give you historical vistas. It actually assumes institutionality as the rather naturalized be-all and end-all for enunciating knowledge. I do not know if you see this point. I completely see your attitude of “let us see what happens.” I fail to see in most cases the evaluation of what is being generated under sometimes those banners that I find sometimes a bit too conditioned, by statements that are a bit too rigid, too unwilling to rattle the cages of this or that “identity.” I don’t know if you see if you see it this way.

GB: Yes I do, although I do not quite share your view of it because if you look at the continent now, in many parts of it is not a question of institutions. It is a question of a much starker encounter, invasion, or whatever you want to call it. Quite simply, of terrorism. So much of this concerns land. I mean this in the most radical sense. It is an inalienable concept. To go on discussing as we are and forget that land is, should we say, a premise is a mistake. We can’t proceed, really. If Indians and land are that readily separable, we are simply replicating intellectually, and this is an argument that you have heard from me repeatedly, what has actually been going on, on a military scale, for the last five hundred years. And you know, it is easy enough to cite examples such as Chiapas, or Tepoztlan in Morelos. The reinvention of the Tepozteco identity, to use your language here, has been absolutely important to the resistance of that particular town in Mexico over the last ten or more years to the consequences of the changes in the Mexican constitution made by [the former Mexican President] Salinas in 1992, which effectively tried and did legally put an end to communally-owned land. One of the main reasons the Revolution was fought, notably by Zapata in Morelos, had after all been to establish that communal principle. So, the movement in this case, I would say, has been successful and the capitalists involved – a company called KS from Chicago, financiers and speculators within Mexico, including various members of the national government as well as the State legislature of Morelos – failed. In other words, the Chicago capitalists got scared, the KS scheme was stopped. The scheme was like the Mohawk case, you know, grabbing a lot of land to make a golf course. It is as simple and as brutal as that. And the capacity of this particular place to resist, since I witnessed it I feel more or less confident in this, depended to a large degree on the capacity of this tradition, native or whatever it is, to reinvent itself.

FGH: “Indigenous” and “native.” I am after the assumptions underlying these notions that your most important work has at its core. In trying to decode these notions, I came up with the following synonyms, and please let me know if this is a fair equation. You mean non-West, third-world, subaltern or dominated groups, even though you resist the notion of “subaltern,” “minority” populations or non-white, and I am using the American idiom here quite advisedly, so the fourth world is one subsection inside the third world which is mostly the non-European-USA geography. Is thus “indigenous” or “native” the strategic or euphemistic soundbite when we really mean non-West, not of European stock, third worlds or subordinated worlds of creativity and expressivity?

GB: There is a real clutch of concepts there. “Minority,” I would strike out right away. Because clearly if  you are looking at countries such as Guatemala or Bolivia it’s obviously absurd to speak of Indians as minority. And truly one of the gross kinds of crimes perpetrated against those countries has rested precisely on the absolutely, and a lot of the time wittingly inaccurate use of the term “minority,” it is much more like South Africa, where no one in their right mind ever referred to Blacks as minority.

FGH: But it is certainly a meaningful term in relation to the U.S. for example.

GB: Now within the U.S., yes.

FGH: And also Argentina, etc. This has to do with the proportionality within total populations. So, “minority,” a distinctly USAmerican language, has the undisguised connotation of “non-white.”

GB: It must be my etymological bias. I do not like what has been done with this notion of “minority.” And I do not like what has been done with the notion of the “third world” either, which is originally a Babylonian concept, it is that old!, and in their three-part mappamundi it refered to Africa. I see no harm in remembering that, actually, and of course it is presupposed in the very title Book of the Fourth World. It seems to me that Africa is the most amazing continent about which I am far too ignorant. But the more that I discover, or rather the more I think I discover about the Americas, the more I see differences and probably this is not the place to try and spell them all out. The history of European colonization followed other paths, dates and modes; and the whole question of Arab domination of Africa, typically the big missing piece of the story, was so long-standing and had such a profound effect. Let alone the whole question of slavery and how one starts to think about that. I mean, there are patterns developing in the African continent in agriculture, urban settlement, recording systems, that differ, it would seem to me anyway, from what happened in the New World. So for the time being, let us keep them separate and respect what has been the separation of Asia, Europe and Africa begun in Babylonian cartography, the model that was shattered only with Columbus, by that categorically new world of America.

About “subaltern,” it is true, it is a bit like “minority”; it’s not so much that one objects, it’s rather how useful these terms can be. “Non-white,” let us leave that one alone. “Non-West,” probably is as close as possible, and also probably leaves the most space for this idea of intellectual traditions which, again going back to a previous point, diversify and invent themselves endlessly but nonetheless have something different about them  in what they choose – and this would be a key point – to profile in identifying their own origins.

FGH: Is the language of “race and ethnicity” the inevitable language that calls attention to non-European, non-white, non-major-metropolitan-language locations inside the rather repressive Eurocentric constructions of the mostly English-only vehicle of the West, as it is often, or perhaps always, articulated in the U.S.? Is it fair to say that your work wishes with “native” or “ethnic” to mean something other than this “Europe,” something other than this “English-only,” something other than this “white-only,” something other than that “West-only” so that any notion whatever of the “West” is not the ultimate model for the whole world?

GB:  Yes of course maybe there are ambitions of that kind deeply lurking. In the first instance it could be put down as innocuously and simply as an intellectual exercise, you know, for the purposes of discussion, of course not just that at all, but in answer to your question or what I understood to it be, it is something like this that, if we are talking about the West, we are talking about an intellectual construction, and one of the things about it is that it is pretty exclusive. I mean, it does not really leave much more room for others and in the case of some “others,” none whatsoever at a certain intellectual level. I mean, the condition of being other is that you are less intelligent and that you are actually perceived, in a Cartesian sense, by the thing that makes the other the other. You know, it is the perfect Cartesian syllogism and that is what I deeply resist, or wish to resist. It’s a question that has political and ideological extensions of course also in everyday life, as you have suggested, particularly in this country too. This is absolutely right. That example that we took, trying to talk about genesis instead of saying “well we’ve got these Western ideas now, let us go and see at these other ideas…” Actually to start with this “other,”  in quotation marks, and make them “the” ideas,” the yardstick against which to measure those of the West… it’s a very simple kind of procedure but it is interesting what you can do with it, at least in pedagogical practice.

(…)

FGH: And yet this “indigenous construction” is often, always?, passing through the filters of intellibility and legitimation of white-supremacy, US-manufactured Anglo-Eurocentrism, which is a crafty second-hand version here in the U.S. It is in this case a nice  Englishman like you raising the indigenous flag in the U.S., a first-class foreign nationality in this setting. Should we make a big fuss about the nationality thing or not?

GB: It is quite wicked, isn’t it? I think I sense what you are after, though don’t know whether we should go own that path, go there, as they say in this country. No doubt having an English accent, a Cambridge background, and so on, enables you perhaps to do things in the US that were you a Latino worker from South San Francisco it’d be much harder to do, appalling as this is. I’d add though that in the English brigade in America not all the company is necessarily bad. Even Wallace and Darwin have their moments. D.H.Lawrence  identified America’s revolution with its Indian soul, as Artaud recognized; and in his essay on American literature he acutely relates Puritanism to expressed guilt, or lack of it, about  killing Indians.  Graham Greene involved himself passionately in the continent, though through one of his characters he preferred Jane Austin to Palenque and he himself could to the end never be reconciled with Mexico’s Revolution. Not Evelyn Waugh, though the humor in A Handful of Dust can be infectious and may be directed more at English gentility than at an Arawak taste for Dickens. Aldous Huxley, and Francis, excellent stock, just like Alex Cockburn now, son of the upper-class communist Claude bathed by the Amazon.

FGH: But it is still not easy to generate “native” meanings in the home of the brave. The complicated issue of institutional outlet. If Octavio Paz in Las Peras del Olmo labelled the colonial period the bastard daughter of all (national) traditions, the proto-colonial “indigenous or Third World” dimension, I would like to insist, passing through Western expansionism and colonialism, must surely be near. Are there comfortable places for this kind of research? Take two places that are built “near” the notion of native or indigenous Americas: the McNeil Center for Early American Studies at the University of Pennsylvania in Philadelphia, mostly devoted to pre-1776 East Coast USA, and take Dumbarton Oaks in Washington doing mostly “indigenous” pre- or proto-colonial archeology in Latin America, but not literature. I doubt that these two institutions are ever going to intersect vigorously as regards the indigenous American dimension. I have attended events in both places and the institutional language does not quite push the envelope of the grand frame of colonization, Western expansionism, USA supremacy, etc. In both institutions, one can almost smell a non-Spanish or even an anti-Spanish stance. Only marginal interest at best in the Spanish colonization of North America in the former. Only marginal interest to put it midly in the colonial or Spanish colonization of those archeological sites in the latter. Isn’t it somewhat ironic, as Americans would put it, that your work is situated institutionally with “Spanish” flags in both Indiana and Stanford? Is this meaningful in any way?

GB: To be honest, I don’t quite get the Spanish-y impulse in this, may I pass?

FGH: I do not know if you will accept this: your most important work is about America and also your work displays a nativist or indigenista disposition, which is also an almost naturalized, even cliched stance, among some Latinamericanist practitioners, let us call them left-leaning. How could we enrich and bring dynamism to the “native” category? I am quite aware of how different institutions construct differently the notion of the indigenous dimension. How would you differentiate your own work from other practitioners who are also into the business of trying to pay respect to the intellectual dimension in indigenous America, for example [Miguel] López-Portilla, Walter D. Mignolo, José Rabasa, or any other names that may come to you?

GB: Names I feel close to certainly include the three you have just mentioned.  Miguel López-Portilla’s career has been exemplary in quite specific ways. He started as the student of Garibay, deducing  “Aztec Thought and Culture” from 16th-century Nahuatl texts; that work, originally entitled La filosofía nahuatl estudiada en sus fuentes (1956), was deemed unacceptable as “philosophy” by the UNAM Faculty of Filosofía y Letras – a further evidence of the Western presumption we touched on earlier – and so he moved over to history. He has kept moving ever since, deepening his notions of text to include the codices written in native script. In tandem with this he has become ever more vocal as a public figure in defending indigenous groups who are being invaded and threatened in Mexico today. A dedication and achievement one can only envy. Walter Mignolo is a reference you and I historically share, as I’m sure this conversation will go on making apparent. A major statement, Writing without Words (1994) has the disadvantages of its advantages, that is, it has great range but no core agenda; without always detailing how and why, it moves between cultures in America, and America’s intellectual traditions (a concept not developed as such), and despite the “writing’ in the title has curiously little new to say about the notion and properties of script as such. For his part,  José Rabasa has done fine close readings of codices that engage with the Christian and Western impact in general, espousing as it were the local point of view, and he of course has questioned the whole Western “invention” of America. We met at one of the Essex Sociology of Literature conferences, a first encounter neither of us remembers particularly well, there was after all a lot going on.

To the three names you mentioned it’s easy to add others. Angel Rama, Antonio Cornejo-Polar, Jean Franco, Gerald Martin, Martin Lienhard, William Rowe, Peter Hulme, the list could be lengthened. I suppose while distinguishing one’s work has never been an overriding priority of mine, as a result of these contacts and friendships, I feel both agreement, and certain differences; it would take all night to go through both, so let’s take just a few instances. For example, in relation to left-leaning, I follow Cornejo-Polar, Rama, Lienhard in taking transculturación more from José María Arguedas than Ortiz yet I feel even more desire for literary text, and find myself quibbling about this continuity thing. For Lienhard for example, everything before 1500 differs categorically from everything after. Possible lines of connection appear to be denied as it were in principle, and I take this to be part of the Marxist deal, which in most respects I suppose we’d take as given . With Gerald Martin, Asturias’s Hombres de Maíz may serve as a reference, along with the lesser or greater emphasis each of us would place on the role of text in the conversion we discussed, that occurred after Asturias read and translated the Popol Vuh, when his attitudes towards the Maya people changed radically. How much emphasis is put on native text in that story would be the question. An Andeanist, William Rowe has an acute sense of poetry, in English and Quechua as well as Spanish, and perhaps for that reason I find myself being instructed by him and rarely disagreeing. At the same time Rowe was a main driving force behind the founding of Travesía, now known under the less pretty title Journal of Latin American Cultural Studies. This initiative was the first outside Latin America to focus critical attention on this subject, a fact rather grudgingly acknowledged by certain US-based colleagues. In its day, Jean Franco’s The Modern Culture of Latin America (1964) was a landmark for us all in Britain. Peter (Hulme) came to Essex from Leeds to do his doctorate with Jean but in the meantime she had left for Stanford so he was stuck with me. You can see the signs of our long-standing collaboration in an edition of Borges (1976) which was recently revised and republished, in one or two articles, and in the volumes that emerged from the Essex Sociology of Literature conferences which he and Francis Barker and others organized in the 1980s (and which drew in the likes of Jameson, Spivak, Belsey, Norris, ….).

Central to all this is the process of mediation, the idea of the direct window. If we as a group look at a page or a chapter of a book that was written definitely before there can have been any question of Western influence, we can actually read together, you know, according to certain principles that you can learn to some degree but which are agreed on for the most part among those who have been looking at these books for longer. In so doing, you can inform yourself, you can gain insights into the world out of which this text is emerging and these may be tiny, imperfect, inconsequential, sometimes even incomprehensible in terms of their larger significance in that world, but they all have the great virtue of immediacy. Putting such emphasis on this experience, on this order of close reading, is not something I am aware others insist on so much.

 

 

Note: Design, transcription, editing by Fernando Gómez Herrero for the original project titled Foreign Sensibilities. Gordon Brotherston added his own corrections and additions to the original transcript in the following months after the interview was taped. The interview took place while we were both working in the Department of Spanish and Portuguese, Division of Literatures, Cultures and Languages, Stanford University. The conversation took place on January 22-24, 2002. The edited version of the complete conversation has the final date of May 25, 2002. This is a manageable portion of the final version for Culture Bites.